Filha do sol

Septiembre 25, 2007 at 12:03 am | In Uncategorized | Leave a Comment
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Hoy fui a comer a la cafetería de la Facultad. Me disponía a tomar el Puma para volver a casa en metro, pero de pronto cambié de opinión y me fui caminando al Metrobus. Cuando sentí el sol en la piel me di cuenta de que lo extrañaba: últimamente paso todo el tiempo encerrada. Y yo soy completamente solar: necesito sentir la tibia lucecita sobre mí. Simplemente me hace sentir bien. Así que disfruté mucho caminar por Insurgentes la tarde de hoy, aunque tenga que volver a la rutina y olvidé otra vez mirar al cielo.

¿Quién teme a Felipe Calderón?

Septiembre 23, 2007 at 11:00 pm | In Uncategorized | Leave a Comment
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Mi abuelo me contaba con orgullo que mi papá, de niño, ganó un concurso de aprovechamiento académico que le permitió ir de visita -junto con otros tantos estudiantes- a la Residencia Oficial de Los Pinos y saludar de mano al Señor Presidente. Mi abuelo era perredista, mi padre fue priísta en su juventud y perredista hasta su muerte (1), sin embargo, ambos recordaban con cariño y nostalgia el honor concedido, y cuando nombraban a aquel Señor Presidente uno podía escuchar que lo ponían con mayúscula aunque no estuviera escrito. Y cierta razón llevaban, pues creo que López Mateos fue el último presidente de México. Lo que vino después es inclasificable e incalificable. Aún así, de Díaz Ordaz a Zedillo, la figura presidencial conservaba un poco de ese halo maquiavélico que los mexicanos padecíamos, temíamos, odiábamos… y respetábamos, hay que decirlo. Con Fox entramos en la etapa de los presidentes invisibles, de los presidentes con minúscula, de los licenciados presidentes.
Un amigo solía decirme que el verdadero triunfo de la democracia había llegado con Fox, porque él era la prueba de que cualquiera podía ser presidente. Su observación es equívoca por demás, pero siempre me causó una risa amarga. Cuando Fox llegó al poder sentí mucho miedo. Recuerdo haber sacado mi cuenta y haber llegado a la conclusión de que para cuando él terminara de gobernar yo habría terminado la carrera, si es que él me lo permitía (no sé si recuerden que al inicio de su sexenio se habló de la privatización de la educación). En fin. Cuando Calderón tomó la presidencia (nunca mejor dicho), sentí pánico, rabia, frustración e impotencia. No podía creer lo que veía, no podía creer que la mitad del país no se diera cuenta.
Desde entonces, todo ha sido una amenaza constante. Los panistas argumentan que con su “triunfo”, la figura presidencial se tornó amable, tolerante, se olvidaron las represalias y comenzó la verdadera libertad. Yo difiero. A mí los presidentes panistas me dan más miedo que Elba Esther Gordillo -o bueno, ahí se van-. En primer lugar, porque no hay nada más peligroso que un tonto con poder -supongo que se entiende lo que quiero decir-; en segundo lugar, el señor Calderón parece tener como lema político aquello de “por mis pistolas”: por si nos queda alguna duda, sólo tenemos qué recordar cómo recibió la banda presidencial, en la madrugada, en un salón privado, rodeado de militares y, eso sí, transmitido en cadena nacional (para que quede bien claro que aquí son sus chicharrones los que truenan); le encanta disfrazarse de militar a la menor provocación, lo cual a mí me parece un mensaje muy claro y directo hacia la oposición (entendiendo por oposición no sólo a los partidos políticos, sino a cualquiera que se le oponga); entró cual hombre bala a hacer su numerito de toma de protesta y, en fin, ha llevado a cabo una serie de acciones que imagino que él considera “firmes”, pero que nos dan mucho qué pensar.
El viernes comía con una compañera de la maestría y, para hace plática, le pregunté si había visto el grito. Ella me contestó efusivamente: “no, porque yo al señor Calderón no lo tolero, no lo respeto y no lo reconozco; cuando va a salir en la tele la apago y no me interesa nada de lo que diga o haga”. Ella no es una persona que yo podría calificar de politizada, y aún así tiene una opinión muy firme, así que dejo a la imaginación del lector lo que yo diría sobre el mentado Fecal.
Ya no hay Señor Presidente. Nos queda el espurio multinombrado y poliapodado. ¿Y quién es él? ¿Un político? No. ¿Un administrador? No. El que tenga la respuesta, que me explique, porque nuestro supuesto líder anda por la vida intentando Dios sabrá qué, luchando por ser amado, luchando por ser temido, pero ninguna le sale. ¿Quién teme a Felipe Calderón? Todos. ¿Quién teme a Felipe Calderón? Nadie.
(1) Me gustaría aclarar que, aunque mis tendencia política es de centro-izquierda, o quizá precisamente por eso, yo no soy perredista. Por otro lado, ningún perredista fue dañado en la elaboración de este post.

