Navidades

Diciembre 24, 2005 at 2:48 pm | In Uncategorized | Leave a Comment
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Como dice la canción, esta noche es Nochebuena y mañana Navidad. Todo mundo pregunta: ¿qué vas a hacer hoy?, y la respuesta es muy simple: nada en especial. Para mí no va a haber cambio alguno en la rutina, aunque a decir verdad, preferiría contestar algo distinto. Nunca pensé que tendría nostalgia de mis Navidades anteriores, porque a decir verdad nunca tuve ninguna muy feliz que digamos, pero uno llega a acostumbrarse a ciertas cosas… Y uno siempre necesita ritos, como dice el zorro al Principito. Todo eso pasa a la historia ahora, mi mamá jamás fue fanática de las festividades que, en su opinión, sólo le ocasionaban trabajo extra, y mi papá ya no está. Y ahora, ¿cómo serán mis Navidades, si no tengo ninguna tradición? Pues por el momento me encuentro en el trabajo, desvelada, sin la más mínima intención de nada… Lo único que deseo es que este día, y mañana, se terminen ya.

Eu quero uma casa no campo…

Diciembre 21, 2005 at 8:19 pm | In Uncategorized | Leave a Comment
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¿Han oído esa canción de Elis Regina, donde dice que quiere una casa en el campo, con ovejas y cabras, y un hijo inteligente, amigos, discos y libros? Pues esa era mi idea de la felicidad; nunca quise vivir en la ciudad, por lo menos no de manera definitiva, pero ahora la realidad se opone a mis deseos, ya que siendo honestos hay pocas alternativas laborales en mi ranchito de origen. Aún así, quisiera regresar y comer fruta con María José en la ventana, y caminar a la compra, y todo lo demás. Hay decisiones difíciles, pero esta en particular es complicada. Me voy a perder momentos de María José, supuestamente en aras de mi beneficio, y no sé si vale la pena. El avieso lector se preguntará si tengo otra alternativa y la verdad es que por el momento no, hablando en pesos, me sale más barato vivir sola que en las lejanías donde vive mi mamá. Además, uno puede tomar decisiones personales pero, ¿y Nelsito? ¿a poco le voy a decir, así de tetas, “tú también te tienes que levantar a las cuatro de la mañana y hacer un trayecto de dos horas al trabajo sólo porque yo quiero estar con mi hermanita”? Uno puede comprender esas cosas, pero tampoco se trata de desgastarse -y desgastar a los demás- por gusto.Me gusta la ciudad, pero sólo por ahora, no quiero pensar que ya le vendí mi alma al diablo. Y quiero volver a despertar y poder ver a Mimi todavía dormida… Dios, si estás oyendo, ¿me puedo sacar la lotería?

Perspicacia

Diciembre 21, 2005 at 8:13 pm | In Uncategorized | Leave a Comment
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Ayer estaba de visita en casa de mi mamá y de pronto me dice:
- Me da la impresión de que la gente piensa que te fuiste de la casa porque yo no te trataba bien o no te ponía atención…
- ¿Por qué?
- No sé…

Mi mamá estaba aguda ayer.

Mi cumpleaños de santo

Diciembre 18, 2005 at 2:22 pm | In Uncategorized | Leave a Comment
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Hoy 18 de diciembre de 2005 es mi cumpleaños de santo. Parece que fue ayer pero no, ya son dos años de mi asiento. Claro, esto es un evento tan estrictamente personal que pasa desapercibido incluso por mi propio padrino, incapaz de recordar casi cualquier cosa que no sea una moyubba… Lo más triste del asunto es pasar este día lejos de mis santos, pues como el lector sabe, conmigo sólo viven mis guerreros y Oshun, y eso porque están de contrabando. Pero no importa, yo me siento igual de feliz y orgullosa cuando recuerdo aquellos días luminosos y todas las ceremonias…
No sólo por la cuestión religiosa, sino también por el contexto vivencial, puedo decir que atesoro esos días encerrada en la casa de Cárdenas 60 como algunos de los más felices de mi vida: canté, reí, conversé hasta la madrugada, me enamoré furtivamente y lo negué hasta donde pude, comí riquísimo, vomité, fumé y bebí café… En fin, la vida en esa casa transcurría a la perfección.
Desde el día en que me coronaron hasta el sol de hoy todo han sido bendiciones, no necesariamente porque todo haya salido bien en mi vida, sino porque a partir de entonces adquirí una nueva fuerza para enfrentar cualquier cosa.
Me encantaría tener una casita blanca y grande, donde hoy pudiera poner un trono digno, picar un pastel y compartir con toda la buena gente. ¿Se imaginan? Pero bueno, si lo puedo pensar lo puedo lograr, y – si Dios quiere- todavía voy a tener muchos cumpleaños de santo.

