¡Noticias! (Post no apto para chicos)

Marzo 31, 2009 at 12:00 am | In Uncategorized | 2 Comments

La buena: me compré un convertible.

La mala: era un sostén.

(Risas grabadas)

Marzo 30, 2009 at 5:18 pm | In La sangre pesa más que el agua, Nostalgia, Tripas y corazón, buscando a nemo | 3 Comments

Lo peor que me pudo pasar en Australia no me sucedió aquí, sino en Cuba: la abuela Fina murió ayer, mientras todos estábamos tan campantes porque no sabíamos que ella ya se iba del mundo. En este momento me pesan la distancia y la incomunicación, porque no puedo abrazar a mis padrinos, darle el pésame a Nelsito ni cuidar a mi ahijada mientras Lien se duele por la pérdida de una abuela como la suya. Yo pierdo también a una mujer que siempre me recibió en su casa, que me brindó comida y café, que se rió conmigo, que me miró -porque era una gran espiritista, como buena hija de Obatalá- y que me prestó a su nieto durante tres años (lo cual es mucho decir porque era su niño lindo). Si en alguien cabe la bondad, rece una oración por el alma de la abuelita Fina, y un poco también por la de quienes la perdemos y estamos, por ello, irremediablemente tristes.

¡Continente represoooooooor!

Marzo 30, 2009 at 2:36 am | In Anecdotario, Lo que se ve en la ciudad, buscando a nemo | 1 Comment

(Para Rafael, amo y señor de los mitos australianos.)

1)

El otro día, de camino a la fiesta de cumpleaños de Zac, su sobrino,  Sue me hacía, mientras manejaba, la lista de temas de los cuales no se puede hablar en su familia, entre los cuales están los cigarros, la muerte, su ex, el novio de su hija, el hecho de que su hija ya tiene novio  y una cantidad considerable de etcéteras. Al final yo estaba tan mareada que le dije que sólo hablaría del clima o que, si me veía en una situación incómoda, sólo diría: exquius mi, mai inglich is not so beri gud luquin, ai don guet guat llu are telin mi. Ella se rió bastante, pero insistió en que deberíamos apegarnos a la lista y punto. En fin. Opté por hacer una llamada de larga distancia para ver si en México todavía se podía hablar de algo.

2)

En los pocos, pocos días que tuve en mi poder el ukulele de John, tuve que mantenerlo discretamente guardado, porque en los centros comerciales, los parques y las plazas no se podía tocar al ritmo de las vibras hawaiianas. Si uno intentaba hacerlo de inmediato llegaba un policía malencarado a decirle a uno: no ukulelear. Uy, ¿dónde quedaron los australianos no worries? Pos en fin, que no y que no.

3)

Ayer nos la pasamos bien -creo-. Algunos de mis alumnos y yo fuimos al Australia Zoo -hogar del cazador de cocodrilos-. Todo muy bonito, espectáculo de pajaritos y reptiles, risas, aplausos y luego de vuelta a la Sunny Coast. Fuimos a la Plaza a comer -adivina qué, Ren- pollo Kentucky, y cuando ya íbamos con la barriga llena y el corazón contento rumbo a la parada del autobús, comentando los detalles del día, una viejita nos volteó a ver muy indignada y dijo: English in this country!  (O lo que es lo mismo: no españolear). Chale señora, présteme su Australia, ¿no?

 

4)

Algunos de mis alumnos asisten a Indooroopilly, la única escuela del estado de Queensland que no usa unifome. Sin embargo, eso no quiere decir que la vestimenta quede a su arbitrio: existe un código que se debe seguir al pie de la letra y, si existe alguna falla, el alumno es enviado a casa y sólo puede reincorporarse a las clases si se cambia de ropa. Eso es todo un castigo en una ciudad tan, ahm, ¿spread? como Brisbane, con sus horarios de autobús y todo lo demás. (Por cierto, en los autobuses, si llevas una botella no te dejan subir: “no refresquear en mi autobús” dice el conductor, y vas pa’trás, así de barbas diría el Comandante). En fin, la cosa es que el otro día Mau traía una playera que decía algo así como “bla bla sexually liberated” … ¡y que lo regresan! ¡No camisetear! Pero eso sí, hay una niña que  a la hora del receso flashea a su novio, muy quitada de la pena (por contarles lo más fresa; saludos a todos los padres de familia, je).

Lo peor es que también hay código para los maestros. Y no digo que sea malo en el sentido anarquista, pero creo que hay cosas que deberían quedar a criterio de uno. En el refri de servicios escolares está pegada una hoja que dice que son causas de dimission tomar en lugares públicos, asistir a billares y otras cosas semejantes. Eso es peor que la ley antitabaco, que el alcoholímetro y que las iniciativas de ProVida. Bueno, quizá no tanto, pero la verdad es que si eso aplicara en el Tec yo ya no fuera maestra (ya me imagino: un letrero en la sala de maestros que dijera “no chelear, no cotorrear, no billarear, no cantinear”).

5)

El domingo pasado fuimos en bola a Moloolaba (la playa con el nombre más chistoso sobre la faz de… este continente… muluuuuuuuuúlaba). Cam y yo empezamos a bailar sin música, mejor dicho a tontear. La gente nos veía raro pero nadie nos dijo “no bailar”. Es una prohibición que a los australianos no se les había ocurrido porque, aunque traten, no pueden hacerlo. Mi teoría es que, como casi no escuchan música, no se familiarizan con el ritmo, y como resultado no lo sienten ni lo vibran ni lo nada. La cosa es que Cam y yo fuimos libres durante unos minutos, pero bueno, represión en una playa: eso sí hubiera sido el colmo.