I will

Septiembre 19, 2007 at 2:58 pm | In Uncategorized | Leave a Comment
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Who knows how long I’ve loved you

You know I love you still

Will I wait a lonely life time?

If you want me to I will

For if I ever saw you

I didn’t catch your name

But it never really mattered

I will always feel the same

Love you forever and forever

Love you with all my heart

Love you whenever we’re together

Love you when we’re apart

And when at last I find you

Your song will fill the air

Sing it loud so I can hear you

Make it easy to be near you

For the things you do endear you to me

And you know I will I will Ooo, la

No hay amor

Septiembre 17, 2007 at 1:06 am | In Uncategorized | Leave a Comment
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(Hechas las aclaraciones pertinentes para evitar paranoias, procedo a desahogarme).

Recuerdo haber escuchado esa canción muchas veces con Chey, recuerdo abrazarla, llorar juntas, cantar aquello… “No hay amor, y como no hay amor es hora de partir…”
Llegó la hora, la definitiva hora de partir.
Mi mundo cambió y no me di cuenta, hasta este fin de semana, en que todo se hizo muy evidente.
Me enteré de que Nelsito anda con alguien más. De pronto cayó sobre mí la realidad: Nelsito se acabó. Ustedes dirán (como han dicho todos) que eso hace rato se había acabado. Lo sé. Pero a veces una persona es más que una persona, es una manera de ver las cosas, es un estado de ánimo, es una etapa en tu historia… Pues todo eso se murió. Y me dolió recordar hasta qué punto su muerte fue de causas naturales, hasta qué punto lo maté yo, lo mató él, o ambos, con nuestra negligencia.
“Mi rumbo cambiaré, desde hoy me voy a ir…” Dormí todo el fin de semana. No fui a una fiesta que había esperado con ansia desde que se estaba organizando. No fui porque me sentí fuera de lugar: seguro Luis estaría con Fer y el Inge con la novia y cada oveja con su pareja… ¡Me sentí fuera de lugar entre la gente que ha sido mi familia! La vida está cambiando… Cuando tengo tiempo libre veo al Koyote, Pablo está más al tanto de lo que me pasa que otras personas. He dejado de ver incluso a mi padrino y al Muñe…
“No hay amor, porque algo te faltó, no me supiste amar…” Nunca lo imaginé. Nunca imaginé que me separaría de Chey. El otro día los chicos me dijeron que para pasar lista les preguntara quién era la persona que más querían, fuera de su familia; cuando terminé, ellos me pidieron que contestara esa pregunta. Dije que Chey. Las cosas han salido mal. Hemos cambiado, nos hemos distanciado. Nunca imaginé que su tranquilidad sería alejarse de mí, de nosotros. Nunca creí que le hubiera fallado. Pero sin querer se despidió de mí y terminó con el mundo. Como en 31 minutos, el mundo se acabó, pero inmediatamente se empezó a formar uno… completamente diferente.

