Adiós

Noviembre 30, 2008 at 5:41 pm | In Mente adentro | 7 Comments

Esta temporada de mi vida está llena de suerte, pero también de despedidas que duelen. El miércoles pasado fue el último día de clases, lo cual significó decir adiós a mis alumnos, y eso siempre produce un temblorcito en el corazón. Además, he decidido ir a casa de mi mamá a pasar la mitad de diciembre y casi todo enero, antes de ir a vivir cinco meses del otro lado del mundo. Eso significa que diré un breve adiós a la ciudad y a las cosas que en ella me hacen los días: los jueves de Cova, el helado de Chiandoni, el café de Gandhi y, claro, la gente que le da sentido a todo lo anterior. Debo añadir que en la nueva casa de mi mamá, situada en un lugar muy lejano, no hay teléfono, mucho menos internet, lo cual implica despedirme también de la gente con la que converso cotidianamente vía messenger, aunque trataré de no apartarme (tanto) de este blog.

Sin embargo, cada vez tengo más ganas de irme porque, de alguna forma, me gusta hacerlo. En la universidad me iba todo el tiempo, sin avisar, a vagar. Siempre ando de ida, estoy en camino de manera permanente. Incluso cuando me quedo tengo que ir y volver frecuentemente, sólo para recordar dónde estoy, dónde quiero estar, cómo sería la vida si la hiciera lejos (aclaro que no es una forma de huir, sino que esa es mi única forma de estar).

Todo esto del regreso a casa de mi mamá tiene su lado simbólico: volveré a vivir en un contexto familiar, seguramente no faltarán todas esas cosas que me encantan de ello (las bromas de mi hermano, las sabias palabras de mi mamá, los besitos de María José, las tardes de películas y palomitas de caramelo preparadas en la olla express…). No dudo que también recordaré las razones por las que me fui, y que quizá podré entender más cosas, de muchas maneras. Por otra parte, volveré a la danza, con la misma gente con la que bailé durante cuatro años, cuando los espejos de nuestro estudio eran la visión del dolor transformándose en un placer inexplicable. Quiero estar en casa mami, porque quizás es el momento de estar allá.

Dicen que si quieres vivir para siempre debes morir a tiempo. El adiós es necesario para consolidar lo que ha sido y es lo único que nos da la oportunidad de volver a nacer.

Poesía no eres tú (pero tampoco soy yo)

Noviembre 29, 2008 at 12:17 am | In Anecdotario, Papel que habla, Yo opino... | 5 Comments

Anoche, al calor de un Sprite (soundtrack recomendado: “Twist in my sobriety”, je), se generó una discusión sobre PAZ, el poeta. Yo, evidentemente, no jugaba en su bando. Sin embargo, me di cuenta de varias cosas; la primera de ellas, que se me pueden ocurrir muchos poetas que me gustan, pero casi ninguno es mexicano; la segunda, que la poesía está más allá de mis límites: a pesar de ser la estructuralista recalcitrante en la que me convertí luego de cuatro años de estudiar Letras, aún creo que un poema es algo de respeto, algo a lo que no se le buscan las tripitas.

Mis alumnos pueden dar fe de ello: en las primeras clases les advierto que seremos científicos al analizar todo tipo de discurso, incluso el literario, pero que nunca analizaremos poesía, porque la poesía no se analiza, se comenta. Nadie puede afirmar que, después de leer un poema, lo ha comprendido a cabalidad. Más aún: mientras que el comentario de otros textos puede, en ocasiones afortunadas, añadirles algo, la poesía -la buena poesía- es algo tan completo en sí mismo que rechaza las glosas de manera orgánica. Leemos un poema y sentimos que hemos dado un salto, que aterrizamos transformados, que ni el río ni yo somos los mismos. Les digo siempre a mis mocosos que en nuestro salón nunca contaremos las sílabas de un verso, simplemente lo escucharemos, sentiremos cómo su cadencia se aleja de nuestra lengua coloquial y cómo cada sonido, alquímicamente elegido, nos rebasa y nos redime de la cotidianidad.

