Somos lo que hay

Febrero 28, 2009 at 8:49 am | In Anecdotario, Ver, oír y postear, buscando a nemo | 4 Comments

(Recibí tu correo hace rato. Yo también te quiero. Yo también te extraño. Eres la única persona que se da cuenta de que estoy al otro lado del mundo. Eres el único que siente que eso hace su vida diferente. Y yo soy tan tonta…)

Hoy fue un día perfecto. Me levanté, fui a la playa, luego me metí a la alberca, comí un “mad mexican sandwich” (tomate, lechuga, remolacha, mayonesa, hot mustard, aguacate y queso brie), fui al bosque a tomar fotos y terminé en una aussie barbecue, con Sue y sus amistades.

En varios puntos de la conversación se cayó en los lugares comunes: cómo los países tercermundistas somos taaaaaaaaaaan tercermundistas -sin embargo, yo era la única de los presentes que había pisado una universidad- y cómo los mexicanos cruzan la frontera, ay qué risa, ¿es eso cierto? ¿Por qué, por qué los mexicanos cruzan la frontera corriendo, perdona mi ignorancia?

Respondo. Explico. Nadie parece entender.

Pero quieren ir a México. Han oído tantas cosas, y la cultura, sí, la cultura es maravillosa, y Cancún, y todo eso. Sí, les digo, todo eso es así y asado.

Suena “Love me two times” y yo canto. Y me dicen que puedo cantar. Les digo que en cualquier reunión mexicana uno siempre termina cantando, todos siempre terminan cantando. Ellos dicen que no pueden cantar y yo les creo.

Luego me preguntan si puedo bailar ‘merengue’. Les digo que es lo más fácil que hay. Trato te enseñarles. Pero dicen que no pueden bailar. Y yo les creo.

Entonces me ven bailar, me escuchan cantar, y dicen: that’s lovely. Y Sue contesta: isn’t she gorgeous? Y lo soy. Soy lo que hay. Somos lo que hay.  Aunque no todo el mundo lo entienda.

Me gusta todo de ti (pero tú no)

Febrero 28, 2009 at 12:00 am | In Lo que se ve en la ciudad, Mente adentro, buscando a nemo | 2 Comments

“Rescaté tu corazón / del cubo de la basura / para hacerme un medallón / de bisutería pura” (Joan Manuel Serrat)

A un mes de haber llegado a Australia, creo que ésta es la canción que mejor define mi relación con ella. Es en serio: me encanta estar aquí, caminar por la playa, internarme en el bosque, oler el aire salino y escuchar los cantos de los pájaros; me encanta caminar descalza por la calle, vivir en una casa cómoda, que me lleven y me traigan en un BMW, que de lunch me manden pan turco, queso brie y dip de salmón ahumado, que el pollo sepa más rico (no sé por qué) y que en el súper vendan helado gourmet sabor chocolate con chile. Lo que no me gusta de Australia es su gente, caray.

Claro, claro, hay excepciones. Kathy, Jen, Mel, Tony, Sue… El resto es francamente raro y hostil: se toman muy en serio a sí mismos, hacen como que no te ven para no saludarte, pero si necesitan algo te llaman ‘honey’, regañan a mis alumnos porque usan la secadora o porque quieren imprimir pero tiran comida como si no hubiera mañana -el 14 de febrero, por ejemplo, Sue abrió dos frascos de dip; no comimos ni una décima parte, pero ella los tiró completos “porque no le gusta comérselos si ya los abrió” (¿huh?)-. Nos ven a nosotros como inmigrantes potenciales; John -que no se considera un australiano convencional- me cuenta acerca de un amigo suyo  y su novia brasileña, que piensa venir a vivir acá. Claro, dice, ¿quién no va a querer dejar una ciudad tan horrible como Río? Le pregunto si ha estado en Río; dice que no, pero que ahí si bajas un poco la ventanilla del auto alguien introduce una pistola y te asalta. Quizá tú creas que así es México, pero yo amo vivir ahí, me encanta, le contesto. Bueno, no lo sé, sólo sé que Río es horrible. ¿Y Nueva York? -le digo- es igual de peligrosa, ¿te parece horrible? No, contesta, porque seguro si te asaltan en Nueva York te piden las cosas por favor. Sin comentarios, señores del jurado.