Septiembre 13, 2007 at 12:58 am | In Uncategorized | Leave a Comment
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Silvio Rodríguez canta “si me dijeran ‘pide un deseo’ sería un rabo de nube…” Si me dijeran ‘pide un deseo’ desearía desear algo. Esta satisfacción que tengo no se parece a la plenitud. Necesito un motivo. Necesito algo por qué luchar.

La abuelita Fina y yo

Septiembre 10, 2007 at 2:18 am | In Uncategorized | Leave a Comment
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La abuelita Fina vive en la Habana. Antes vivía en San Nicolás de Bari, pero se casó con el abuelo Pillo, que era cocinero en el Palacio de Convenciones, y se fue del campo a la ciudad. Tiene casi 80 años de edad. La abuelita Fina ama Cuba, aunque no conoce ningún otro país.
La abuelita Fina y yo somos espiritistas, somos hijas de Obatalá, somos muy de casa, nos gusta cocinar y somos fanáticas del chocolate. A la abuelita Fina y a mí nos prohibieron fumar, pero no hemos podido dejarlo.
La abuelita Fina y yo vivimos en una ciudad que amamos. La abuelita Fina y yo odiamos a nuestro presidente. Las dos sentimos que nos lo impusieron, que él se puso encima de nosotros sin que pudiéramos hacer nada al respecto. La abuelita Fina vio cómo se fue muriendo Cuba, cómo La Habana se fue transformando en sus propias ruinas. La abuelita Fina ha visto a su hijo y a su nieta irse lejos de ella, en busca de vida, en busca de una oportunidad.
Yo miro a mi alrededor y veo a la gente descontenta. Ya se me han ido personas a otro país, buscando vida, buscando suerte. Yo misma me siento decepcionada, y cuando camino por las calles, cuando viajo en Metro, cuando miro a la gente de mi ciudad veo en sus rostros la misma decepción, el cansancio…
La abuelita Fina y yo no iremos a ninguna parte. Creemos en nuestro cachito de Patria. Tenemos en los ojos un brillito de esperanza. Algo tiene que suceder… Algo se nos ocurrirá. La abuelita Fina ya no puede hacer mucho… pero nosotros podemos evitar que nos secuestren el país, podemos evitar que México se nos caiga a pedazos…

Make some noise

Septiembre 6, 2007 at 8:45 pm | In Uncategorized | Leave a Comment
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Siguiendo la recomendación del buen Koyote, compré el disco lanzado por Amnistía Internacional, como parte de la campaña Make some noise, contra las violaciones a los derechos humanos en Darfur. Se trata de un disco doble en el que varios artistas interpretan las canciones de John Lennon.
En primer lugar, es impactante que sigan existiendo ese tipo de aberraciones históricas, como si a su avanzada edad la humanidad no hubiera aprendido nada. Por otra parte, debo decir que las palabras de Yoko Ono en el cuadernillo me conmovieron también. Cito:
John wrote his songs with a very deep love for the human race and a concern for its
future. He believed with his heart it was possible to create a better world. He also be-
lieved that each one of us plays a role in changing the world. I hope the Make some noise
campaign has the ability to not only save lives in Darfur, but to create the next generation
of activists willing to stand up for the rights of others and the basic human rights we all
share, now and in the future.
Al escuchar las canciones de Lennon, cantadas por gente tan diversa, pensé que la obra de este hombre es verdaderamente impresionante. No muere. Las letras soportan la repetición (sí, incluso “Imagine”), las melodías aguantan lo mismo un arreglo en reggae que en funk… Pero, como bien lo dice Yoko, Lennon hizo buena música, de buena fe, por una buena causa, es decir, por todas las causas perdidas. En el disco, Green Day propone una versión rockera con toques de american folk song de “Working class hero”, y suena tan actual como si la hubieran escrito ayer… La causa que persigue Amnistía Internacional es “salvar a Darfur”, pero también hace una gran labor al recordarnos, a través de estas grandes canciones, que nunca debemos dejar de luchar, de observar, de amar… It’s up to you, yeah, you…

Dudas y aclaraciones

Septiembre 5, 2007 at 6:04 pm | In Uncategorized | Leave a Comment
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A quienes han preguntado si yo soy la autora de “Ver”, la respuesta es no. Puse ese cuento porque me gusta, me parece interesante el planteamiento del acto de ver y ser visto, como algo activo.
El compositor e intérprete de “Como los peces” es Carlos Varela.
Me estoy recuperando de la gripa.
No regresé con el Inge. Las fotos son harto antiguas.
Creo que es todo. Seguiremos informando.