Ayer acepté el reto de publicar aquí un comentario -argumentativo, como todos- acerca de las carencias poéticas de Paz o de las virtudes de Novo. Ahora pienso que es un ejercicio un tanto inútil… ¿Qué importa lo que pueda decir yo, mientras alguien pueda recurrir, a las cuatro de la mañana, a lo-que-sea-que-encuentre en “un sauce de cristal, un chopo de agua / un alto surtidor que el viento arquea / un árbol bien plantado mas danzante / un caminar de río que se curva / avanza, retrocede, da un rodeo / y llega siempre”?

(Aclaro que no por ello me parece buen poeta; aunque sea el Baryshnikov de la poesía mexicana, es un Baryshnikov que, al saltar, no puede evitar gesticular por el esfuerzo.)

En este post intento ser un caballero (no una dama porque, siendo realistas, las cualidades de dama no resultan tan dignas, sino más bien rayanas en la estupidez). Concedo, pues, que Paz es un poeta, que dijo el mundo, que creó un sistema que gira perfectamente sobre su propio eje. Acepto además que tengo en la memoria un par de poemas a los que recurro cuando me sobreviene la necesidad. Pienso en este momento en “Cuerpo a la vista” y no tienen que ser las cuatro de la mañana para que sienta una belleza tan intensa que hace frontera con la desolación. Así que, Comandante, me doy por vencida, un tanto porque reconozco mi incapacidad, un tanto por respeto a lo sagrado.

(Pero si me reclama el duelo, nos batimos -con lujo de polisemia-. Así de barbas.)

Cábalas y círculos

Noviembre 27, 2008 at 9:26 pm | In Mente adentro | Leave a Comment

Hoy fue el día en que el dos se volvió cabalístico: me quedaban dos meses en la ciudad, éstos se redujeron a dos semanas porque entendí que hay cosas que, si no son de dos, simplemente no existen. Ahora me entero de que viajo a Australia dos días antes de lo previsto, y creo que en ningún momento me llegará la esperanza en dos palabras.

Si esto no fuera lo suficientemente extraño, hay algo que puedo añadir: me despido de alguien en circunstancias muy similares a aquéllas en las que lo conocí, sólo que en el orden inverso: en ese entonces me acababan de operar el quiste, al final de unas largas vacaciones en casa de mi mamá, recién había terminado la maestría -junto con la beca- y había suspendido durante un tiempo la elaboración de la tesis. Ahora debo terminar la tesis con urgencia, porque empieza otra beca y quiero empezar otra maestría, pero antes de eso pasaré unas largas vacaciones en casa mami porque me van a operar. Diría “son señales”, pero ya no tengo valor ni fe, y creo que la última vez me equivoqué por completo al leerlas. Ahora sólo esperaré que suceda algo “que me muera de veras o que de veras esté fastidiado”, diría Sabines. Los milagros no son una opción; lo único que puedo recibir, en estos momentos, son consecuencias.

Vacas flacas

Noviembre 27, 2008 at 2:09 pm | In Tripas y corazón | Leave a Comment

Hay veces que el pato nada y hay veces que ni agua bebe, dice mi mamá. Eso es cierto, y yo ahora estoy pasando por la temporada de vacas flacas del amor. Sin embargo, una cosa es que haya carestía y otra que yo me la merezca. Hoy en la mañana el amor llamó por teléfono y decidí que no hay necesidad de seguir buscando lo que ya sé dónde está. Así que me voy a vivir el amor de mi hermana durante el tiempo que me queda. Me hará bien. Su cabello huele a té y en sus ojos me veo más bonita, será un buen remedio para un corazón vacío, desperdiciado, roto

Ceguera

Noviembre 25, 2008 at 12:16 pm | In Mente adentro, Tripas y corazón | 2 Comments

(No, no la película).