La patria es donde se está, me dice constantemente el aguafiestas. El que no conoce a Dios ante cualquier santo se hinca. La patria es donde uno ama vivir, que es muy diferente. Y a mí me gusta la comodidad australiana, pero nunca será mi patria un lugar donde el trabajo que amo resultaría peor que una condena -todos los maestros que conozco dicen que los alumnos australianos distan de ser ideales: son irrespetuosos y no les interesa nada-. Es cierto que acá, por el mismo empleo, ganaría cuatro veces más, pero también gastaría cuatro veces más. Los australianos siempre están llorando miseria; es muy curioso, dicen “oh, he estado en México, ¡es taaaaaan tercer mundista!” y preguntan todos los detalles acerca de lo pobres que somos. El primer día que hubo visitas, Sue y sus amigas hablaban de hipotecas; una de ellas me preguntó si yo también pagaba una. De inmediato, Sue dijo que no, que en México somos tan pobres que no podemos pagar una casa. Vaya. Pero nosotros los pobres representamos un ingreso extra para ellos, los ricos. (Una amiga le preguntó a Sue cómo se había decidido a recibir a alguien; bueno, dice ella, tú sabes que para mí las cosas han cambiado…).

La profesora que estuvo el semestre pasado en mi lugar regresó muy contenta de acá. Yo pensaba que todo sería diversión y esparcimiento. Un día le dije a Kathy: Gina really had fun here. Well, dijo ella, yeah, she had a couple of mexican friends who live here, so she hadn’t seen them for a long time, and she spent all the time with them. I see, le digo. Y respiro bien profundo.

Music and Lyrics

Febrero 27, 2009 at 7:29 pm | In Películas que veo sola, Tripas y corazón | Leave a Comment

Anoche llegué molida del largo recorrido en tren. Lloré una buena parte del trayecto ante la mirada curiosa de los aussies. En casa no había nadie: sólo una nota de Sue que había salido con sus amigas.

Decido ver una película. Music and Lyrics. Sue sólo tiene chick flicks, así que no me queda de otra. Pero esta vez sólo lloré con dos escenas: cuando se besan por primera vez, porque sé que el tipo le partirá el corazón, y cuando se besan en el final feliz, porque eso no sucede en la vida real.

Sí, estoy sentada en mi esquina del ring, con sangre brotando de los golpes y la vista nublada por el cansancio, sólo que esta vez no está el Muñe para decirme cómo voy ni qué hay que hacer. Es hora de tirar la toalla.

De cómo terminé llorando afuera del Bank of Queensland (II)

Febrero 27, 2009 at 12:00 am | In Anecdotario, Mente adentro, Tripas y corazón, buscando a nemo | 6 Comments

¿En qué me quedé? Ah, sí, en que me despedí de John y fui a dar clase. Mis alumnos estaban llenos de problemas que lamentablemente no puedo resolver, lo cual me frustra porque, en realidad, no es nada tan complicado, pero acá no les parece prioritario y lo van postergando indefinidamente. En fin. Me conecto a Internet para enviar un correo a todos los alumnos y padres de familia acerca de un asunto que es necesario organizar. Presión. Como si necesitara más.

Entonces…

se conecta Mario.

Conversamos sobre cosas irrelevantes, le cuento que acá todo lo que hago es gracia para los lugareños y que me ven guapa y todo lo demás. Me dice que entonces para qué me regreso, que mejor me quede acá.

Chale.

Chales chales.

Me pregunto si es necesario que sea así tan… así. Es la persona más cercana a mí, y siempre es el más hostil, el más frío, el más más más. Argh. Me parece una cosa de puro sentido común. Y me enojo. Y me pongo triste. Y le digo. Entonces comenzamos otra vez la discusión que hemos prolongado estos seis meses. Cada cosa me dice me hace sentir peor, se me cierra la garganta, siento ganas de gritar… Disfruta, me dice. ¿Cómo explicarle que lo único que no disfruto es precisamente la manera en que me hace sentir? En un momento le iba a decir “eres tóxico”.  Recordé la escena en la que June llora, en Walk the line, y murmura: it burns. Así me sentí justamante. Solo que dudo mucho que esto tenga un final feliz. Ojalá pudiera arrojarle botellas vacías y gritarle: “how dare you talk to me like that, you can’t walk the line”. Sé que me engañaría, que me haría creer que esta vez sí, pero que al final él se comerá el cacahuate en vez de dármelo… “you are a mean man, and I knew it, I knew it all along…”  Se le acaba la batería a mi compu y se apaga. Gracias a Dios.

Mel me llama. Dice que pasará por mi al shopping centre a las seis en punto. Me pregunta dónde podemos encontrarnos. Le digo que en la entrada del Bank of Queensland. Me voy a vagar a la plaza comercial, entro a Woolworths a comprar jabón. De pronto escucho que hay un grupo de jóvenes hablando español; me parece percibir el acento:

- ¿Chilenos?

-No, peruanos.

- ¡Qué bien! Es bueno escuchar español. Llevo aquí un mes y estoy a punto de morir de aburrimiento. Sólo salgo con gente de cincuenta años que habla de sus divorcios, de sus ganancias, de mis ganancias, de lo pobre que es México, de lo malo que es todo, de la crisis en Australia, de los objetos estúpidamente caros que están a punto de comprar…

- Deberías salir con nosotros. Acá te dejamos nuestro teléfono, cuando estés acá llámanos para ir a bailar.