¿Qué veo? ¿Qué soy?

Septiembre 5, 2007 at 2:08 am | In Uncategorized | Leave a Comment
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Una taza de té, una ventana, un vidrio.
Las gotas de lluvia vespertina.
Corbata.
Una muñequita de papel unida a otra unida a otra unida a otra unida a otra unida a otra…
Una almohada entre las piernas.
El perfume en tu cuello.
El libro de final abierto.
Un trozo de pan.
Un frasco de mermelada de naranja.
Tu mano y mi mano.
El pañuelo y el tren.
La bienvenida perpetua.

Como los peces…

Septiembre 4, 2007 at 11:43 pm | In Uncategorized | Leave a Comment
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Alguien me contó que un amigo suyo colecciona versiones de “Lágrimas negras”. Es una de las canciones que más he cantado en mi vida, así que guardé el dato en mi memoria a pesar de no conocer al distinguido personaje. Es curioso recordar a alguien que no conoces, pero me ocurrió hace unos días, cuando iba en el tren ligero escuchando un disco en formato MP3, en la modalidad aleatoria del discman. Surgió por sorpresa “Como los peces” y recordé que podemos entender una canción -una palabra, una mirada, un momento- de muchas maneras, muchas veces. No sé si al coleccionista le sirva esta que, si bien no es una versión, sí es una interpretación que, desde mi punto de vista, renueva la canción, haciéndola más cercana y profunda.

Tununa Mercado: "Ver"