La salud es un equilibrio biopsicosocial. Si algo está fallando en algún aspecto, nuestro cuerpo no dudará en hacérnoslo saber de algún modo. Si estás confundido te da gripa, si no aceptas algo te enfermas del estómago… Mi papá se encerró tanto en su solo punto de vista y se negó con tanta fuerza a ver el de los demás que se quedó ciego.

Hoy yo me esfuerzo, pero no sé qué me pasa. No puedo ver más allá de mi ombligo, y sólo siento que algo me duele, que algo no está bien, pero no puedo ver más. Y seguro hay más. Apenas hace días había tanto… Hoy no sé, hoy siento que no tengo nada, que todo es de mentira.

¿Cómo se cura la ceguera temporal, la miopía? Yo, sin duda, reconozco lo bueno, de verdad. Lo pienso y sonrío, me siento afortunada, pero de pronto recuerdo que quizá nada es cierto y me vuelvo a sentir en peligro. Siento miedo, no lo puedo evitar.

Hacía mucho que no me costaba tanto trabajo decir lo que sentía. Hacía mucho que no me sentía tan temerosa, ni tan patológica, ni tan dolida, insuficiente y frustrada. Todo se resume en una palabra: inseguridad. Pero, ¿qué es la seguridad, al fin y al cabo? ¿Existe? (Cfr. Fight club).

He luchado estos meses contra el miedo, pero me olvidé del miedo que viene con el miedo. Yo debería venir con un instructivo que dijera: si Nora se encariña contigo hará todo por alejarte. O, como dice Chey: “déjala, así se pone, pero al rato se le pasa”.

Hoy no me entiendo ni yo, no me acuerdo cómo se jugaba esto. ¿Por qué nadie me manda un mail con las indicaciones?

De visas y leyendas urbanas

Noviembre 24, 2008 at 1:45 pm | In Anecdotario, Ver, oír y postear | 3 Comments

Hoy hice algo que pensé que nunca haría: fui a la embajada de Estados Unidos a solicitar una visa. De alguna manera, no tenía nada que perder (más que los casi 1,700 pesos que cuesta la cita), porque aún en el caso de que no me la otorgaran encontraría alternativas para realizar mi viaje. Además, después de escuchar tantas historias catastróficas sobre este tipo de trámites, iba con la idea de que no me la darían.

Llegué puntual a la cita y conforme  a las indicaciones: no llevaba aparatos electrónicos -ni siquiera mi amadísimo Ipod, snif-, tenía todos mis papeles en orden y había llenado mi solicitud con anticipación. Todo corrió con absoluta eficiencia y a las nueve de la mañana ya estaba yo esperando frente a las ventanillas donde los cónsules entrevistan a los solicitantes. Reconozco que estaba nerviosa, a pesar de que en la mañana me puse ashé de Orula en la lengua para que me diera las palabras adecuadas. Cinco turnos antes del mío, el señor que esperaba junto a mí me dijo: “el de la ventanilla treinta y cuatro les está diciendo a todos que no”. Volteé hacia el cónsul en cuestión: pude ver que rechazaba todas las solicitudes en cuestión de segundos, gesticulando y casi gritando; tenía todo el tipo del “gringo-keep-out” y tuve mucho miedo de que me tocara enfrentarme a él.

Al fin salió mi número: “turno 239 – ventanilla 39″. Ding. Me paralicé unos segundos, reaccioné de pronto y me dirigí al lugar que me correspondía. Me consolaba pensar que al menos no me había tocado con el enemigo del pueblo, así que cuando llegué y vi la cara amable del entrevistador no pude evitar sonreír. Él sonrió también y me preguntó si hablaba inglés; “yeah”, respondí de manera automática (el pobre no sabe que durante año y medio me gané la vida hablando inglés). La entrevista comenzó… en inglés. En realidad sólo me hizo un par de preguntas: ¿cuál es el motivo de su viaje?  -voy  hacer una escala – ¿dónde? -¿ a dónde va? -a … – ¿a qué va a …? -cuestiones de trabajo – ¿en qué trabaja? -soy maestra -¿qué enseña? – español y literatura- o.k. está aprobada, es todo… No fue ni un minuto.