- Gracias. Lo haré. El problema es que yo paso casi todo el tiempo en Sunshine Coast.

- ¡No! Ahora veo. Allá no hay nada. Pide que te transfieran acá.

- No puedo.

-Bueno, pero llámanos para que no la sigas pasando tan mal.

- Gracias, lo haré. Chau.

En ese momento sonó mi celular. Era Mel. Dice que va a llegar tarde. Camino al punto en el que acordamos encontrarnos y comienzo a llorar estúpidamente. Estoy harta de que me digan que disfrute, y de sentir que se convierte en una obligación hacer lo que la gente entiende por disfrutar; estoy harta de que me digan que me quede, cuando a mí me gusta vivir en México, maldita sea; lamento no poder compartir sus frustraciones. No, no lo lamento en realidad. Si me quisiera quedar me quedaría, si quiero regresar, regresaré. Lloro porque cuando alguien puede elegir entre hacerme sentir bien y hacerme sentir mal siempre elige mal. Lloro porque odio no saber cómo llegar a mi nueva casa, odio no poder ir sola a ninguna parte, odio no poder decidir sobre mí misma… Entonces Mel me encuentra y me pregunta si estoy bien, si mi novio me está dando problemas. Y le digo que ni siquiera es mi novio. Me lleva al supermercado. Entramos. Pregunta: do you need chocolate? Y yo me río. They should give you a medical degree, le digo. Acepto el chocolate, el queso, el vino. Llegamos a su casa y me pone muchos M&M’s en un plato: there you go, your medicine. Le agradezco y como felizmente. La casa de Mel es enorme y bonita. Tony, su partner, es muy gracioso, así que conversamos y reímos muy a gusto. Tony dice que me sería fácil encontrar novio en Australia, porque soy bonita, porque veo deportes y porque sé bailar… Sonrío. No digo nada.

Hoy llego temprano a Indroo, con Mel. Saludo a Kathy, me pregunta qué hay de nuevo. Le digo que Mario me hizo llorar y dice que es un asshole. Le digo que alguien me compró café y dice: well, anything can happen, you can never know. Yeah, contesto, you can never know.

 

De cómo terminé llorando afuera del Bank of Queensland

Febrero 26, 2009 at 6:29 am | In Anecdotario, buscando a nemo | 3 Comments

ABSTRACT (for english speakers, so they don’t have to get a “human translation”, ha): this post is about someone buying me coffee and making my day. It’s about someone breaking my heart. It’s about me bursting into tears. It’s actually not about bank of Queensland.

Estoy en mi nuevo “homestay” en Brisbane. Tony -el partner de Melinda, mi nueva host- acaba de llegar. Pleased to meet you, how was your day? Y Melinda responde por mí: Nora had an interesting day. Y yo sonrío y pregunto si ése es el eufemismo para lo que me sucedió hoy.

Todo empieza en la mañana, cuando me levanto temprano y voy a caminar a la playa. Hoy tengo tiempo, porque mi autobús sale hasta las 9.40, son apenas las 5.30 cuando me levanto de la cama. El cambio de horario me favoreció: playa antes del tren. Suena justo.

Durante el trayecto pienso en Mario. Me pregunto si estará bien, cómo le va… También pienso en que debo pasar a saludar a John, porque le dije que lo haría. Sin darme cuenta llego a Indooroopilly Station. Camino y ahí está: el gimnasio guitarril. Le digo hola a John y dice hello. Le digo: do you want some of my gomitas? and he says pardon me? Le muestro un tubito firmado por Willy Wonka y dice que ésos son nice. Le explico que me gusta lo dulce y lo como todo el tiempo. Me pregunta si es verdad. De pronto conversamos sobre música, sobre la vida, sobre cómo los australianos sólo hablan de dinero y no entienden que ser músico o artista es un trabajo también, de cómo para cantar se necesita tener alma, de cómo podríamos subsistir si hiciéramos un dueto y cantáramos en restaurantes, de cómo sería tan fácil que yo consiguiera trabajo en Australia, de que no tengo que pagarle las clases de guitarra, pues le basta que le enseñe español, de cómo yo considero que eso no es justo y de cómo a él le parece que sí, pero que si no quiero puedo solamente ir a conversar, porque soy una persona interesante y puedo decirle cosas que no puede decirle nadie más.

- Do you like coffee?

- Yeah.

-How do you drink it?

- Ahm, black, strong, with sugar…

-Ok, hold on.

Unos minutos después tenía en mis manos un vasito desechable, con un delicioso café americano.

- This is the sweetest thing an aussie has done for me since I’m here, and I’ve been here for a month…

- Really? Well…

(¿Sabes, Santi? Estar con John es como estar contigo. Cuando salió por el café me dio una guitarra y me dijo “play”, le dije que no sabía y me dijo “just make noise”. Nuestra conversación me recordó la primera vez que fui a tu casa y teníamos que hablar sobre el repertorio que íbamos a montar, pero en vez de eso compusimos una canción y hablamos de todo y de nada y sentimos que nos conocíamos de siempre. Así es estar con John, seguro te caería bien).