Para Nora

Diciembre 12, 2005 at 9:19 pm | In Uncategorized | 1 Comment
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Para vivir no quiero

Para vivir no quiero
Islas, palacios, torres
Que alegria más alta
Vivir en los pronombres

Quítate ya los trajes,
Las señas, los retratos;
Yo no te quiero así,
Disfrazada de otra,
Hija siempre de algo.

Te quiero pura, libre,
Irreductible: tú.

Sé que cuando te llame
Entre todas las gentes
Del mundo
Sólo serás tú.

Y cuando me preguntes
Quien es el que te llama,
El que te quiere suya,
Enterraré los nombres,
Los rótulos, la historia.
Iré rompiendo todo
Lo que encima me echaron
Desde antes de nacer
Y vuelto ya al anónimo
Eterno del mundo,
De la piedra, del mundo,
Te diré
“Yo te quiero, soy yo”

Pedro Salinas

Por si van al cine…

Diciembre 11, 2005 at 1:26 pm | In Uncategorized | 6 Comments
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Ayer fui al cine con Hera -mi room mate-. El plan era ver On her shoes, pues a mí por lo menos me encantan las comedias ligeras, sobre todo si es domingo y uno va a estar viendo la misma película con un montón de desconocidos que en algún momento van a romper la concentración con el molesto timbre de su celular o con alguna interjección inoportuna. Pero bueno, hablábamos del cine, y no de por qué prefiero el home theather. La cosa fue que cuando llegamos ya no había función para la película en cuestión, y todas las demás salas proyectaban o las Crónicas de Narnia, o Harry Potter y el Cáliz de Fuego (increíble que la gente prefiera ver adaptaciones que leer los libros). Sólo quedaba otra opción: Broken flowers, una película que ostentaba, en los créditos, a actrices como Sharon Stone, Chlöe Sevigny y Julie Delpy; decidimos entrar a verla.
Curiosamente, estas actrices desempeñan papeles pequeños, aunque no por ello irrelevantes. La historia gira, principalmente, en torno a un hombre mayor que durante su vida ha sido mujeriego (la alusión explícita es al Don Juan, como referente cultural). (En lo personal no sé qué le encuentran las mujeres, el tipo es flemático y aburrido, además, usa pants con zapatos de vestir, ji ji). Un buen día el hombre recibe una carta donde una ex que desea permanecer en el anonimato le informa que cuando se separaron ella estaba embarazada, por tanto, Don Juan tiene un hijo de 19 años; animado por un vecino, Don -que así se llama el güey- va en busca de la ex y el hijo ese. La película no es mala, es co-producción gringo franchute y -gracias a Dios- predomina el humor franchute (es decir, uno ríe, pero también piensa), así que uno se la pasa bien durante las dos horas, que no se sienten. Al parecer, el final es demasiado abierto para el gusto del respetable -por lo menos con el que yo estuve- y Hera, por ejemplo, exclamó en un momento: “pinche película fumada”. A mí me gustó lo suficiente como para no arrepentirme de haberla visto, pero no tanto como para volverla a ver. Si ustedes se quieren hacer los apocalípticos y escapar de el ataque de Narnia y Harry Potter, la opción es buena. La música está bien seleccionada, el lenguaje cinematográfico tiene su chiste, está medianamente bien dirigida y, en general, la peli lo respeta mucho a uno como espectador. Lo único que lamenté fue que Julie Delpy apareciera sólo en la primera secuencia, y no hiciera nada más que batear al güey y subirse a su Jetta. En fin.

Las palabras no tienen palabra

Diciembre 9, 2005 at 4:58 pm | In Uncategorized | 3 Comments
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De honor, quiero decir.