No sé si mi visa es sólo de tránsito o si es de turista, si es por diez años o cien o cien mil, la cosa es que la obtuve con gran facilidad: no me revisaron ningún documento fuera del pasaporte y la solicitud, el cónsul me entrevistó con sonrisa y todo,  y salí de la embajada a las diez de la mañana. Pienso en toda la gente que hace sacrificios por obtenerla y no la consigue y no puedo evitar concluir que lo que está puesto en el camino de uno termina por llegar, por manifestarse. En fin, parece mentira: me fue mejor en la embajada de E.U. en México, que en la embajada de México en Cuba. Ironías de la vida, mientras tanto todo avanza y yo ya estoy empezando a saltar.

Profecía

Noviembre 24, 2008 at 12:18 am | In Tripas y corazón | 3 Comments

No sé si han leído esas historias en las que, al nacer, alguien recibe en una frase la cifra de su destino. Yo sé cuál sería la mía: no importa lo que seas, no importa lo que hagas, ni lo que logres, ni cuánto te esfuerces, nunca será suficiente y tú nunca serás suficiente.

Se me ocurren varios ejemplos: a mi papá le avergonzaba que mi aspiración fuera dar clases, a mi mamá siempre le pudo que yo no fuera bonita, mis amigos siempre me pedirán que cambie o que al menos me maquille… Ah, qué se le va a hacer, quien bien te quiere te hará sufrir, o mejor dicho, la gente que tú quieres te hará sufrir, porque te importará todo lo que digan y piensen de ti.

Zélig o el día en que Allen creyó en el amor

Noviembre 23, 2008 at 4:00 pm | In Películas que veo sola | Leave a Comment

Anoche vi Zélig. El Muñe me había dicho que era la película que más le gustaba de Woody Allen y sí, en efecto, es muy buena: realizada en 1983, me parece que es la primera incursión del director en el documental de ficción, recurso que usará -también con acierto- años más tarde, en Sweet and Lowdown. Lo que diferencia a esta película del resto no es, sin embargo, el formato, sino una marca de contenido: mientras que toda la filmografía parece afirmar que el amor es un imposible, en Zélig  encontramos una idea completamente opuesta: el enfermo cree que necesita la aceptación de todo el mundo, cuando en realidad lo único que puede salvarlo es el amor de una mujer.

Zélig es la historia de un hombre que, debido al rechazo que padeció durante toda su vida, desarrolla una extraña patología: se asimila a cualquier persona con la que conviva, al parecer, en busca de aceptación. Una psiquiatra lo observa y cura mediante un tratamiento basado en la hipnosis y en el amor. Poco a poco consigue que el protagonista manifieste y defienda sus propias opiniones: le dice a su sanadora que es nerviosa, mala cocinera, que es menos inteligente de lo que ella cree y que la ama. Sin embargo, las acciones de Zélig durante su etapa psicótica terminan por pasarle la factura, obligándolo a huir debido al fuerte rechazo social que producen sus errores previos (bigamia, desfalco, usurpación de funciones…). A pesar de todo, la doctora lo busca y se produce algo totalmente inverosímil en las películas de Woody Allen: un final feliz y, más aún, esperanzador: la enfermedad, a pesar de haberle generado tanto daño, no puede dejar de ser una parte de él, y es también su salvación. Por otra parte, ¿qué importa si el mundo te odia mientras la única persona que puede curarte te ame? Parece que todas las películas de amor que me gustan tuvieran esta fórmula del amor como antídoto. Zélig es Wild at heart, con judíos.

Es una gran película, sin duda, de 1983 (en respuesta al Meme de René: www.vidaventurosa.com).

 

Great expectations (lo hermoso es feo, lo feo es hermoso)

Noviembre 22, 2008 at 8:47 pm | In Películas que veo sola | 1 Comment

Hoy en la mañana vi Great expectations. No recordaba que me gustara tanto como me gustó hoy, pero creo que cuando la vi por primera vez no apreciaba la fotografía, el sentido de los encuadres y, sobre todo, no sabía ciertas cosas sobre la gente ni sobre el amor.