- So… (dijimos al mismo tiempo)

-You owe me an ice cream, dije yo.

- I can get you some, right here there’s a place…

- Well, not right now, I have to go… But next thursday…

- Ok, see you.

Y sí. Nos veremos. John es la primera persona con quien hablo realmente de algo de lo que quiera hablar: de música, de México, de la vida en general. Dice que es fácil conseguir trabajo de maestra, but the kids, they are terrible, they just don’t want to learn and that will break your heart. Él solía ser profesor de matemáticas y dice que, cuando le iba bien, daba quince minutos de clase, el resto era mantener a los alumnos controlados.

(Ahora ceno con Tony y Mel. Bebemos un Sauvignon Blanc y Tony realmente es divertido. Vemos jugar al Real Madrid, así que esta historia continuará).

 

Pesadilla en la calle Tranquil Place

Febrero 25, 2009 at 12:00 am | In Mente adentro | 2 Comments

Ayer me sentí mal en la tarde y, sin darme cuenta, me quedé dormida. Acá no me daba por la siesta vespertina, pero en esta ocasión el sueño fue más fuerte que yo, así que dormí de las tres de la tarde a las cinco de la mañana, con un interludio de una hora apenas para contestar un correo (de John, sobre la clase del jueves y el Óscar que se ganó mi “hermana”). El resto del tiempo tuve los sueños más raros, estúpidos y horribles. Como ejemplo, dos.

Sueño #1

Aparece la niña Fonema tratando de cruzar el eje 5. De pronto nota que junto a ella está J, el ex terrorífico. Él la abraza y le habla como le hablaba cuando estaba cariñoso. Y ella lo ve con amor. Él le dice: vamos a mi casa, mi mamá te quiere saludar. Y van. En la casa -que era su casa real- estaban su mamá y su tía. J decía: miren quién regresó. Y ellas preguntaban: ¿ya regresaron? Y yo: sí, sí. Entonces ellas me llevaban a nuestra recámara y me ayudaban a subir una gran cantidad de maletas y me instalaban en mi nueva vida. Vamos a Plaza Loreto, decía él. Íbamos a tomar café. Allí encontrábamos a Mario, que no era Mario, sino el mejor amigo de J. Y platicábamos los tres de cualquier cantidad de sinsentidos. De pronto, J decía que teníamos que irnos porque al día siguiente nos teníamos que casar. Ahí yo me enojaba y le decía que no, que de casar no dijimos nada, pero él me ignoraba mientras yo insistía en que no y que no. Entonces yo corría y corría. Hasta el eje 5.

Sueño #2

Chey y yo íbamos en su coche por un pueblo lleno de callecitas estrechas. Decidíamos estacionarlo en una de ellas y bajar a caminar. De pronto comenzaba una corretiza policiaca con todo y balacera. Dos polis agarraban a un supuesto delincuente y comenzaban a golpearlo brutalmente. Él decía que lo dejaran, y trataba de correr. Cuando lograba escapar intentaba saltarse una barda, como buscando escondite. En una de esas lo lograba y veía a los polis desde la azotea de una casita baja. Ahí lo agarraban cuatro polis más, que empezaban a desollarlo. El hombre era un grito. Chey y yo lo veíamos desde la calle y yo empezaba a gritar también. Nos subíamos al coche y tratábamos de alejarnos de ahí, pero las callecitas eran todas iguales, como un laberinto. Entonces desperté.

Me va mal dormir de más. Me hacen daño los piquetes de araña exótica. No vuelvo a usar la Inquisición como ejemplo en clase. Prrrrr.

(…)

Febrero 24, 2009 at 3:24 am | In Anecdotario | 1 Comment

Tengo, en Mountain Creek, un alumno a quien sus compañeros apodan “el señor”, e incluso le hablan de usted, por tratarse de un chico excesivamente formal para alguien de su edad.

La cosa es que hoy, durante la clase, su compañero de banca me planteó una situación en un cuento -quería detectar el simbolismo de un pan, para una solterona; según ellos, representaba la esperanza de que un joven al que le vendía el pan algún día se enamorara de ella-. Yo tenía mis dudas, así que les pregunté en qué se basaban para hacer esa lectura. El “señor” dijo:

- Pues es que imagínese, es anciana y nunca se ha casado.

- Yo soy anciana y nunca me he casado, contesté.

- Bueeeeeeeeeno, pero usted ha tenido …

(…)

¡¡¡¡¿¿¿…???!!!

Yo esperaba a que mi alumno completara la frase con alguna palabra, pero sólo atinó a decir: mejor así déjelo. Y así lo dejé, pero no sabía si iba a poder contener la risa durante más tiempo; creo que el silencio de mi alumno redefinió el sentido de la frase “el beneficio de la duda”. Cosas que le pasan a uno.