Septiembre 4, 2007 at 1:20 am | In Uncategorized | Leave a Comment
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Todas las tardes, entre las siete y las ocho de la noche y desde hace seis años, una muchacha llega a su departamento, en el Village de Nueva York. Desde el último edificio de una casa de departamentos del siglo diecinueve, en la Diez entre la Sexta y la Quinta –justo en la vereda de enfrente de la casa donde viviera Mark Twain- se puede asistir perfectamente a esa llegada y a ese final de jornada. Desde allí es tan propicio el ángulo de mira que podría llegar a suponerse que una y otra ventana, la del mirador y la de la muchacha, han sido encuadradas exactamente una frente a la otra ex profeso. La exhibición sucede tanto en invierno, en primavera como en otoño; nunca es la misma a pesar de que no cambian los elementos con que se constituye. El marco que rodea las ventanas varía; a veces el espectador mira desde una ventana cubierta de glicinas florecidas y la muchacha es observada con una marialuisa de rosetas blancas; otras, solamente unas ramas retorcidas y unas agujas de hielo enmarcan la luminosa limpidez de una y otra ventana.
Para verla es mejor estar desde las siete; si el observador se retrasa y se instala después que ella ha llegado, se pierde el sobresalto de su aparición en el vano de la puerta de su cuarto. Para mirarla con comodidad hay que apagar las luces un rato antes, situarse en el centro del espacio de observación, en este caso la sala de un departamento del siglo diecinueve. La penumbra es la única condición para mirar, pero debe saberse que es penumbra no debe ser interrumpida y que sólo se está en libertad de encender la luz y de reiniciar la vida ordinaria cuando ella se haya entregado al sueño.
Mirar a la muchacha es, pues, una decisión que hay que tomar por anticipado, aplicándose a ella como a un trabajo. Si una tarde, por ejemplo, el observador decidiera ocupar el tiempo de la observación en cualquier otra cosa, sólo tendría que correr los visillos, encender normalmente la luz y, mediante un esfuerzo de concentración, prescindir de la escena que tiene lugar calle de por medio.
Ella llega, se quita el sombrero, los guantes, los zapatos; se saca el suéter, la blusa. Sentada al borde de la cama, con el torso desnudo y con la falda puesta, trata de desprenderse infructuosamente el portaligas; finalmente decide quitarse la falda y, con la pericia de quien está acostumbrado a ese tipo de prenda, suelta las medias del portaligas y se las saca como si se quitara un velo. Nunca lleva calzones. Deja todo en desorden, prende un cigarrillo, sale de la habitación. Como de costumbre, no se instala definitivamente en el cuarto, sino que entra y sale cumpliendo diversos objetivos, como buscarse un vaso de algún alcohol, ir y venir en dos o tres momentos para verificar si la tina ya se llenó (estos trajines sólo pueden adivinarse, el ruido de la salida del agua no se puede oír, tampoco el tintinear del hielo contra las paredes del vaso, ni la música que escucha, que sólo puede suponerse por el ritmo con que ella la acompaña con sus caderas y sus hombros o por el compás que le marca la oscilación de sus pechos). Durante el tiempo que dura el baño, su desaparición de la escena crea una atmósfera de entreacto, de suspensión de la acción que obliga a detenerse en los objetos y reconocerlos: lámpara sobre una mesa de luz, cama pegada al muro blanco, cojines, una cómoda sobre la que ella suele depositar sus guantes, su sombrero o su bolsa al llegar de afuera. Salvo la ropa de cama, no hay en ese cuarto nada previsto para cubrirse, ni del frío, ni de las brisas o corrientes de aire, ni de las miradas; el cuadrado de vidrio de la ventana, con sus bordes nítidamente azules, es abierto o cerrado por razones de temperatura ambiente, pero nunca para protegerse de la luz del sol, ni de la noche, ni de ninguna otra circunstancia; incluso, muy pocas veces es abierto para ser aireado y no parece que la muchacha haya pensado nunca en ocupar su cabeza, su cuerpo o su recámara en tareas de índole doméstica.
Cuando regresa del baño ella viene ya desnuda y sólo con una toalla enroscada en su cabeza. En varios años ese cuerpo limpio que se muestra al mismo tiempo con desparpajo e inocencia no ha tenido muchas variaciones, y si alguna puede admitírsele es su belleza siempre en aumento, como si estuviera dotado de una misteriosa capacidad de ser cada vez más pleno, tanto por la armonía de sus contornos como por la seguridad de sus movimientos. La mata de pelo de su pubis s extiende casi hasta la mitad del vientre y pareciera ser rojiza, espesa, y llamar a la caricia. Ella se dedica a pasear sus dedos entre los bucles de su pubis, desafiando el sentido de su crecimiento, corrigiendo un remolino irredento o estirando en todo su largo los mechones, como quien juega con una cabellera.
La cama es el sitio de su cuerpo, podrá girar cien veces en redondo por su cuarto, mirarse en un espejo (ha de haberlo, en la pared junto a su ventana, la que no se ve, pues ella toma actitudes que se corresponden con su imagen repetida en alguna parte y crea figuras con sus brazos y piernas que solamente tienen sentido si se reflejan en algo) en ese tránsito preparatorio, pero terminará por tenderse en la cama. Sus desplazamientos –generosos para el espectador- parecen ser una suerte de evaluación: de la situación de soledad, del llamado que va a abrir ese espacio íntimo hacia el exterior, del interludio que va a prolongarse unas horas hasta que el sueño venga, del estado de ensoñación que va a envolver los últimos momentos del encuentro consigo misma, del instrumental imaginario que podrá, esta vez –y siempre hay un “esta vez” entendido como una estrategia de vida- prodigarle la máxima emoción.
En el departamento del último piso de enfrente el espectador no ha tomado ninguna medida especial correlativa a la aparición de esa muchacha desnuda que se despoja del último elemento que la ataba a la civilización, el circunstancial turbante de toalla, que ahora deja en descubierto sus cabellos mojados y rojizos, en libertad, pegados a la frente, enrulándose apenas sobre las orejas y el cuello. El está detenido en ese tiempo y en ese espacio a voluntad, como de ese pan no sólo porque es su alimento cotidiano, sino porque ese acto simple de ver a alguien que se deja mirar ha terminado por convertirse en una especie de operación que por sus extracciones y sus adiciones podría ser infinita, aunque su marco de contestación se reduzca al cuadrado de una habitación con una ventana a la calle Diez.