Lo que voy a decir puede ser solamente una manifestación (más) de mi paranoia, pero no importa, igual lo voy a decir porque si un blog no es para eso, ¿entonces pa’ que? Bueno, no me voy a justificar, al fin y a cabo, ¿de quién es el blog? (Lo siento, creo que esto se está poniendo de verdad paranoico). Lo que quería decir es que hay algo que me ocurre a menudo, y que me preocupa todo el tiempo. Todos hemos escuchado -y concordado- con aquello del traduttore tradittore, ¿no? Pues yo creo que no tendríamos por qué culpar exclusivamente a un traductor por la supuesta traición al significado: creo personalmente que las traidoras son las palabras. No sé cómo explicarme, lo cual indica que en este preciso momento ya me está sucediendo. La cosa es así: yo pienso algo (sí, a veces llego a pensar algo). Entonces, quiero comunicarle eso a alguien y trato de encontrar las palabras ideales para que ese alguien me entienda. Una vez que creo haberlas encontrado, las digo, ¿y qué sucede?¡¿qué sucede?! Bueno… antes de ponerme alarmista hay que nombrar a algunas personas que merecen una mención honorífica, como mis padrinos (de santo y de tesis), Dann e Isra, que al parecer siempre comprenden el cien por ciento de mis palabras -o por lo menos disimulan mejor-. Mi papá también era de ellos. ¿Que cómo lo sé? Pues sencillo, porque de ellos obtengo una respuesta coherente, congruente, o por lo menos preguntan si es que no entendieron algo. Algunos -como Isra y Dann- se adelantan, y me dicen lo que yo había pensado sin que yo tenga que hacerlo. Pero con el resto del mundo es distinto, y eso es muy desesperante. A menudo expreso mi opinión y la gente la encuentra ofensiva, aunque mi intención no haya sido ofender. Eso me ocurre con mi mamá; si le digo: “Fulanita cocina muy rico el pozole” automáticamente responde: “Entonces, ¿no te gusta cómo lo hago yo?”. Eso es por poner un ejemplo inocente, imagínense en temas más escabrosos, como las cuestiones familiares, o monetarias, o ambas dos inclusive. Con Nelsito me ocurre algo similar; por lo general le digo algo (por ejemplo: “tengo que ir mañana a la carnicería después de trabajar para comprar lo que voy a cocinar”) y cuando le pregunto si se acuerda o si me entendió me dice algo parecido, pero completamente adulterado (siguiendo con el ejemplo anterior: “sí Tati ya entendí, que mañana vas a cocinar porque quieres trabajar en la carnicería para comprarte un perro”…¡¡¡¡¿?!!!!…). Además, a él le gustan las palabras melosas y yo para eso soy nefasta, no las sé usar… en fin. Lo que me acompleja con él es que parece tener una capacidad especial para darme las explicaciones más claras del mundo acerca de cualquier cosa (ya sean cuestiones históricas, culturales, sentimentales o sensoriales)… No sé cómo lo hace, pero siempre encuentra las palabras sencillas y precisas que le sirven a mi entendimiento.
Esto no es todo. Mi inseguridad va más allá. A veces siento que soy yo la que no entiende bien, y por eso me esfuerzo mucho por pensar en qué es lo que realmente intenta decir una persona. Y no sólo hablo de la persona real concreta con la que tengo que conversar por alguna razón, esto se extiende a cualquiera que genere o haya generado un discurso que llegue a mi mentecilla. Por eso, cuando en la Universidad tenía que leer un libro, mientras lo leía pensaba: “¿estaré entendiendo bien?“. Me pasa lo mismo con las películas. La cuestión empeoró después de leer a Kant y a Hegel, pues ahora ya no sé si mi hermano y yo leímos el mismo Quijote o no. Tenía que decirlo alguna vez. Justo ahora pienso si usé las palabras exactas o no. There’s no such thing as an unsecret thought.

Los prototextos

Diciembre 8, 2005 at 9:00 pm | In Uncategorized | 2 Comments
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Esto es todo un atrevimiento, pero he decidido desempolvar el baúl -yo también tengo un baúl de inéditos, como Elena Garro, pero no huele a orines de gato- y sacar algunos de los primeros textos que escribí. (En realidad no son los primeros; los primeros fueron unas parábolas ilustradas con dibujos a crayón, con las que conformé un volumen inspirado por mi lectura de El loco, de Khalil Gibrán, a los cinco años, que mi papá me compró con una moneda que tenía a Juana de Asbaje). Tienen la fecha en que fueron creados, para futuras referencias. Espero retomar el tema del último, y espero, algún día, volver a escribir.