Playground duty

Febrero 23, 2009 at 8:34 pm | In Anecdotario, Yo opino..., buscando a nemo | 5 Comments

No lo van a creer. Se van a reír. Yo lo detesto. En Australia -en Mountain Creek, para ser exactos- los alumnos deben cumplir con un cierto código que incluye el uso de uniformes, que prohibe las joyas, los celulares, los Ipods… Quizá a ustedes les parezca normal, pero para una preparatoria yo creo que es demasiado. Un adolescente obligado a llevar uniforme es un individuo al que la sociedad está orillando a la rebeldía. No exagero, me cae que no.

La cosa es que, por si fuera poco, los profesores también nos tenemos que cuadrar. Sin importar que a mí me pague el Tec, debo cumplir con las reglas antípodas, y cuando vengo a trabajar con mi natural vestimenta informal, los otros profes me ven feo, qué barbaridad.

Pero eso no es lo peor, no señor. Lo peor es que hay que cumplir con algo llamado “Playground duty”, que son una especie de rondines por los patios durante la hora del recreo, en los cuales uno debe vigilar la conducta de los “niños”, el cumplimiento del código de vestimenta y el correcto avance de la fila para comprar en la cafetería. Acá los profesores se lo toman muy en serio, y casi se puede ver cómo les salta la vena de la frente cuando ven que alguien trae una pulserita o un aretito muy largo o entra a comprar sus dulces sin que uno le haya dicho que ya puede pasar o -pecado de pecados- entra a la cafetería sólo a acompañar a sus compadres, sin llevar dinero y, claro, sin comprar.

A mí me da igual. Tengo turno en la fila los martes y los miércoles, pero los dejo pasar de seis en seis, me hago tonta con lo de la joyería y, en general, no los regaño. Es demasiada presión ejercida sin una razón aparente. Hay cosas más importantes que castigarlos por algo que es normal a su edad y que, en realidad, no afecta a nadie. Lo que sí es cierto es que desde el primer día que llegué, antes de “bienvenida” o cualquier otra cosa, me asignaron mis horarios, en un afán territorial de “ni te creas la muy muy sólo porque vienes de intercambio”.

Hoy mis alumnos fueron a comprar, en bola, mientras yo estaba en la guardia ésa. Ellos lo toman a broma, claro. A mí me parece absurdo en serio. ¿Se imaginan playground duties en todas las prepas de gobierno de México? ¿Como para qué?

Plánono

Febrero 23, 2009 at 2:17 am | In La sangre pesa más que el agua, Tripas y corazón | Leave a Comment

María José tiene cinco años, el cabello largo y pocas ganas de aprender a hablar. Es, además, mi hermana menor y la persona que más amo en todo el mundo. Mi último mes en México lo pasé con ella y ahora la extraño demasiado.

Acá me traje, para abrazarla, su lenguaje. Pregunto to ta algo y no dónde está, pregunto o qué y no por qué, digo que no cuede y no que no puedo y, sobre todo, como los panquecitos de planono que me regala Andric a veces. Cada vez que digo alguna de esas frases recuerdo cómo es estar con ella  y la extraño más pero a la vez menos. Sé que es algo cursi y toto -no tonto-, pero qué se le va a hacer. Mimi, ¿to tas? No ta Mimi. Snif.

 

Ideología y desarrollo

Febrero 22, 2009 at 6:37 pm | In Lo que se ve en la ciudad, Yo opino..., buscando a nemo | 1 Comment

Si no todo el problema está en la educación, ¿qué es lo que nos tiene a los mexicanos chillando de hambre, como los hijitos del Oso Carpintero? Mi carnal lo dice muy simple: – los países de primer mundo no se desgarran por ideologías pendejas. ¿O has visto algo como lo del 12 de diciembre? ¿Has conocido a un australiano marxista leninista? Le digo que no, pero que sí hay unas cuantas iglesias de diversos cultos, pero no hay nada como una religión mayoritaria. “Exacto, exacto”, dice él, “no hay tanta mamada que confunda a la opinión pública”. (Perdonen el francés, pero mi hermano y yo, más que de humanistas, tenemos boquita de … [inserte comentario políticamente incorrecto acerca de un  oficio que se relacione con las palabras altisonantes... gracias]).

