Esperar

Febrero 15, 2006 at 7:00 pm | In Uncategorized | Leave a Comment
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Te espero en la luna, me dijo.
Pero cuando llegué, la luna estaba vacía.
(Olerkariak, http://barcomadera.blogspot.com)
Nunca he sido muy buena para esperar: desde que era niña perdía la paciencia la tarde del cinco de enero, o un día antes de mi cumpleaños, por ejemplo. Cualquier tipo de espera me produce cierta ansiedad, que es directamente proporcional al tiempo que demora en llegar lo que espero. Cuando era novia de Dann, y él me citaba en algún sitio, yo tenía que esperarlo tanto tiempo que terminaba confundiéndolo con todo aquel que llegaba (posteriormente implementé un mecanismo de entretenimiento que consiste en encontrar las cinco principales diferencias de la persona que llega con la persona que uno espera; es recomendable cuando uno ha esperado más de media hora)… Ayer tuve que esperar a alguien más de una hora… pero fue divertido.
Estaba afuera del Vips de Zona Rosa (el que está junto al Péndulo, donde siempre se estaciona Chey; por cierto Jaramar va a estar en marzo en el Péndulo de la Condesa, hay que investigar… quiero ir!!!) con toda la cara que tiene alguien cuando espera… bueno, me imagino que hacemos una cara en particular pues tan a la legua se me notaba que estaba esperando a alguien que el hombre que vende cinturones frente al Vips me dijo:
-Si estás esperando a alguien, siéntate aquí mientras llega… Yo aquí me siento siempre, mira, aquí tengo mi Coca y mis lunetas.
Me hizo gracia y me senté, finalmente no tenía cara de ser mala persona, creo que nadie que coma lunetas puede ser tan tan malo. Comenzó a preguntarme cómo me llamaba y que si esperaba a mi novio, que cómo lo había conocido y todo eso. Luego me dijo:
- A que no adivinas con quién estás hablando…
Y yo no adiviné, por supuesto, entonces él inquirió:
- A ver, ¿qué día es hoy?
Y yo
- 14 de febrero.
- ¿Y qué se celebra?
- El día de San Valentín.
- Pues yo me llamo Valentín.
Y su rostro brilló con una extraña luz, como si hubiera esperado 364 días para alegrarse de ser Valentín. Luego que se le pasó el gustito (“…cantando el gustito estaba cuando me quedé dormido…”) me platicó que era profesor de salsa. Yo le dije que me gustaba la salsa y hablamos un poco de la salsa en línea y de la rueda de casino, aunque nunca lo saqué de la idea de que los mejores bailarines de salsa son los puertoriqueños… Como era cumpleaños de Valentín, tuvo que irse de repente a afeitarse y eso, pues iba a celebrar con sus amigos, pero me dijo que regresara algún día para conversar, también me dijo que cuando llegara la persona no le riñera, sino que “lo agarrara a besos”.
Cuando Valentín se fue decidí llamar por teléfono para averiguar algo que me intrigaba, pero como el teléfono era de monedas necesitaba cambio, entonces se lo pedí a una mujer que vendía inciensos junto a la entrada del Vips. Cuando hube llamado me preguntó si me habían resuelto lo que quería; le dije que no, y de pronto recordé que la conocía:
- Oye, yo tengo una amiga que te conoce.
- ¿Ah sí? – dijo ella, sonriendo.
- Sí, siempre que pasamos por acá, hacia el Vips, te saluda.
- ¿Cómo es ella?
- Así y asado.
- Sí claro, la recuerdo.
Comenzó a preguntarme qué relación tenía yo con Chey, y si íbamos muy seguido a Zona. Yo le contesté brevemente, así que ella no perdió el tiempo ni se quedó con nada por dentro y me dijo:
- ¿Eres de ambiente?
- Algo así.