Paradigmas

Para David Palafox
La proximidad del cuarto de baño a tu habitación te permite escuchar claro, puro, perfecto, el sonido que produce el agua que gotea del grifo.
Tirado, desde tu cama escuchas caer las gotas, cada una idéntica a la anterior. Y no puedes – o no quieres- levantarte a arreglar el desperfecto.
Cierras los ojos y gastas esa noche que, como todas tus noches, tiene la fugacidad con que las horas parecen convertirse en instantes.
Despiertas por la mañana, a la misma hora que siempre, y te levantas a comenzar el día que sabes muy bien será una copia de ayer, y del día anterior. No habrá cambio alguno en esta rutina que has mantenido por los últimos tres años o tres siglos o trescientos. Ya ni siquiera te tomas la molestia -¿o el lujo?- de pensar. Después de la ducha, te vistes con los colores grises que acostumbras y luego bebes el café de diario, el que ya no sabe a nada a fuerza de degustarlo.
Terminas de arreglarte; sales de tu apartamento proletario de la colonia Guerrero y caminas, por estas calles que ya sabes de memoria, hasta la estación del metro. Allí, miras la escena que ya has visto hasta la saciedad: los vagones del metro, como anaranjadas venas, corriendo, deteniéndose. De repente, esas venas se cortan , se desangran. Escurren de ellas borbotones de gente que no es más que el bulto sin rostro que da forma a las burdas masas. Con un poco de asco aceptas que eres también parte de esa raza sin raza.
El metro te escupe cerca de las oficinas de gobierno en las que trabajas. Vas ya con los oídos bien dispuestos a escuchar las mismas quejas, con distintas voces. Y el día se te va exitosamente, porque tu único deber es gastar horas desde aquel día sin fecha en el que decidiste que tu vida estaba destinada a la opacidad. Desde entonces estabas resignado a tener una de esas existencias que son tan sólo el contraste de las otras. Fue ese el argumento que memorizaste, y quizá ya hasta lo habías creído.
Caminas de nuevo al apartamento de la Guerrero a través de estas calles que ya te pertenecen con la indiferencia que ya es ordinaria.
Llegas al departamento a la misma hora de siempre y, con la misma sincronía, caes rendido sobre la cama; y vuelves a escuchar ese sonido claro, puro, perfecto, de las gotas de agua al caer con la misma monotonía con que a ti se te están derramando los días, también sin alguien que repare el desperfecto.
(Abril de 1998)
Poquita fe
I
Arcelia y Rosario se reunían invariablemente las tardes de jueves, cuando ninguna tenía nada qué hacer y deseaban compañía desinteresada.
No eran precisamente amigas. Alguna vez Rosario estuvo sola y decidió iniciar la relación con dos golpecitos sencillos a la puerta de su vecina. Juntas eran simplemente dos mujeres asustadas de la soledad.
Bebían café intercalando un cigarro entre taza y taza, y escuchaban música para evitar el silencio cuando no querían hablar. Lloraban con casi cualquier bolero y amaban las tardes de frío.
En otro tiempo, Arcelia no habría pensado en Rosario como opción de compañía. Incluso le desagradaba. Su manera de sentarse, la ropa que vestía y hasta el modo masculino en que fumaba le hacían pensar que Rosario era un prostituta, más aún cuando, por las noches, le abría la puerta de su departamento a un incógnito visitante que le hacía el amor callado y se iba por la madrugada. Cada noche, menos la del jueves.
Arcelia suponía que ese visitante era distinto cada vez, o que se trataba de un hombre casado al que Rosario recibía por necesidad y no por amor. Dudaba que las mujeres como ella pudieran enamorarse siquiera, pero Rosario, en sus palabras y en sus silencios, lo mencionaba como una sola presencia constante. Nunca dijo su nombre. Arcelia tampoco quiso saberlo, lo sentía casi conocido: la poca privacía de los departamentos le permitía escuchar los bulliciosos jadeos de Rosario cada noche, mientras ella se resignaba a la compañía de algún libro de Tolstoi. Casi siempre prefería Ana Karenina. Fue lo único que recibió de Diego como despedida. No había sido mucho el tiempo que vivió con él, apenas seis meses. Lo había conocido como lo que era. Un bohemio en busca de nuevos lugares y mujeres de ocasión. Ella fue una de las tantas tontas que al enamorarse de él pensaron ser la que lo haría cambiar. No había sido así, y ahora era por él que estaba sola, haciéndose acompañar cada jueves por una mujer que ni siquiera le agradaba, durmiendo cada vez menos y viviendo cada vez peor. Pero aún así, al recordarlo lo estaba amando, con sus ojos casi negros y la voz catedralicia con la que leía en voz alta la “Oda la Malvenida”, de Neruda, mientras acariciaba la página del viejo y nocturno libro de poemas.
Si la mejor manera de hacer que el amor sea eterno es amar juntos las mismas cosas, la literatura hubiese podido ser lo que asegurara la perpetuidad del idilio, pero ni todos los libros del mundo hubieran mantenido a Diego con ella. Era una lástima, realmente habría sido el hombre perfecto… si tan sólo la hubiera amado. Y aunque sabía imposible el regreso, prefería esperarlo y seguir viviendo así: en vela y en vilo, esperando nada. Resistiría mientras bebía café y dormía arrullada por la cópula intensa del departamento de junto.
II