Mi hermano y yo fuimos educados a lo jacobino: mi papá nos enseñó que hay que trabajar por la patria, que hay que tener conciencia política pero, eso sí, que había que mantenerse lejos de las iglesias. “Mi religión es la indecencia” le decía él a cualquier predicador de camisa blanca y corbata negra que se acercara al zaguán rojo de nuestra casa. Muchas veces estos mercaderes de la fe le dijeron a mi padre que lo que pasaba era que él no conocía la palabra de Dios, la Sagrada Biblia. Y entonces él los sometía a examen de exégesis, porque de que mi apá se la sabía, se la sabía, incluso mejor que cualquier católico que yo haya conocido, excepto Ricardo Terrazas. De hecho, nos leía constantemente algunos pasajes, y el Libro de la Ley era visto, en mi familia al menos, como otro clásico de la literatura; en mi imaginario infantil están Sansón y Dalila, la construcción del templo de Salomón, Judit y Holofernes -con las preguntas que le hacen a la heroína antes de que le sea dado avanzar hacia el cumplimiento de su destino: ¿quién eres, de dónde vienes y a dónde vas?-. Mi papá nunca no negó que existiera Yisuscraist, como hacen muchos ateos, sino que nos hablaba del Jesús histórico, el que colaboró en un movimiento revolucionario para la liberación de Palestina:

- Por eso Judas lo entregó, porque estaba distrayendo a la gente de lo que en realidad era la causa.

Años de esta formación produjeron efectos muy diversos: durante un tiempo me apasioné por el catecismo católico, y luego por el budismo, la cábala, el hinduismo y hasta la meditación zen. Un buen día encontré mi camino y ahora soy una persona profundament religiosa. Mi hermano siempre fue un cínico, y con los años sólo se ha perfeccionado. Se entiende que su postura ante las ideologías sea ésa, pero para mí era difícil de aceptar.

- Pero, ¿no crees que la falta de una ideología también puede generar conflictos sociales?

- Sí, pero el pragmatismo también puede ser una ideología.

Yo me negaba a aceptarlo. No puede ser que algo que, precisamente, te ayuda a encontrar el sentido, sea precisamente lo que te suma en la miseria. Yo no lo he vivido así, al menos. Durante varios días estuve pensando en eso, hasta que el jueves, en el tren, vi a un australiano con una camiseta roja que tenía en ella la imagen -ya estereotípica- del Che Guevara. Relaciono siempre la foto con un cuadro que tenía mi papá, encima del estéreo, que incluía también el texto que escribiera Guevara a sus hijos. Creo que esa carta también marcó mi educación: “crezcan como buenos revolucionarios. Estudien mucho para poder dominar la técnica que permite dominar la naturaleza. Acuérdense que la revoución es lo importante y que cada uno de nosotros, solo, no vale nada. Sobre todo, sean siempre capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia, cometida contra cualquiera, en cualquier parte del mundo. Es la cualidad más linda de un revolucionario”. En los concursos de oratoria de la secundaria yo participaba con discursos sobre el Ché, porque quizá todavía no entendía que él también había sido simplemente un individuo más, otro ser humano. El aussie “marxista leninista”, el “eslabón perdido”, me miraba, divertido, porque yo escucho mi Ipod con todo el cuerpo. Cuando volteé a verlo me sonrió y yo pensé: cha, ese bato ni ha de saber quién es el Ché Guevara. Y la luz se hizo.

No creo que sean las ideologías en sí lo que tiene a México sumido en la miseria -y en la violencia, y en la injusticia, y podría seguir-. Lo que realmente nos afecta es la falta de racionalización, la aceptación de ideologías que no entendemos, que ni siquiera conocemos y, sobre todo, la mala interpretación que hacemos de ellas, su extrapolación y, entonces sí, el daño que produce todo lo anterior, junto, cuando se convierte en la orientación de nuestras vidas, de nuestra sociedad. Los ejemplos sobran, pero este post ya es muy largo. Mexicanos al grito de guerra… y ahí vamos, sabemos cantar, sabemos bailar, sabemos gritar pero, ¿sabemos lo que estamos haciendo? Nuestra vida cotidiana está repleta de rituales cuyo sentido desconocemos, pero eso sí, podemos dejarle de hablar a un compadre porque no se sindicalizó, porque no fue de palero, porque votó por el otro partido. “No hay viento favorable para el que no sabe a dónde va”, dijo el filósofo. Así, ¿por cómo?

 

Chick Flick

Febrero 21, 2009 at 11:51 pm | In Mente adentro, Películas que veo acompañada, Tripas y corazón | 2 Comments

Anoche Sue y yo fumábamos en la terraza, mientras escuchábamos el primer disco de Norah Jones. Por alguna razón mi memoria empezó a girar en torno a recuerdos inconexos y me sentí, de repente, todavía muy enamorada.

Entonces, Sue dijo: vamos a ver una película. Y puso The Holiday. Fue mala idea: lloré desde la primera frase y me sentí otra vez muy estúpida, muy enojada y muy Kate Winslet -en esta película, no en Titanic-. Yo también amo lo cursi y necesito algo cursi en mi vida.

La gente que hace estas películas realmente sabe de mujeres, pero nos dificulta las cosas a todos. ¿Cómo enamorarte de un real concreto después de soñar con el ideal? Las chick flicks tienen la culpa de todo, maldita sea.

Oh, my Uke!