Entonces le expliqué lo mejor que pude la historia de mi vida en tres segundos. Ella, que de verdad estaba suelta y sin vacunar, volvió a sus preguntas:
- Pero sexualmente…
No la dejé terminar; le dije que iba a dar una vuelta por si el chiquito que esperaba se había confundido en alguna parte de la cita y andaba vagando por ahí… Le dije que si veía a alguien llegar le dijera que yo estaba esperando… No recordaba lo mucho que me gusta hablar con extraños. Antes lo hacía todo el tiempo, no sé qué me pasó.
Finalmente volví al lugar de la cita; el niño puso de su parte y llegó. Pasamos la tarde conversando y caminando, hasta tomamos café… No soy buena para esperar, pero estoy esperando ya para volver a verlo.

Febrero 12, 2006 at 6:28 pm | In Uncategorized | Leave a Comment
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Mi mamá se durmió casi enseguida. Aunque comparto el cuarto con otras dos personas comunmente, no había manera de confundir: durante catorce años escuché a mi mamá respirar y quedarse dormida. Ahora la situación era diferente: ella estaba de visita, todo le recordaba a María José, todo el tiempo se notaba que sólo quería regresar a su casa y, al final del día, no me dijo “buenas noches” porque sencillamente se durmió. Entonces me escuché a mí respirar; tuve por un segundo conciencia de mi peso y mi lugar en el espacio, de la textura de las sábanas y de la presencia – en el aire- de todas nuestras respiraciones juntas. No me había dado cuenta, pero estaba en posición fetal, recargada sobre el mismo hombro sobre el cual dormía cuando era niña. “Qué curioso”, pensé, y empecé a llorar.
Recuerdo perfectamente el día de mi primera orfandad. Faltaban cuatro días para mi cumpleaños número doce, lo cual no tenía nada de especial, pues como de costumbre no me lo iban a celebrar -si acaso mi papá nos llevaría a escoger un juguete y ya-. Salí de la escuela y mi padre estaba afuera, lo cual era rarísimo, pues él nunca iba por nosotros. Nos dijo que mi mamá se había ido de la casa (como yo ya sabía que mi mamá estaba pensando fugarse no puse tanta atención en la noticia como en la manera de decirlo que esogió mi padre). Luego, nos llevó a comer hamburguesas, y nos habló de los cambios y de una nueva vida. Dijo una de las frases casi demagógicas que repetiría hasta el cansancio durante dos años: “ahora la familia somos nosotros tres”(¿te cae?). Después de eso vinieron muchas cosas: la vuelta a casa caminando solos, las tardes largas encerrados sin comer, el lento distanciamiento de mi hermano -que se separó por completo del mundo-, los golpes, los castigos, las discusiones llenas de frases hirientes… Todo eso puedo recordarlo y no me parece tan insoportable, lo que en verdad no tolero es recordar las noches, que fueron todas iguales a partir de la primera, en que me pregunté en qué había fallado yo para ganarme ese abandono. Nunca me respondí. Y nadie lo hizo tampoco, pues a partir de ese día, cualquier cosa que se relacionara con mi mamá era un tema prohibido -a menos que fuera mi papá el que hablaba, mal por supuesto-. Mi hermano y yo éramos huérfanos: no teníamos mamá ni papá (mi papá siempre fue más bien una figura mítica), estábamos flacos, taciturnos, todo el mundo nos miraba con lástima… Esos dos años me marcaron, yo sé que no hay poder humano que los borre, a partir de ese día aciago en que mi mamá se fue de la casa todo han sido consecuencias. Mi hermano y yo somos dos entes deformes, incapacitados para la felicidad que, finalmente, no teníamos culpa de nada. Eso es lo peor de todo: si hoy me caso con Nelsito y me divorcio, o si no termino la tesis y acabo mis días como indigente, sufriré, pero habrá sido mi decisión y afrontaré mi responsabilidad pero… a mis doce años, ¿qué decidí yo?, ¿quién pensó en mi hermano o en mí?, ¿a quién le sirvieron o le hicieron bien esos días y esas noches? Ayer que mi mamá recordaba todo el tiempo a María José, y se sentía tan culpable de estar en un santo y no estar con ella, me pregunté qué pensaba cuando nos condenó a mi hermano y a mí para salvarse sola.
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