Navidades
Diciembre 24, 2005 at 2:48 pm | In Uncategorized | Leave a CommentTags: Uncategorized
Eu quero uma casa no campo…
Diciembre 21, 2005 at 8:19 pm | In Uncategorized | Leave a CommentTags: Uncategorized
Perspicacia
Diciembre 21, 2005 at 8:13 pm | In Uncategorized | Leave a CommentTags: Uncategorized
- ¿Por qué?
- No sé…
Mi mamá estaba aguda ayer.
Mi cumpleaños de santo
Diciembre 18, 2005 at 2:22 pm | In Uncategorized | Leave a CommentTags: Uncategorized
guerreros y Oshun, y eso porque están de contrabando. Pero no importa, yo me siento igual de feliz y orgullosa cuando recuerdo aquellos días luminosos y todas las ceremonias… Para Nora
Diciembre 12, 2005 at 9:19 pm | In Uncategorized | 1 CommentTags: Uncategorized
Para vivir no quiero
Para vivir no quiero
Islas, palacios, torres
Que alegria más alta
Vivir en los pronombres
Quítate ya los trajes,
Las señas, los retratos;
Yo no te quiero así,
Disfrazada de otra,
Hija siempre de algo.
Te quiero pura, libre,
Irreductible: tú.
Sé que cuando te llame
Entre todas las gentes
Del mundo
Sólo serás tú.
Y cuando me preguntes
Quien es el que te llama,
El que te quiere suya,
Enterraré los nombres,
Los rótulos, la historia.
Iré rompiendo todo
Lo que encima me echaron
Desde antes de nacer
Y vuelto ya al anónimo
Eterno del mundo,
De la piedra, del mundo,
Te diré
“Yo te quiero, soy yo”
Pedro Salinas
Por si van al cine…
Diciembre 11, 2005 at 1:26 pm | In Uncategorized | 6 CommentsTags: Uncategorized
Las palabras no tienen palabra
Diciembre 9, 2005 at 4:58 pm | In Uncategorized | 3 CommentsTags: Uncategorized
De honor, quiero decir.
Los prototextos
Diciembre 8, 2005 at 9:00 pm | In Uncategorized | 2 CommentsTags: Uncategorized
Paradigmas
Tirado, desde tu cama escuchas caer las gotas, cada una idéntica a la anterior. Y no puedes – o no quieres- levantarte a arreglar el desperfecto.
Cierras los ojos y gastas esa noche que, como todas tus noches, tiene la fugacidad con que las horas parecen convertirse en instantes.
Despiertas por la mañana, a la misma hora que siempre, y te levantas a comenzar el día que sabes muy bien será una copia de ayer, y del día anterior. No habrá cambio alguno en esta rutina que has mantenido por los últimos tres años o tres siglos o trescientos. Ya ni siquiera te tomas la molestia -¿o el lujo?- de pensar. Después de la ducha, te vistes con los colores grises que acostumbras y luego bebes el café de diario, el que ya no sabe a nada a fuerza de degustarlo.
Terminas de arreglarte; sales de tu apartamento proletario de la colonia Guerrero y caminas, por estas calles que ya sabes de memoria, hasta la estación del metro. Allí, miras la escena que ya has visto hasta la saciedad: los vagones del metro, como anaranjadas venas, corriendo, deteniéndose. De repente, esas venas se cortan , se desangran. Escurren de ellas borbotones de gente que no es más que el bulto sin rostro que da forma a las burdas masas. Con un poco de asco aceptas que eres también parte de esa raza sin raza.
El metro te escupe cerca de las oficinas de gobierno en las que trabajas. Vas ya con los oídos bien dispuestos a escuchar las mismas quejas, con distintas voces. Y el día se te va exitosamente, porque tu único deber es gastar horas desde aquel día sin fecha en el que decidiste que tu vida estaba destinada a la opacidad. Desde entonces estabas resignado a tener una de esas existencias que son tan sólo el contraste de las otras. Fue ese el argumento que memorizaste, y quizá ya hasta lo habías creído.
Caminas de nuevo al apartamento de la Guerrero a través de estas calles que ya te pertenecen con la indiferencia que ya es ordinaria.
Llegas al departamento a la misma hora de siempre y, con la misma sincronía, caes rendido sobre la cama; y vuelves a escuchar ese sonido claro, puro, perfecto, de las gotas de agua al caer con la misma monotonía con que a ti se te están derramando los días, también sin alguien que repare el desperfecto.
No eran precisamente amigas. Alguna vez Rosario estuvo sola y decidió iniciar la relación con dos golpecitos sencillos a la puerta de su vecina. Juntas eran simplemente dos mujeres asustadas de la soledad.
Bebían café intercalando un cigarro entre taza y taza, y escuchaban música para evitar el silencio cuando no querían hablar. Lloraban con casi cualquier bolero y amaban las tardes de frío.