Con el café ya en la taza y su Tolstoi ya en las manos, Arcelia se disponía a sobrevivir una noche más que, en su esperanza, más bien parecía una noche menos. A punto de dar vuelta a la página 309, el silencio de su lectura fue interrumpido por los inconfundibles pasos de Diego. Indudablemente se dirigían a ella. Recordó que su madre solía decir que una de las mejores cosas del amor es reconocer los pasos de un hombre cuando sube las escaleras. Era completamente cierto. En ese momento no existía nada más que ella, Diego y sus pasos. Comenzó a caminar hacia la puerta mientras comprendía que cada noche en vela, cada cigarro y cada taza de café, cada ah y cada ay de Rosario, eran el anuncio y la promesa de que el tiempo invertido en la espera era el precio a pagar por ver a Diego caminar a través de la puerta, con la firme intención de quedarse. Y el precio le pareció justo cuando extendió la mano para abrir y preparó la sonrisa exacta con la que quería recibirlo.
Pero los pasos siguieron hasta la puerta de junto, la de Rosario. Diego entró y dieron paso al ritual que los tres conocían y que ahora compartían.
Arcelia terminó de beber su taza de café y sirvió otra, mientras intentaba continuar leyendo. Ya iba en el tercer renglón y aún no lo comprendía, cinco renglones más y no podía evitar pensar en lo tonta que había sido al creer que Diego volvería. En el décimo renglón ya no pudo contener el llanto. Cerró el libro. Miró su departamento y por primera vez se dio cuenta de todo lo sola y triste que estaba. Era una extraña aun en su propia casa y aunque era casi medianoche y creía estar acostumbrada a dormir sola, la cama le pareció ajena y no se atrevió a acercarse a ella. Prefirió dormir en el piso, junto a la pared que separaba su departamento del de Rosario. A la vez lloraba y sonreía pensando que entre ella y el hombre que amaba sólo había un muro y una mujer.
Trasladó a ese lugar sus noches de Tolstoi y café cargado, y la página 309 de “Ana Karenina” se volvió perpetua entre sus manos inmóviles.
Cada noche decidía odiar a Diego por ser esta la mejor opción para su salud mental, pero por más que intentara engañarse, sabía que si una de esas noches él hubiera llamado a su puerta y no a la de a lado, lo habría recibido sin reproches.
III
Una noche de septiembre en que Diego llegó temprano, Arcelia sacó una navaja del cajón de su escritorio. Tenía más de un mes planeando usarla, pero hasta esa noche le había faltado valor.
Acercó el primer café y su libro acostumbrado al rincón de siempre, se desnudó despacio y se sentó, recargando su espalda tibia contra la pared. Abrió el libro en la primera página y, con la navaja, cercenó una por una las hojas de la despedida de Diego, que ahora le parecían una burla que él tenía calculada desde antes de conocerla, quizá. Al cortar las hojas pensaba en lo que Rosario podría sentir en ese momento, mientras era ella la anfitriona definitiva. Volvió a reír, después de muchos meses de no hacerlo, y no sabía si se burlaba de la ingenuidad de Rosario o de lo que diría Diego al saber sacrificada la edición de lujo de su clásico favorito. Lo importante era que reía de nuevo, por la razón que fuese.
Guardó las páginas y creó con ellas un nuevo rito nocturno: cuando Diego llegaba, Arcelia le prendía fuego a una de ellas y la miraba consumirse, y así sucesivamente, hasta que se sentía más tranquila. Cada página quemada era parte de un día, de una noche, y de un intento inane de olvidar.
Quedarían diez apenas la noche que Diego no llegó.
Rosario llamó a la puerta. Me lo regalaron y me acordé que a ti te gusta leer, explicó, mientras dejaba en una mesa la edición de lujo de Ana Karenina. Arcelia sólo pensó: “estás jodida”, y puso en una parrilla la cafetera y en la otra las diez páginas que ya no necesitaría.
IV
Sin necesidad de excusas o invitaciones, las reuniones se fueron haciendo más frecuentes. Sustituyeron el café con vodka y las lágrimas con canciones a voz en grito. Aumentaban el volumen particularmente para “Poquita fe”. Las podía encontrar la madrugada intentando olvidarse de que alguien las olvidó.
En demasiadas ocasiones juraron su odio a Diego, pero la noche decembrina en que volvieron a oír pasos recorriendo el pasillo ambas guardaron un silencio riguroso, fueron automáticamente hacia la puerta y juntas escucharon cómo los pasos se perdieron al final del corredor.
Se miraron a los ojos, y un breve silencio precedió a las carcajadas con las que Arcelia y Rosario ridiculizaban la estupidez ajena e incluso la propia y descubrían que, para las abandonadas, reír es una manera más alegre de llorar.