Además del uso del color, el montaje y todas las cosas que supongo que ya habrán sido alabadas por la crítica, creo que la película cuenta con agilidad la historia de Dickens, lo cual no es poca gracia si consideramos su peso en gramos. Por otra parte, la trama conmueve y tiene grandes momentos, sin perder la profundidad ni volverse melodramática.

Sin embargo, fuera de las cualidades anteriores, hubo algo que llamó mi atención como nunca antes: la importancia de la contradicción. Estella es indiferente porque es sensible, Dinsminsor odia porque amó, Finn tiene todo lo quiso pero no sabe si es feliz y un asesino prófugo le da la vida de sus sueños a un desconocido sólo por gratitud. La mujer loca es, al final, el personaje que no alcanza el perdón; el criminal es, por el contrario, el único que merece compasión, los enamorados, para quienes el pasado era un yugo del que deseaban liberarse, al final necesitan volver a él para encontrar la felicidad… No recordaba que me hubiera gustado tanto esta película, pero quizá es porque hasta ahora no entendía que el amor y la belleza y la vida no son sino el equilibrio armónico de los contrarios.

La foto, al derecho

Noviembre 21, 2008 at 4:49 pm | In Anecdotario, Nostalgia, Tripas y corazón | 1 Comment

ojos_verdes

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

(La anécdota correspondiente está un par de posts antes.)

 Cuando uno dice que siempre estará enamorado de alguien, no miente; el problema es que ese siempre es sólo la prolongación del instante en que lo amábamos, y que ya no existe en el presente, en la realidad. Yo siempre estaré enamorada de Nelsito aquel noviembre, pero en éste sólo somos dos desconocidos colocados en el mundo, junto a otros miles que no se recuerdan ni se presienten entre sí. Como dice Serrat, acerca de una de sus más célebres canciones: “me gustó mucho siempre la idea del personaje mítico de Penélope porque, el imaginarme a una mujer aguardando a Ulises que regresara de sus guerras y venga a tejer por el día y venga a destejer por la noche, y vuelta a tejer al día siguiente y a destejer por la noche sólo para no tener que casarse con otra persona es realmente interesante. Yo me imaginé a estos dos personajes que, si realmente llegara a ocurrir el esperado encuentro, probablemente ya no se reconocerían: la vida habría pasado por encima de cada uno de ellos con suficiente fuerza como para dejarlos irreconocibles el uno al otro. Por eso escribí esta canción.”

 

Síntomas

Noviembre 20, 2008 at 7:28 pm | In Tripas y corazón | Leave a Comment

Siempre me da por teorizar sobre cosas bobas. Así, he llegado a un montón de conclusiones que, modestia aparte, han sido útiles a muchos de mis amigos. Sin embargo, tarde o temprano mis afirmaciones se vuelven en mi contra, y ésa es, señores, la manera más amarga de tener la razón.

Alguna vez le dije a una amiga que el enamoramiento tiene una serie de síntomas físicos que hemos aprendido gracias a lugares comunes como “siento mariposas en el estómago” (o su variante brasileña ¨[chiste local]: “siento frío en el estómago”), “siento que se me sale el corazón”; sin embargo, hay una delgada línea entre eso y lo que le sigue, el famoso “punto de no retorno”, que en mi grupo de amigos de toda la vida llamamos “estar en el hoyo”.

Muchas veces, al calor del foco y a la luz de una chela -que es lo mismo que al revés, dirían Koyote y René-, mis amigos y yo nos preguntamos cómo saber cuándo estás en el hoyo. Dimos muchas respuestas, casi todas en broma, hasta que el grado de alcohol en la sangre fue el alquímico para producir mi respuesta: “uno sabe que está en el hoyo cuando, por mucho que se enoje con una persona, no se puede olvidar de que lo quiere”. La manada de borrachos aulló aprobatoriamente y Hugo dijo lo que siempre dice cuando yo pronuncio una de mis sentencias: “che Nora, me cae que contigo uno siempre tiene que traer cuaderno”.