En otro tiempo, Arcelia no habría pensado en Rosario como opción de compañía. Incluso le desagradaba. Su manera de sentarse, la ropa que vestía y hasta el modo masculino en que fumaba le hacían pensar que Rosario era un prostituta, más aún cuando, por las noches, le abría la puerta de su departamento a un incógnito visitante que le hacía el amor callado y se iba por la madrugada. Cada noche, menos la del jueves.
Arcelia suponía que ese visitante era distinto cada vez, o que se trataba de un hombre casado al que Rosario recibía por necesidad y no por amor. Dudaba que las mujeres como ella pudieran enamorarse siquiera, pero Rosario, en sus palabras y en sus silencios, lo mencionaba como una sola presencia constante. Nunca dijo su nombre. Arcelia tampoco quiso saberlo, lo sentía casi conocido: la poca privacía de los departamentos le permitía escuchar los bulliciosos jadeos de Rosario cada noche, mientras ella se resignaba a la compañía de algún libro de Tolstoi. Casi siempre prefería Ana Karenina. Fue lo único que recibió de Diego como despedida. No había sido mucho el tiempo que vivió con él, apenas seis meses. Lo había conocido como lo que era. Un bohemio en busca de nuevos lugares y mujeres de ocasión. Ella fue una de las tantas tontas que al enamorarse de él pensaron ser la que lo haría cambiar. No había sido así, y ahora era por él que estaba sola, haciéndose acompañar cada jueves por una mujer que ni siquiera le agradaba, durmiendo cada vez menos y viviendo cada vez peor. Pero aún así, al recordarlo lo estaba amando, con sus ojos casi negros y la voz catedralicia con la que leía en voz alta la “Oda la Malvenida”, de Neruda, mientras acariciaba la página del viejo y nocturno libro de poemas.
Si la mejor manera de hacer que el amor sea eterno es amar juntos las mismas cosas, la literatura hubiese podido ser lo que asegurara la perpetuidad del idilio, pero ni todos los libros del mundo hubieran mantenido a Diego con ella. Era una lástima, realmente habría sido el hombre perfecto… si tan sólo la hubiera amado. Y aunque sabía imposible el regreso, prefería esperarlo y seguir viviendo así: en vela y en vilo, esperando nada. Resistiría mientras bebía café y dormía arrullada por la cópula intensa del departamento de junto.
(Enero de 1999)
La noche imposible
Pero los pasos siguieron hasta la puerta de junto, la de Rosario. Diego entró y dieron paso al ritual que los tres conocían y que ahora compartían.
Arcelia terminó de beber su taza de café y sirvió otra, mientras intentaba continuar leyendo. Ya iba en el tercer renglón y aún no lo comprendía, cinco renglones más y no podía evitar pensar en lo tonta que había sido al creer que Diego volvería. En el décimo renglón ya no pudo contener el llanto. Cerró el libro. Miró su departamento y por primera vez se dio cuenta de todo lo sola y triste que estaba. Era una extraña aun en su propia casa y aunque era casi medianoche y creía estar acostumbrada a dormir sola, la cama le pareció ajena y no se atrevió a acercarse a ella. Prefirió dormir en el piso, junto a la pared que separaba su departamento del de Rosario. A la vez lloraba y sonreía pensando que entre ella y el hombre que amaba sólo había un muro y una mujer.
Trasladó a ese lugar sus noches de Tolstoi y café cargado, y la página 309 de “Ana Karenina” se volvió perpetua entre sus manos inmóviles.
Cada noche decidía odiar a Diego por ser esta la mejor opción para su salud mental, pero por más que intentara engañarse, sabía que si una de esas noches él hubiera llamado a su puerta y no a la de a lado, lo habría recibido sin reproches.
Acercó el primer café y su libro acostumbrado al rincón de siempre, se desnudó despacio y se sentó, recargando su espalda tibia contra la pared. Abrió el libro en la primera página y, con la navaja, cercenó una por una las hojas de la despedida de Diego, que ahora le parecían una burla que él tenía calculada desde antes de conocerla, quizá. Al cortar las hojas pensaba en lo que Rosario podría sentir en ese momento, mientras era ella la anfitriona definitiva. Volvió a reír, después de muchos meses de no hacerlo, y no sabía si se burlaba de la ingenuidad de Rosario o de lo que diría Diego al saber sacrificada la edición de lujo de su clásico favorito. Lo importante era que reía de nuevo, por la razón que fuese.
Guardó las páginas y creó con ellas un nuevo rito nocturno: cuando Diego llegaba, Arcelia le prendía fuego a una de ellas y la miraba consumirse, y así sucesivamente, hasta que se sentía más tranquila. Cada página quemada era parte de un día, de una noche, y de un intento inane de olvidar.
Quedarían diez apenas la noche que Diego no llegó.