(Enero de 1999)

Un secreto
A quien yo sé.
“Mi amada se ha convertido
en un fantasma. Y yo,
en el lugar de las apariciones”.
(J. J. Arreola)

Nunca me consideré anormal y, de hecho, todo este asunto jamás me había preocupado demasiado. El problema comenzó hace poco menos de un año, cuando, en una funesta clase de Filosofía Aristotélica, el profesor explicó que todos los seres están compuestos de materia y forma y que, en el caso de los seres humanos, el espíritu jamás se separa del cuerpo mientras éste se encuentre vivo. En vano, le pregunté si existía una excepción a esta regla, dijo que eso no era posible, y se rió un poco ante una pregunta “tan tonta”.
Desde entonces he estado buscando una explicación a todo esto. Ha sido difícil, ya estaba acostumbrada. Desde niña asumí que era normal; si algunas de mis amigas coleccionaban muñecas, osos de felpa, dibujos o listones… ¿qué podía tener de raro que yo coleccionara fantasmas?
Mi madre siempre lo dijo: tienes corazón de condominio. Y es cierto: en mi corazón caben familias enteras… No es para asustarse, casi todos mis fantasmas están vivos y andan por ahí, tal como lo dijo Aristóteles hace muchos años ya, con sus almas bien pegadas a sus cuerpos, sin que eso sea impedimento para que me acompañen todo el tiempo. Además, los fui reuniendo sin la intención de hacerlo. Cuando me di cuenta, ya no podía estar a solas. Como dice el poema: “tengo una soledad tan concurrida”… Y poco a poco me fui acostumbrando, tanto, que ahora no puedo concebir la vida sin ellos. Cada mañana me despiertan dulcemente a la hora indicada y, mientras que mis amigas eligen el atuendo más adecuado para la ocasión, todos mis abuelos me preparan el desayuno. Mis padres entran conmigo a la bañera y me ayudan a enjabonarme la espalda. Todos viajan conmigo en el camión o en el metro. Van conmigo a la escuela, al cine, a trabajar. Me ayudan a estudiar y, a veces, me dicen las respuestas de los exámenes al oído. Más de una vez, cuando he tenido concursos o pruebas muy importantes, todos mis profesores forman una comitiva para acompañarme. Cada año, en San Valentín, todos mis amores -posibles e imposibles- se reúnen para darme serenata. Cuando estoy sola en algún lugar, canto, y ellos hacen una fiesta con mi voz en la que bailan abrazados: los conocidos y los que no se conocen, los que se quieren y los que se odian. Y, cuando al fin se hace de noche, me acompañan a la cama y la rodean para que no logre colarse ni una sola pesadilla.
Todo eso hacen ellos por mí, y para mantenerlos vivos yo sólo he tenido que amarlos.
Claro que no todo es tan fácil, pero hasta el momento nos ha funcionado bien. Los únicos que han sido un poco problemáticos son los fantasmas que habitan los libreros. A veces tengo que hojear todos los libros en busca de algún personaje perdido. Ya van varias veces que Don Quijote se extravía en Macondo, o que Romeo y Julieta conciertan citas clandestinas, a escondidas, entre los poemas de Sabines. Pero no todo ha sido tan fatal: Octavio Paz y Pablo Neruda ya arreglaron sus diferencias; Frida Kahlo y Eva Perón se han vuelto buenas amigas y puede que, con suerte, el romance entre Borges y Marianela termine en matrimonio.
Nadie creerá esto. Todo el mundo le da la razón a Aristóteles desde hace muchos miles de años. Y eso es triste porque, a veces, cuando me río sola, la gente me pregunta el motivo y yo tengo qué mentir diciendo que no lo hay. Cómo desearía poder decirles la verdad: que es su fantasma el que me ha hecho cosquillas.
(Septiembre de 2000)

