María Luna al poder!!!

Abril 30, 2006 at 2:40 pm | In Uncategorized | Leave a Comment
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En México (uy sí, como si mi blog se leyera en todo el mundo), nos encontramos en un trance místico por el que pasamos cada seis años: nos tenemos que fumar, a toda hora, en el día a día, las campañas proselitistas de unos cuantos fulanitos que intentan con todas sus fuerzas -los que tienen fuerzas- llegar a la presidencia del país. Yo sé que este blog es rosa de color y contenido, pero esta vez no me aguanto las ganas, y le voy a poner esta ocana, es decir, esta manchita politicoide que les juro que no es roja.
Para empezar, hemos de decir que para nosotros los mexicanos mucho de esto es una nueva experiencia. Me explico: cuando yo nací, mi país ya tenía bien asumida la idea de que las elecciones eran, como decía Cantinflas, “una contienda democrática en que los candidatos contenderán para que al final gane el que yo quiera”, entendiendo que este chistorín estaba inspirado básicamente en el mecanismo operado por el presidente en turno, que designaba al siguiente presidente de México, es decir, al candidato del PRI. En aquellos tiempos se sabía bien que el único y auténtico órgano de poder en México era el dedo presidencial. (Aquí hago un paréntesis histórico: supongo que algunos considerarán necesario que puntualice acerca del triunfo perredista escamoteado en el 88, pero en ese entonces yo sólo tenía cinco años y he de confesar que era abiertamente salinista; no se me puede reprochar, pues los niños siempre se caracterizan por creer fácilmente en las promesas). De ahí le viene a México el abstencionismo: “¿pu’s pa’ qué ch***a’os voto, si igual va a ganar ese c****n?”
Pero todo cansa señores, y aunque México -y los mexicanos- son de suyo estoicos y aguantadores, no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista. Efectivamente, depués de años de robos, corrupción y otras tantas “malandronadas” -por usar el léxico del sistema en turno- el gobierno priísta llegó a su fin (para que vean que la sabiduría popular no falla, ése fue un largo mal, y no pasó de los setenta). Todo gracias a un Mesías que en vez de predicar el evangelio nos hablaba de tepocatas y víboras prietas, de “La-vestida” y “Zedillín”. Este criollo, como dos siglos atrás lo hiciera otro, invitó a México a liberarse del yugo bajo el que vivía, usando como estandarte la imagen de la Virgencita de Guadalupe. Este hijo de Dios no prometió la vida eterna, ni multiplicó los panes y los peces (aunque posteriormente sí lo hizo con las viviendas del Infonavit), pero sí nos pidió que en un acto de fe confiáramos en que él cambiaría nuestra pobreza por bonanza, pues un conflicto, por complicado que hubiera parecido a anteriores administraciones, a él -todo un elegido- no le quitaría más de quince minutos de su trémulo tiempo.
Los mexicanos estábamos acostumbrados al Estado paternalista, donde todas las decisiones eran tomadas por papá gobierno, por ello, la primera vez que quisimos tomar una por nosotros mismos, éramos, justamente, como niños. (Otra aclaración histórica: en el año 2000 yo tenía 17 años, por lo cual no participé con mi voto en esa contienda, pero me he unido al plural mexicano, sólo porque es un plural del que soy absolutamente incapaz de excluirme, por vergonzoso que pudiera resultar, como en este caso). La intención era castigar al PRI, y con este candidatazo tan simpático los mexicanos nos distrajimos, y lo colocamos en un lugar en el que ha demostrado -sobradamente- que nunca debió estar. Echando a perder… ¿se aprende?
Espero que sí (ojalá por favor), pues si las elecciones del 2000 estaban llenas de esperanza -fundada o infundada- éstas son precisamente desesperanzadoras. Siendo honestos, sólo tres candidatos tienen posibilidades reales de ganar; veamos: podemos escoger entre un auténtico mafioso, que no ha demostrado ningún escrúpulo para lograr sus cuestionables objetivos, un tipo pusilánime, sin experiencia destacable en la política y, finalmente, un tipo populista que piensa que cumplir con su trabajo -es decir, la actividad que él eligió y por la que se le remunera- “es su fuerza”. Por otro lado, tenemos a los candidatos ficticios: Patricia Mercado, la que goza de más simpatía popular (aunque tampoco tanta); Campa, otro candidato gris, de quien no me extrañaría saber que es movido por algún otro individuo o partido; y Víctor González Torres, el “doctor Simi”, para quien no tengo ningún comentario: no hay nada que agregar, si se tienen tres dedos de frente y se le oye hablar por más de diez minutos (yo aguanto menos).
Este es mi blog, y si se me diera la gana podría orientar mi comentario hacia lo que yo creo correcto, pero no lo haré por dos razones fundamentales: en primer lugar, yo lo estoy pasando tan difícil como todo el mundo, pues como se oye decir por todo el país, “no hay a cuál irle”; en segundo lugar, creo que México ha pasado ya por una mala experiencia y tendrá que pasar por otras tantas hasta que aprenda a decidir. Y decida lo que decida, respetaré esa decisión. Lo que sí les digo es que, voten por quien voten, hay que votar.
Ahora que, si me preguntaran, a ti qué te gustaría (sé que nadie lo preguntó, pero este sigue siendo mi blog), respondería que mi mayor deseo, mi chaqueta mental, es que el día 2 de julio todos los mexicanos vayan a la casilla correspondiente y en el lugar que queda para poner el nombre de otro candidato escriban el de ellos mismos, a manera de protesta, y que sigan haciendo lo mismo mientras los candidatos a la Presidencia, o a cualquier cargo de elección popular, no sean individuos probos y capaces. Esa sería la protesta ideal: no votaremos hasta que haya un candidato que no finja que va a resolver los problemas de moda, y se comprometa a repensar al país entero, cuyas instituciones -en gran parte- están en ruinas, o secuestradas por la burocracia. Si les sirve pueden poner en ese mismo espacio de la boleta “Maria Luna”, así podrían llevarme a la presidencia, y entonces sí, Dios guarde la hora.