Rosario llamó a la puerta. Me lo regalaron y me acordé que a ti te gusta leer, explicó, mientras dejaba en una mesa la edición de lujo de Ana Karenina. Arcelia sólo pensó: “estás jodida”, y puso en una parrilla la cafetera y en la otra las diez páginas que ya no necesitaría.
En demasiadas ocasiones juraron su odio a Diego, pero la noche decembrina en que volvieron a oír pasos recorriendo el pasillo ambas guardaron un silencio riguroso, fueron automáticamente hacia la puerta y juntas escucharon cómo los pasos se perdieron al final del corredor.
Se miraron a los ojos, y un breve silencio precedió a las carcajadas con las que Arcelia y Rosario ridiculizaban la estupidez ajena e incluso la propia y descubrían que, para las abandonadas, reír es una manera más alegre de llorar.
en un fantasma. Y yo,
en el lugar de las apariciones”.
(J. J. Arreola)
Desde entonces he estado buscando una explicación a todo esto. Ha sido difícil, ya estaba acostumbrada. Desde niña asumí que era normal; si algunas de mis amigas coleccionaban muñecas, osos de felpa, dibujos o listones… ¿qué podía tener de raro que yo coleccionara fantasmas?
Mi madre siempre lo dijo: tienes corazón de condominio. Y es cierto: en mi corazón caben familias enteras… No es para asustarse, casi todos mis fantasmas están vivos y andan por ahí, tal como lo dijo Aristóteles hace muchos años ya, con sus almas bien pegadas a sus cuerpos, sin que eso sea impedimento para que me acompañen todo el tiempo. Además, los fui reuniendo sin la intención de hacerlo. Cuando me di cuenta, ya no podía estar a solas. Como dice el poema: “tengo una soledad tan concurrida”… Y poco a poco me fui acostumbrando, tanto, que ahora no puedo concebir la vida sin ellos. Cada mañana me despiertan dulcemente a la hora indicada y, mientras que mis amigas eligen el atuendo más adecuado para la ocasión, todos mis abuelos me preparan el desayuno. Mis padres entran conmigo a la bañera y me ayudan a enjabonarme la espalda. Todos viajan conmigo en el camión o en el metro. Van conmigo a la escuela, al cine, a trabajar. Me ayudan a estudiar y, a veces, me dicen las respuestas de los exámenes al oído. Más de una vez, cuando he tenido concursos o pruebas muy importantes, todos mis profesores forman una comitiva para acompañarme. Cada año, en San Valentín, todos mis amores -posibles e imposibles- se reúnen para darme serenata. Cuando estoy sola en algún lugar, canto, y ellos hacen una fiesta con mi voz en la que bailan abrazados: los conocidos y los que no se conocen, los que se quieren y los que se odian. Y, cuando al fin se hace de noche, me acompañan a la cama y la rodean para que no logre colarse ni una sola pesadilla.
Todo eso hacen ellos por mí, y para mantenerlos vivos yo sólo he tenido que amarlos.
Claro que no todo es tan fácil, pero hasta el momento nos ha funcionado bien. Los únicos que han sido un poco problemáticos son los fantasmas que habitan los libreros. A veces tengo que hojear todos los libros en busca de algún personaje perdido. Ya van varias veces que Don Quijote se extravía en Macondo, o que Romeo y Julieta conciertan citas clandestinas, a escondidas, entre los poemas de Sabines. Pero no todo ha sido tan fatal: Octavio Paz y Pablo Neruda ya arreglaron sus diferencias; Frida Kahlo y Eva Perón se han vuelto buenas amigas y puede que, con suerte, el romance entre Borges y Marianela termine en matrimonio.
Nadie creerá esto. Todo el mundo le da la razón a Aristóteles desde hace muchos miles de años. Y eso es triste porque, a veces, cuando me río sola, la gente me pregunta el motivo y yo tengo qué mentir diciendo que no lo hay. Cómo desearía poder decirles la verdad: que es su fantasma el que me ha hecho cosquillas.
Pero esta noche me conquista el sueño, y pierdo la noción de este lugar y de mi padre que se está buscando aún en su tercera o cuarta pesadilla. Despierto donde nunca: donde siempre. Ya no hay más noche. Es la hora del perdón y de la despedida. Me levanto débilmente y ordeno unas cuantas cosas, sólo para tener espacio donde caminar. Mi padre envuelto en una sábana sigue estando ahí. Me voy, digo. No responde. Me voy papá, digo más fuerte. Nada. Levanto la sábana y se levanta con ella una parvada de cuervos y de mariposas que rodean el departamento volando locamente. De repente hay más alas de las que caben en este espacio, en mi propia mente. Rompen los cristales y escapan por la ventana, y yo me llevo a mi padre en esta página.
(…)
Diciembre 4, 2005 at 2:28 pm | In Uncategorized | 2 CommentsTags: Uncategorized
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