Febrero 20, 2009 at 9:30 pm | In Soundtrack, buscando a nemo | 4 Comments

Entre mis planes para Australia se encontraba comprar un ukelele, instrumentito que he deseado desde hace un tiempo. Lamentablemente no se va a poder, incluso en Ebay están bastante caros y los únicos del tamaño de mi bolsillo son de juguete.

Así que sigo siendo la niña Ukelele… sin ukelele. Esperemos que el amor no distraiga demasiado al Sr. de Ochoa, y me lo traiga de los United en uno de sus múltiples viajes. Allá no son tan caros.

Lástima Ren. :(

De trenes y tormentas / Gimnasio

Febrero 20, 2009 at 6:38 am | In Anecdotario, Lo que se ve en la ciudad, buscando a nemo | 5 Comments

Esta fue una de esas semanas difíciles. Exceso de presión burocrática, pérdida de alojamiento, nostalgia excesiva de lo que ni siquiera fue, boletos de camión perdidos… Y terminó como era de esperarse. Me explico.

La lluvia en Australia se toma en serio a sí misma. Es una de esas tormentas cerradas de la que no escapan ni las hormigas, ni las arañas ni las cucarachas -aun con su resistencia a cualquier desastre nuclear. Esa lluvia fue la causante de que el tren de Ipswich a Shorncliffe, el primero que tomo en mi camino de vuelta de Indooroopilly, se quedara estancado cuarenta minutos.

Todo el mundo en el vagón estaba nervioso, pero yo pensaba: chaaaaaaa, ni aguantan nada, el metro va más lleno, oscuro y sin aire acondicionado, se puede tardar más tiempo y no pasa nada. Además, para mí resultaba más cómodo ir sentadita que esperar en el andén de Northgate el siguiente tren, con rumbo a Nambour, que tarda una hora a partir de que yo llego a la estación.

Pero no. De todas formas tuve que aguantarme el frío y la lluvia porque el de Nambour, como era de esperarse, también estaba restrasado. Total, pensé yo, no tengo ninguna prisa, es viernes y sólo me queda llegar a ver la tele con Sue y platicar de lo horrible que es sentirse echado de una casa. Llega mi tren y me subo, confiada, sin imaginar lo que seguiría.

Bajé en la estación Landsborough, como es habitual. Ahí fui testigo de un percance policiaco, que más bien parecía un pleito infantil, con todo y “a ver, pídele una disculpa, bien, ahora dense la mano”. Como sea, seguía lloviendo, pero yo dije: tranquila, no pasa nada, te quedan cuarenta minutos de viaje en autobús, suficientes para que deje de llover y puedas caminar normalmente a casa.

No fue así. Las nubes se iban tornando más grises y la lluvia arreciaba, como uno de esos llantos que una vez que comienzan se vuelven incontenibles, y se van alimentando de sí mismos, hasta que uno termina sollozando o a los gritos. Así llovía hoy. Cuando por fin llegué a mi parada me encontraba bajo una tormenta con una mochila pesada y un paraguas descompuesto. ¿Esto estará considerado dentro de mi sueldo o serán horas extras?, me pregunté, y añoré el Tristito con sus cientos de taxis verde perico o rojo y dorado. Aquí nada. Sólo la lluvia recia y el sonido del mar furioso y del aire entre las hojas de sabrá Dios qué.

“Esto no se va a pasar”, pensé.  Y ya estaba oscuro. Intenté llamar a Sue desde mi celular pero, como en película gringa, me dijo que Low Battery y que luego nos vemos. Y se apagó, dejándome sola,  a mi suerte.

Pues camino, al cabo y qué, el paraguas me cubrirá un poco y puedo irme guareciendo en los techitos de los negocios, pensé yo. Comencé a avanzar. El agua se coló en mis sandalias hasta convertirlas en una amenaza para mi seguridad. Así fue como terminé caminando en la noche australiana, bajo una intensa tormenta, completamente descalza, una distancia de aproximadamente un kilómetro. ¿Qué es esto?, gritaba yo, y reía a carcajadas, mientras los aussies me veían, divertidos, desde los balcones de sus departamentitos playeros. ¿Qué es esto, por Dios?, con los zapatos en la mano, completamente empapada y minding every single step, porque aún el asfalto estaba resbaloso y encharcado por doquier -lo malo de las ciudades limpias es que no se distinguen los charcos, los nuestros son grises o cafés, acá son transparentes y engañosos-. Un kilómetro, descalza, bajo la tormenta, en la noche australiana. “Si en la vida me ha de rescatar un príncipe azul, éste es el momento”, pensé. Y reí más fuerte. Qué cosas se me ocurren en los peores momentos, gracias a Dios.

(Es una lástima que esto sólo lo lean los alumnos que me quieren, porque sé que más de uno disfrutaría imaginarme en esa situación).