For you blue

Abril 29, 2006 at 2:40 pm | In Uncategorized | Leave a Comment
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No sé si el señalar los días es una simple costumbre surgida por nuestra necesidad de memoria (esa intención enfermiza de querer recordar algo por siempre; gracias a Dios la mente es más lista que uno, y olvida prudentemente sin preguntar opinión), o si es en algunos casos, algo natural: si es que algo de nosotros recuerda involuntariamente y cumple su propio ciclo, que coincide con el que llamamos tiempo. Ahora mismo me contesto: la piel lo sabe todo, y nunca olvida…
Por ejemplo, ayer, en las primeras horas del día, pensaba que hace un año mi papá despertó a cualquier hora y comenzó a vivir su último día. No sé cómo habrá sido exactamente; me pregunto si, como en la canción de Silvio Rodríguez, “no sabía que la luz de esa clara mañana era luz de su último día”. Pero todo el día de ayer me viví el último día de mi padre, porque en la piel tengo el recuerdo de haber estado ausente.
Uno cree que es de tal o cual forma por naturaleza, y que cada una de sus características le es indeleble, inseparable. No es así. Todos somos varios, y esa variedad a veces se encuentra en función de un presencia u otra. Hay cosas que sólo soy con una u otra persona… Y la que yo era con mi padre, a través de sus ojos, ya nunca lo seré. Pero sí seré lo que él era conmigo -o incluso antes o después o sin mí-: seguiré siendo un ermitaño entre un montón de libros, alguien capaz de todas las contradicciones, un patriota, un apátrida, un ateo creyente, un niño de cinco años que copia mal la tarea y en vez de 10 planas hace 100, a pesar de que su madre le dice que duerma, a pesar del dolor en el dedo -que se convertirá en un callo de por vida-, tan sólo porque le parece inconcebible no cumplir con sus deberes de la escuela. Extraño lo que no seré, aunque no todo; extraño conversar por teléfono por horas aún a pesar de apenas habernos despedido, extraño la seguridad de que me mire y yo me vuelva la más linda, la más inteligente, así de pronto; extraño comprar libros cada sábado, pero sobre todo extraño tener cinco años y escribir con crayolas un tomo de cuentos ilustrado, ir hacia donde está mi padre y vendérselo por una moneda de Sor Juana, en una tarde soleada, alejada de ayer y de hace un año, cuando abrir las ventanas estaba prohibido, pero la muerte de mi padre era imposible.
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