Hoy tuve la razón, aunque no me supo amarga. Durante unos momentos, por causas que no vienen a cuento, estuve enojada y muy triste. ¿Qué hago aquí? -me pregunté- ¿qué sentido tiene todo esto?, ¿vale la pena?… Y me contesté tan, pero tan rápido, que inmediatamente pensé: estoy en el hoyo.

El revés de la foto

Noviembre 19, 2008 at 5:20 pm | In Mente adentro, Nostalgia | 4 Comments

No soy fanática de las fotografías, menos aún de las de registro: no siempre entiendo la necesidad de recordar dónde estuve y con quién. Pero admito que tienen una magia particular para mí, y ésta radica en su revés. Parecerá necio de mi parte, pero para mí una foto es especial por lo que estaba sucediendo del otro lado de la cámara cuando fue tomada.

Se me ocurren dos ejemplos particulares. El primero es una foto en la que salgo horrible, con el cabello suelto, largo y despeinado, con lentes y braces, en la sala de sillones verdes y paredes amarillas de la casa de mi abuela. Mi papá estaba jugando con su cámara y decía: “chaparra del demonio, te voy a tomar una foto”. Yo me negaba, como me niego siempre a todo según dicen las mentes malignas que no me comprenden del todo. Mi papá se quedaba callado unos segundos, hacía como que no me había oído e insistía: “te voy a tomar una foto chamaca, voltea”. Yo decía que no y él hacía una vocecita infantil: “que dí, que dí”. Al final cedí, y desde la foto lo miro con cara de tierna desaprobación. Mi papá podía ser dulce, y esa foto en la que soy tan fea me recuerda la belleza de ese instante.

El otro ejemplo que se me ocurre es una foto que tomé en San Nicolás, en casa de tía Elsa. Yansel no podía evitar cerrar los ojos cuando yo disparaba el click, así que pedía que se repitiera la foto. De pronto empezamos a bromear con eso, y tomamos bastantes placas; en todas aparece ella haciendo esfuerzos por mantener la vista fija en la lente, pero en una en particular, de manera accidental a causa de la risa y la falta de concentración, enfoqué sin querer a Nelsito, que aparece en el fondo, mirándome a mí más allá de la cámara. No creo que hubiera podido capturar su mirada de otro modo, pero me gusta esa foto porque me recuerda el modo en el que me veía cuando pensaba que yo no me daba cuenta. Cuando me falte el amor, siempre tendré sus ojos mirándome desde el pasado, agradecidos y alegres, enamorados.

 

Siempre que veo fotos pienso en eso; en vez de los datos sobre el lugar o los personajes recuerdo la anécdota que rodea el instante. Mis álbumes tienen sonidos y frases, tienen risas y besos de bienvenida. Qué suerte la mía: tengo memoria fotográfica.

Los pilares de Doña Blanca (fragmento)

Noviembre 18, 2008 at 6:38 pm | In Papel que habla | 1 Comment

(Releyendo a Elena Garro me encontré con esta obra y quise compartirla, aprovechando que el amor anda en el aire en estos días.)

LOS CABALLEROS: Se cogen de la mano, hacen la ronda y cantan:

Doña Blanca está cubierta

de pilares de oro y plata

romperemos un pilar para ver a doña Blanca.

¿Quién es ese…?

(Al decir esto se interrumpen, pues entra a escena el Caballero Alazán, con su hermosa cola dorada. En la mano lleva una lanza. El Caballero Alazán mira en torno suyo, caracolea un poco, mostrando la tupida crin de la cola y queda frente a la torre, con su lanza en ristre.)

CORO DE CABALLEROS: ¿Qué busca este insensato?

(Alazán contesta con un golpe de lanza sobre el muro)

VOZ DE BLANCA: ¿Quién golpea las piedras altas de mi casa? (…) ¡Qué hermosa cola alazana tienes! ¿Es el camino por donde se pone el sol? (Alazán no contesta; la sigue mirando) ¿A quién buscas con esos ojos terribles?