Sentir el agua, el frío, el asfalto, las piedras, el dolor, el alivio y el camino en los pies me recordó mucho la sensación de la danza. La amada falta de compasión de la danza. Y fui feliz… Hasta que de pronto recordé que soy la maestra, y que estoy quedándome en casa ajena, y que el nivel de intensidad que se maneja en estas latitudes es superlativo. De pronto, cuando vi la esquina de mi casa sentí un hueco en el estómago, y pude visualizarme perfectamente llamando  a las autoridades de Mountain Creek, de Indooroopilly y del Tec de Monterrey para explicar que no quise llegar tarde, que no fue mi culpa y que ya me voy a portar bien. Me imaginaba que Sue estaría molesta y preocupada, que me tildaría de irresponsable y que ya no confiaría en mí.

Llegué a la casa. Vi la puerta y, mientras avanzaba hacia ella, pensaba en lo que podría decir para aminorar el daño. En realidad sólo quería que ella supiera que lo lamentaba mucho, que el celular, que los trenes, que la lluvia y que el azar. Justo cuando iba a abrir la puerta escuché pasitos. Sue viene, pensé, y ahora me dirá que dónde he estado…

Pero Sue no dijo nada.

Me abrazó.

Preguntó si estaba bien, me dijo que fuera upstairs, que tomara una warm shower..

Y yo me sentí en casa.

***

Horas antes de eso me inscribí al gimnasio. Sí, al gimnasio guitarril. Es una escuela que está muy cerca de la estación del tren de Indooroopilly y, como sólo tengo que ir una vez a la semana, me pareció buena idea. Ahora sólo necesito conseguir una guitarra prestada para poder practicar acá.

El que será mi maestro, John, es el aussie más sui generis que he conocido. Tengo mis dudas de que sea australiano: es relajado, pero no en un sentido surfero, sino que parece ecuánime. No sé. Es amable y estable -creo que es el dueño de la escuela y sólo tiene 28 años-;it’s been a lot of hard work, me dice, y lo comprendo perfectamente. No tiene acento, o al menos no tan marcado, así que por primera vez en casi un mes sentí que entendí todo lo que me decían.

Hablamos sobre las clases, los costos, la música que me gusta y el ukelele (él tiene uno pero dice que no puede enseñarme a tocar porque no es un experto). Acordamos dos clases al mes -caras, by the way- si es que yo consigo la guitarra para practicar. Él me prestará una durante la clase. Todo fue, básicamente, de palabra, y lo único que me pidió fue que le dejara escrito mi nombre y mi correo.

-Oh, it’s a beautiful name: nohra dala crooz, aren’t you Penelope’s sister?

- No: I’d be taller, slimer and prettier. Besides, she’s from Spain.

- Where are you from?

- Mexico.

- Well, Penelope… She is not so pretty.

- I think she is gorgeous.

- No. I think Salma Hayek is prettier.

- Well, Salma’s mexican.

- Yeah, and she is beautiful.

(El diálogo anterior está en inglés porque John me cae bien y no quise que le pusieran voz de Guardián de la Bahía).

La cosa es que ahora hay que conseguir guitarra prestada, hay que ir a clase a desquitar el obbeche  (que es mi signo y es donde nacen todos los instrumentos musicales -a que no se la sabía usted, mi abure-), pero sobre todo, hay que platicar con John, que es como la versión australiana de Santi, que también es sui generis… en cualquier parte.

¡Habemus casa!

Febrero 20, 2009 at 12:00 am | In Ver, oír y postear, buscando a nemo | 2 Comments

Mi casa en Brisbane es ésta: 73 Shamrock Street, Gordon Park, Postcode 4031, Queensland. La pueden ver en Google. También a ésta pueden mandar dulces y cartas y todo lo demás. Ya luego les cuento cómo es por dentro, quién vive ahí, si en esta también son vegetarianos, si me dan cerveza o no y, en fin, lo que vaya sucediendo. Lo malo es que me queda muy lejos del Shopping Centre y no puedo ver gente y asombrarme y lo demás. En fin, habrá de qué asombrarse acá también -y mantequilla de maní, si tengo suerte-.

Señoras y señores… ¡Mandurrabia!

Febrero 19, 2009 at 7:57 pm | In Ver, oír y postear | Leave a Comment

Hace algo así como un año conocí a un bato de mi edad. Ja. Y un día se burló de mis alumnos y me enojé, de modo que critiqué algo que él escribió. Luego, un día que él no estaba, leí  otro texto suyo. Me volví fan. Y ahora soy muy feliz porque Mandurrabia tiene blog. Ni siquiera he ido a verlo, pero recibí un correo con la dirección y vine directo acá a postearla, porque estoy segura de que será algo que valga la pena leer. Así que..

(Fanfarria y diana diana con chin chin)

Señoras y señores, con ustedes… Mandurrabia.

(Publicidad no pagada ni con el látigo de su lectura.)

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