La noche imposible

No era la primera vez, pero tuve miedo. Lo vi loco, lleno de su fiebre, perdido… inconsciente. No era la primera vez, pero estaba harta. Ya no quería seguir siendo yo la que llegara siempre a cuidarlo, a recogerlo de entre sus libros, a limpiar el licor y las migajas y a disculparlo con los vecinos. Pero no hay nada más que pueda hacer. Nada en verdad. Tampoco podría dejar de hacerlo. No podría colgarle cuando llama, ebrio de ron y de sí mismo, pronunciando quién sabe qué letanías fantásticas sacadas del humo de sus cigarros. Aquí estoy una vez más, metida hasta el cuello en su desorden, en su caos de páginas nuevas y gastadas, en medio de sus pilas de libros comprados con el dinero que podría usar para comer, para vivir. Está en el suelo, como siempre. Ha leído y escrito y bebido hasta que perdió el control. De nuevo lo ataca la fiebre. Y delira: “¿te acuerdas del metro, del hombre que siempre me miraba y me contaba de su hija en la estación Allende? Tenía los ojos muy grandes y muy negros, como un personaje de Poe”. Poe. Siempre esos cuentos de terrores alucinados terminan con la poca noción de realidad que le queda. A veces creo que todo lo ha hecho a propósito, que se ha construido este infierno de papel y tinta para ser digno personaje de un cuento aún no escrito. Y podría serlo, cuando lo veo retorcerse en el delirium tremens del ron barato que no sé cómo consiguió. Es mi padre, que se arroja a los abismos insondables de lo que no se ha creado, y me llama cuando ya no puede más, cuando cree que está listo para que yo lo escriba. Y he aquí que lo hago. Aquí escribo a mi padre, solo en esta página como en su propia casa. Frágil, como en su propio cuerpo. Se duerme ahora que está en letras y se ha salido con la suya. No hay cama, dormirá en el suelo como siempre. Como siempre, lo cubriré con una sábana y me sentaré a mirarlo dormir hasta que despierte sintiéndose culpable y yo me vaya después de haberlo perdonado.
Pero esta noche me conquista el sueño, y pierdo la noción de este lugar y de mi padre que se está buscando aún en su tercera o cuarta pesadilla. Despierto donde nunca: donde siempre. Ya no hay más noche. Es la hora del perdón y de la despedida. Me levanto débilmente y ordeno unas cuantas cosas, sólo para tener espacio donde caminar. Mi padre envuelto en una sábana sigue estando ahí. Me voy, digo. No responde. Me voy papá, digo más fuerte. Nada. Levanto la sábana y se levanta con ella una parvada de cuervos y de mariposas que rodean el departamento volando locamente. De repente hay más alas de las que caben en este espacio, en mi propia mente. Rompen los cristales y escapan por la ventana, y yo me llevo a mi padre en esta página.
(Febrero de 2001)

(…)