En los primeros años se había resistido a la contemplación diaria. Esa reiteración del acto a una hora precisa condicionaba toda su jornada. Solo esperaba llegar a su casa, instalarse y mirar. Convencido de que la imagen de la muchacha le había producido un daño irreparable, se obligaba a no verla creándose obligaciones justo a la hora en que la muchacha llegaba o, pero aún, reprimía su mirada sujetándola a un suplicio que podía ser, según la magnitud del deseo de ver que de él se apoderara, la lectura metódica de un libro, de ese tipo de lecturas que reclama tomar notas o hacer fichas, lecturas-cárcel para dominar la vocación de ver a través de la ventana hacia otra ventana.
No es que se hubiera entregado, de una vez y para siempre, a la ceremonia y al sortilegio de las tardes, y de una manera sumisa. Después del período de las prohibiciones, había terminado por darse cuenta de que ellas mismas eran una fuente de alimentación: si una tarde se había forzado en eludir la contemplación, la sola idea de que al día siguiente esa omisión iba a ser reparada, tenía en el un efecto de acumulación, como si la espera del otro día lo cargara aún más de ganas de ver, como si la agudeza de su mirada, su capacidad de observar, su estado de atención y la vibración de sus sentidos llegara, luego de la privación de la víspera a su punto más alto.
Sobre la pura sábana ella se extiende con las piernas separadas, enseñando su sexo. La luz no es demasiado fuerte, pero permite ver con nitidez. Si cabeza está mas abajo que el sexo, como si algún cojín hubiera levantado sus nalgas hasta el ángulo exacto de mira del observador. El sexo en el centro de la escena, así expuesto, entre dos columnas, como un hogar encendido por la horda o como un nido de pájaros, o como una zarza de fuego, o como un sagrario, lo obliga casi a cerrar los ojos, enceguecido por una llamarada que momentáneamente se hubiera abstraído de la carne y del cuerpo, de la muchacha y hasta de la condición femenina. Sos ojos exactamente a la altura del sexo abierto y dispuesto tarda en reacomodarse a la realidad. El deja aparecer, subrepticiamente, por su bragueta abierta, la cabeza de su pene. Palpa su estado de erección y verifica que tiene esa flexibilidad y textura óptimas, a mitad del crecimiento, a media expresión, estado indefinido, como la delicada sensación que comienza a invadirlo.
La sala está cada vez más a oscuras a medida que avanza la tarde y se acerca la noche. A la penumbra de su cuarto se corresponde la luminosidad del cuarto de enfrente. Ella levanta sus piernas, las cruza, las descruza. De pronto, él advierte que ha echado mano al teléfono y que, muy lejos de la conmoción que su sexo está produciendo en el centro de la escena, sobre la cama y entre las piernas, se reacomoda sobre un cojín, coloca otro más en su nuca, dejando aparecer, también entre las piernas abiertas, su cabeza y el par de pezones de su pecho. Ella habla por teléfono. Simplemente. Se ríe, con la mano derecha sostiene el tubo y, con la otra, empieza a tocarse las piernas, el vientre; gira hacia la derecha, hacia la izquierda; su sexo se pierde entre las piernas, pero aparece en cambio la comba del culo. Sus manos han sido siempre sobadoras, pero no en vano, sino con una clara noción de lo que quieren obtener. Puede parecer una caricia distraída la que ahora imprime su dedo en la profunda hendidura de sus nalgas, puede pensarse que ese tamborileo es sólo una forma de rascarse, pero no, aun cuando ella siga hablando por teléfono, esos movimientos de manos no son gratuitos y, cada uno, le provoca un breve, intenso éxtasis. Cuando la exaltación es demasiado fuerte, tapa la bocina, seguramente para que no se oiga su respiración, cada vez más agitada.
El sabe que esa llamada tampoco está separada de la escena. La vos, es de suponer, le está diciendo propósitos que se convienen perfectamente con la situación de desnudez y de soledad que muestra sus diferentes cantos y dispone sus figuras sobre una cama, entre las siete y las ocho, en la calle Diez. La llamada se ha producido regularmente todos estos años, desde que él observa y goza. Cuando falló. Ella pareció desesperarse, pero no hizo nada para subsanar la falta. Ella no llamó y, para paliar la frustración, su acto fue más solipsista que nunca y la devoción por sí misma llegó a un paroxismo tal que a él terminó por serle insoportable, como si su puesto de mira y su acción de mirar hubieran estallado, sobrepasados por los acontecimientos.
Ella deja el teléfono. Se trata de pausas, de la necesidad perentoria que la atraviesa de usar sus dos manos. Abre nuevamente las piernas, recupera el auricular, dice algo, sonríe, ríe a carcajadas, y se coloca la bocina en el sexo, casi se podría pensar que se la introduce en la vagina, pero no, no es eso, es tal vez solamente la idea de hacer oír a su interlocutor el ruido de sus labios que se cierran y se abren o para envaginar la voz de quien habla, o para acallarla entre la mata de pelo. Sus cabellos se han secado y son un resplandor en ese cuerpo que rueda en la disipación y que, si pudiera lamerse en su totalidad no estaría ahora lamiendo los bordes del tubo ni chupando pedazos de hielo, ni ensalivándose los dedos para acariciarse el sexo.
El pene ha pasado de la flexibilidad a la turgencia plena. Es como un arma que apunta directamente a las múltiples bocas de la muchacha. Su poder de fuego está concentrado y pugna por salir pero el ejercicio de autocontención a que ha sido sometido durante años y cuyo objeto ha sido disciplinar el estallido amoroso sincronizándolo perfectamente con el estallido, que calle de por medio, va a producirse, lo mantiene en su erección, como un animal a punto de dar el salto. Ella parece gritar algo, aullar así, su cuerpo se conmueve como si hubiera llegado a un sitio del que no pudiera retornar, y luego cae vencido. En ese momento, el pene, al otro lado de la calle, se derrama como una fuente, solo, sin que ninguna mano o estímulo le exija hacerlo: por la pura y estricta fuerza de la contemplación. Serenamente, el observador cierra los ojos y, antes de colgar el tubo de teléfono, oye una respiración armónica de alguien que acaba de dormirse, luego de apagar la luz.