ALAZÁN: (Humildemente) Me busco a mí.

BLANCA: Pues sigue las huellas dejadas en el polvo por tu hermosa cola de oro.

ALAZÁN: Hace mucho que descifro el laberinto escrito por ella. Todos esos jeroglíficos, trazados en el agua, en los jardines y en el aire, me han traído hasta aquí.

BLANCA: ¿Y por eso golpeas mi casa?

ALAZÁN: Golpeo a este muro que me cubre al mundo, que me aparta de mí mismo. Debo ver qué guarda.

BLANCA: Me guarda a mí, pero no es a mí a quien buscas.

ALAZAN: ¡Quizá! Para saberlo debo entrar. (Vuelve a dar de golpes)

BLANCA: Si es a mí a quien buscas, mírame desde allí,  no golpees más estos pilares.

ALAZAN: Mientras más te miro menos te veo. Tendría que verte adentro de mi corazón.

BLANCA: ¡Nunca he sido más rica en corazones! Con el tuyo haré cinco corazones. ¡Déjame que lo vea! (…)

ALAZAN: Mi corazón no se enseña. Hay que visitarlo por dentro y no tiene puerta de salida. Es un palacio deshabitado. (…) Con largas galerías jamás pisadas, con espejos vírgenes de rostros extraños. Si te miraras en ellos, encontrarías el rostro que perdiste por haberte reflejado en espejos contaminados de narices que no eran las tuyas.

BLANCA: ¿Y en tu espejo sería más bonita?

ALAZÁN: No sé, serías tú.

(…)

BLANCA: ¿Y cómo sería yo?

ALAZAN: Como yo.

BLANCA: Y tú, ¿ya te has mirado? ¿Cómo eres tú?

ALAZAN: Nunca me he visto. Te dije antes que me andaba buscando.

BLANCA: Y si te miraras, ¿qué encontrarías?

ALAZAN: A ti.

(…)

(Reina un gran silencio. Alazán penetra en las ruinas de la torre. Hay un espejo roto; a un lado, entre el polvo, la sombrilla roja y los trajes de Rubí y de Blanca, vacíos y viejos.) (…) (Sobre uno de los fragmentos del espejo aparece una paloma. Alazán la coge, la posa sobre su lanza y la contempla)

ALAZAN: Ven aquí, copa de espuma, forma perfecta del granizo, entra; que te reciba mi corazón. (Se la guarda en el pecho)

TELÓN

Coitus interruptus

Noviembre 17, 2008 at 2:20 pm | In Papel que habla | 3 Comments

En la preparatoria tenía mejores hábitos de lectura, pero cuando entré a la Universidad todo se echó a perder. La necesidad de leer cinco libros a la semana, sólo para las clases, junto con los que los profesores recomendaban al margen, más los que yo leía por mi cuenta y los que se necesitaban para escribir los trabajos finales  me convirtió en toda una malabarista de la literatura. Sin embargo, creí que cuando saliera de todo eso las cosas volverían a la normalidad idílica en la que yo no soltaba un libro hasta terminarlo, suspiraba y comenzaba el siguiente. No fue así, no señor.

Yo no contaba entonces con que iba a estudiar la maestría, con que iba a dar clases, con que siempre habría un pendiente que resolver, o una recomendación urgente para sostener una plática, o una tesis propia o ajena por escribir… Así, son pocos los libros a los que les dedico mi atención con la disciplina que practicaba hasta hace apenas diez años.

El problema es que, a veces, los libros se pierden, los hilos narrativos se escapan o  se le va a uno el interés. He retomado algunos textos después de un mes y he tenido que volver al principio, porque he perdido completamente el tono, la intención (me avergüenza decir cuántas veces he comenzado Los siete locos, sin éxito, porque no quiero perderme ni un guiño, ni nada). Algunos libros se quedan ahí, simplemente, rumiando un separador, porque cuando tengo el tiempo para ellos ya no hay algo que me llama (ese fue el caso, por ejemplo, de Luces del Norte, que no era malo, pero tampoco tan bueno). Muchos otros se convierten en una cuestión de honor, y los termino de manera forzada, aunque les haya perdido la fe desde hace muchas páginas  (eso me ocurrió con Corazón tan blanco).