Diciembre 4, 2005 at 2:28 pm | In Uncategorized | 2 Comments
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Está bien. Voy a hablar de eso. Era 1o. de mayo. El día anterior había hecho una presentación de cuentacuentos en Toluca, en la librería de la mamá de Julio; todo muy bien. Al final de la presentación mi ex futura suegra (futura porque iba a ser y ex porque ya no fue) me preguntó por mi papá; le dije lo que mi hermano me había contado una semana antes (después de un año de no hablarnos), que a mi padre le hacía falta que le donaran un riñón, y que los médicos le daban un año más de vida. La señora dijo que lo lamentaba; yo sé que no lo lamentaba en realidad, por lo menos no como yo, que desde mi iyaboraje no había hablado con mi papá más que aquella vez en que me citó para decirme que los cubanos eran lo peor de la raza humana, día en que perdí mi iddé de Obatalá. Después de eso, le dio por demandarnos continuamente, por perseguirnos, por espiarnos… A mí simplemente me ignoraba; si llamaba a la casa para hablar con Juan y yo cogía el teléfono, me colgaba; si nos topábamos en la misma acera, de frente, él cruzaba la calle… Increíble, después de una vida de ser tan unidos, una vida de ser la nena de papá. Pero ese primero de mayo regresé del trabajo muy cansada, porque estaba harta de las demandas, y del mal trabajo y de sentirme sola… y al llegar vi a mi mamá sentada en el comedor, muy callada, callada incluso consigo misma. Al verme me dijo que llamara a Juan al celular; lo hice: Juan me respondió, pero estaba también callado en su mente, y casi como un autómata me dijo que estaba en casa de la tía Fili, que mi padre había muerto. Salí corriendo hacia allá, pensé que lo que seguía era todo el tramitajo, y el largo llanto, y las condolencias… Nada de eso, cuando llegué a casa de la tía Fili estaban celebrando un cumpleaños, el entierro de mi padre había sido ese mismo día, a las 3, y mi hermano estaba allí porque la tía Fili y su parentela lo habían acompañado al panteón. La tía me dijo que lo lamentaba -pero no lo lamentaba- y dijo que mi padre se lo había buscado con su manera de ser. Entonces lloré dos lágrimas que me dieron mucha rabia y mucha vergüenza, ¿qué sabía ella de mi padre? Otra tía me contó que mi papá había agonizado desde el jueves, que llamó desesperado a una prima suya para que lo ayudara y ella le recomendó que tomara un té; como no mejoró volvió a llamarla para que lo llevara a una clínica. Lo llevaron a una cliniquita privada, pero los doctores al valorarlo dijeron que iba a morir en poco tiempo, que no tenía caso que lo ingresaran ahí pues no había nada qué hacer, que mejor lo llevaran al Seguro Social. Trini -la prima- lo llevó; lo internaron. Imagino a mi papá, con la boca seca, pálido, doliente, diciéndole a Trini que lo abrazara porque tenía frío y miedo. No quiso que nos llamaran, no entiendo si no quiso “molestarnos” o si no creía realmente que se fuera a morir. La cosa es que murió el viernes en la noche, casi a a las doce, y permaneció en la clínica pues no hubo nadie que reclamara el cuerpo. Estuvo a punto de ir a la fosa común, pero llamaron a Trini, y ella arregló un entierro apresurado para cobrar la pensión. Luego tomó sus llaves, entró a la casa y se llevó bastantes cosas. Cuando lo hubo enterrado -y cuando hubo robado lo que quiso, Dios me perdone- pensó en llamarnos. Y así fue que yo llegué a casa de mi tía Fili, donde me sirvieron refresco y mole, entre risas por el cumpleaños de alguno de mis desconocidos parientes. Todo mundo decía que lo sentía, pero no era cierto, no pensaban en el dolor de mi padre, ni en la desesperación que debió haber pasado -enfermo y solo- ni en su pelo completamente negro, sin canas como anuncios o destellos; nadie pensaba en eso, ni sabían nada de mí, ni de mi hermano, ni del silencio.Juan y yo salimos de esa casa y fuimos a la nuestra; él se encerró en su cuarto, yo me senté en la sala, callada conmigo y con Dios. Mi mamá dijo que hacía falta alguna cosa y tuve que salir a comprarla (mamá, no entiendo por qué no esperaste a que mi mundo se detuviera un poco, por qué no me dejaste llorar el duelo por mi padre). Regresé a preparar mis cosas para trabajar al día siguiente. En el trabajo me dieron un permiso de tres días por el luto, pero tampoco pude llorar. Mi mamá me llevó con un abogado para comenzar el pleito por la herencia; yo apenas podía contestar las preguntas que el individuo me hacía, lo cual molestó a mi madre, que consideró que yo no estaba poniendo de mi parte. Le cedí los derechos de lo que a mí pudiera corresponderme, al final, ¿de qué me servía cualquier cosa, si mi padre no me había abrazado nunca y ahora jamás lo iba a hacer? De él sólo conservo algunos libros, discos y fotos… ¿a qué más?Lo peor vino después. Cuando caminaba por las calles cercanas a su casa, pensaba que iba a encontrarlo, pero después recordaba que eso ya no era posible. En el metro, en el centro, por cualquier parte me parecía verlo, y todo se llenó de detalles que me llevaban a él. Nunca hasta entonces me dí cuenta de que todo el mundo estaba lleno de memoria. Si estaba entre la gente todo parecía normal, y mi mente se llenaba de palabras y la vida parecía estar como siempre; pero el silencio era difícil de llenar y mi mente me jugaba malas pasadas: recuerdo perfectamente ir en el camión o en el metro, callada, aparentemente tranquila, pero dentro de mi cabeza lo que escuchaba eran alaridos destemplados, terroríficos. Era mi propia voz; mi incapacidad para el llanto era asombrosa, creía que estaba a punto de enloquecer y tuve mucho miedo… A veces todavía lo tengo.No puedo decir que esto acabó. Mi padre murió en abril, todavía no se cumple un año siquiera, y mi mente todavía no termina de aceptarlo. Prefiero pensar que es una de sus mentiras, que va a aparecer en algún momento. He soñado con el día que eso suceda. Como recurso de defensa, mi mente se protege ante cualquier recuerdo, y prácticamente los rebota. No sé cuanto tiempo vaya a continuar así, no sé si algún día me daré cuanta real de que mi padre murió, no sé si un día veré su tumba. No sé si me va a alcanzar primero la verdad de su muerte o la mía propia.Preferiría despertar de esto, en una tarde de mis cinco años, cuando todo el universo era mi casa y la muerte de mi padre era imposible.
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