Con la rienda suelta…

Septiembre 2, 2007 at 11:31 pm | In Uncategorized | Leave a Comment
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“Cuando se quiere a fuerza rebasar la meta
y se abandona todo lo que se ha querido
como tú traes el alma con la rienda suelta
ya crees que el mundo es tuyo y hasta me das tu olvido”.
(José Alfredo Jiménez)
No escribo nada desde hace un rato. Mis lectores me reclaman -incluso recibí un comentario en el blog de cuentos, reprochándome la falta del segundo ejercicio-. Sé que he descuidado estos espacios (ni siquiera pasé por aquí el día 31 para cantar aquello de “felicidades mi blog en tu día…” Pero tengo una buena justificación. Me he dedicado a vivir. Ando como la que se le fue a José Alfredo cuando a él se le acabó la fuerza de la mano izquierda, es decir, con la rienda suelta… Estoy viviendo, amando, besando, riendo con todas mis ganas. Tengo muchas ideas y ganas de crear. He estado triste y he vivido esa tristeza lo más profundamente que he podido. He conocido gente interesante. Siento que el mundo es mío y, efectivamente, con esa certeza se puede uno olvidar de todo y de cualquiera. ¿Qué dices? ¿Que el amor bonito lo tenía contigo? ¿Que extrañaré tus besos en los propios brazos del que está conmigo? Tu serás el que llore sin poder siquiera derramar tu llanto. Y has de querer mirarme con tus ojos claros que yo quise tanto, que yo quise tanto y que me quieren tanto…
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