El libro pospuesto hasta nuevo aviso, por ahora, es Tokio Blues. Comenzó bien y me quedé justo en la parte en la que, después de que se introduce un personaje contrastante, el pasado regresa. En ese momento de la novela estaba cuando recordé que tengo que terminar la tesis, y entre Murakami y yo se interpusieron Teun Van Djik, Carlos Lomas, Ana María Maqueo, Isabel Solé y hasta José María Merino. Además, en el último parcial de mis cursos entraron Shakespeare, Alejo Carpentier, Efrén Hernández, entre otros. Sumado a ello, tengo que escribir una ponencia para el jueves, o sea que hay que leer y fichar a Elena Garro y sus glosistas. Algo me dice que cuando vuelva al internado para universitarios y a la librería de la familia de Midori ya nada va a ser lo mismo. Además, ya me esperan los libros que tengo que revisar para los cursos de enero. Ya se los decía, que el coitus interruptus es la historia de mi vida.

Chispitas

Noviembre 16, 2008 at 3:38 pm | In Mente adentro, Soundtrack | 2 Comments

Anoche (mejor dicho, hoy en la madrugada), conversaba con Laura y el Rufián. Ellos se encontraban ociosos, mal tomando café en algún lugar, cuando decidieron llamarme y sacarme de mi tibio sueño. Hacía mucho que no veía a Laura y me pareció buena idea tomar una Quilmes, así que accedí.

La conversación fue tranquila en general, pero llegamos, desde diversas direcciones, al tema del amor. Primero, porque Laura inevitablemente preguntó cómome iba en ese aspecto; segundo, porque al hablar de amigos ausentes también llegamos a ese punto. Cuando me tocó a mí responder dije la verdad: que estoy tranquila. Cuando el Rufián me contó cómo le iba al amigo que está lejos, no sólo de nosotros, sino también de una historia de amor que hace apenas cuatro meses parecía soñada, dijo vagamente que había terminado.

Al principio dije: ¿cómo pudo terminar, si parecía perfecta? Después pensé que fue precisamente por eso; miré al Rufián y le dije que es inevitablemente así: las historias de amor con chispitas no tienen destino, las historias de amor que carecen de ellas, sí. Quizá tiene que ver con la disyuntiva entre enamorarse del sueño o de la realidad; el sueño durará ocho horas, la realidad, las otras dieciséis. En ese momento recordé la canción que el Muñe pretendía poner la otra noche, en el Ajusco, “Rebajas de enero”:

Huyendo del frío busqué en las rebajas de enero
Y hallé una morena bajita que no estaba mal,
Cansada de tanto esperar el amor verdadero
Le dio por poner un anuncio en la prensa local.
“Absténganse brutos y obsesos en busca de orgasmo”,
no soy dado a tales excesos, así que escribí,
“Te puedo dar todo -añadía- excepto entusiasmo”,
nos vimos tres veces, la cuarta se vino a dormir.
Apenas llegó
Se instaló para siempre en mi vida.
No hay nada mejor
Que encontrar un amor a medida.
Como otras parejas tuvimos historias de celos,
Historias de gritos y besos, de azúcar y sal,
Un piso en Atocha no queda tan cerca del cielo
Y yo, la verdad, nunca he sido un amante ideal.
Y contra pronóstico han ido pasando los años,
Tenemos estufa, dos gatos y tele en color,
Si dos no se engañan, mal pueden tener desengaños…
¿emociones fuertes? Buscadlas en otra canción.

Las frases hiperbólicas, las promesas y juramentos, las certezas engañosas con que a veces se decora un beso pueden ser, contra toda su intención, el anuncio de un final precipitado.

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