NOTA: Los datos anteriores son reales. Están escritos en tono de broma, porque comprendemos que la visión que tienen los australianos de la vida en sociedad es entre británica y budista -lo último por aquello del aislamiento, nomás-. A lo mejor lo que en realidad sucede es que uno se siente raro al vivir en un lugar en el que sí se cumple la ley. Como México no hay dos… o a lo mejor sí, la piratería está cada vez más avanzada.

 

La hora del planeta

Marzo 29, 2009 at 4:44 am | In Anecdotario, Lo que se ve en la ciudad, buscando a nemo | Leave a Comment

El sábado 28 de marzo -mi ayer y su hoy-, a las 8.30, existía un acuerdo mundial para apagar la luz y decir que “ya pidos”, que hay que dejar al pobre planeta en paz. Sue y yo llegamos justo a tiempo del cumpleaños de su sobrino, apagamos las luces y ya:

- And now what? What are we doing for an hour with no power?

- Don’t know Sue. We can think.

- About what?

- Don’t know. Everything. Ourselves.

- No. This is dangerous. I could fall in the stair and break my neck.

- Why would you go downstairs right now?

- I don’t know. I could.

- Sue! Cut that off! It’s just an hour.

- Yeah, but what do we do?

- You can call someone and talk.

- No, I don’t feel like that.

- Well, I’m going to bed to do some thinking.

- About what?

- Sue!

- O.k. G’ nite!

- (…)

- Do you think someone else is doing this?

- Sue! Who cares?

- I do!

 Y corrió a la ventana del baño a asomarse: todas las luces del vecindario estaban encendidas.

- You see? No one else is doing this!

- I don’t care, we are still going to!

- Okay!

- Okay!

Pero sí me dio cosita. La verdad creí que más gente lo haría. Ojalá les haya ido mejor a ustedes en México, Estados Unidos y España. Cuenten, ¿no?

Clásicos contemporáneos: conversaciones australianas

Marzo 28, 2009 at 12:00 am | In Lo que se ve en la ciudad, Ver, oír y postear, buscando a nemo | 5 Comments

(En orden aleatorio)

1)

- ¿De dónde eres?

- De México.

- Ah, ¿y qué idioma hablas?

- Español.

- ¿Si eres de México por qué no hablas mexicano?

- (…)

 

2)

- (una mujer hablando sobre sus vacaciones) Y lo mejor del tsunami es que ahora cualquier hotel al que vayas es completamente nuevo.

- (…)

 

3)

- ¿De dónde eres?

- De México.

- Oh, yo estuve en México una vez. En todas las esquinas hay burros con telas de colores y les tienes que dar dinero para tomarte una foto.

- (…)

 

4)

- (En el súper encuentro mi favorito: el jugo loco. Lo pongo en el carrito.)

- Ese es un jugo de varias frutas y vegetales.

- Sí, Sue, es mi favorito.

- Oh, ¿en México tienen jugo?

- (…)

 

5, 6 y 7)

Repita la conversación de arriba, con cereal, yogurth y sushi.

 

8 )

- ¿De dónde eres?

- De México.

- Oh, ¿alguna vez has estado en un tiroteo de traficantes de drogas?

- (…)

 

9)

- ¿De dónde eres?

- De México.

- Oh, ¿y allá cómo se celebra el cumpleaños de la reina?

- (…)

 

10)

- ¿De dónde eres?

- De México.

- Oh, me encanta México. Pero para ir allá tendría que mentalizarme. Es que es tan tercermundista.

- (…)

Tiempo real

Marzo 27, 2009 at 10:22 pm | In Anecdotario, Lo que se ve en la ciudad, Mente adentro, buscando a nemo | Leave a Comment

Hace un rato que no escribía en verdad. Dejaba los posts programados para no fallar, pero no estaba escribiendo en vivo y en directo. Hoy tengo la necesidad porque en pocos días han pasado muchas cosas, personas han llegado y se han ido, he descubierto verdades sobre mí misma y, finalmente, me está gustando estar aquí.

Es mucho más complicado de lo que suena. Esta semana pasamos un susto de la patada, pero no fue más que eso. John me mostró la diferencia entre los caprichos disfrazados de acuerdos y el saludable “one and one”: él propone algo con firmeza, pero si yo no acepto modifica la propuesta hasta que los dos estamos cómodos. De alguna manera, los dos cedemos, y eso está bien. No es sólo alguien haciendo lo que le da la gana (porque “siempre lo ha hecho”) mientras que el otro acepta como el estúpido que es (la estúpida, en este caso), sino un proceso civilizado en el que todo el mundo puede sentirse bien.  A pesar de ello, y por otras razones, John y yo nos hemos distanciado finalmente, de mutuo acuerdo, como debe de ser. Antes de eso le regalé un conejito de chocolate con un cascabel en el cuello, y le dije “happy Easter” y dejé escondido en su estudio un frasco lleno de Skittles -uno por cada cosa que él es y cada uno de mis hábitos irritantes-. La última vez que hablamos me aclaró que las cosas horribles que dice no son en realidad tan horribles, y que tampoco son necesariamente ciertas: eso de que nunca se había enamorado, por ejemplo, era mentira, pero son cosas que se dicen, según él, por inseguridad.

Hoy por la mañana salí a correr. Me di cuenta de que había olvidado cómo respirar, pero el ejercicio me ayudó a sentirme viva de nuevo. La música y el aire que entra y sale del cuerpo le recuerdan a uno la importancia y la fragilidad de las cosas simples. Además, necesitaba un tiempo para pensar sólo en mí, para estar conmigo. Ya estamos casi a la mitad de este trayecto y hasta ahora la mente se empieza a liberar: quedan, claro está, varios pendientes, pero en general los más importantes ya están técnicamente resueltos, lo cual ha liberado mucha presión. Por un momento sentí que ya no podía más; es frustrante hacer cosas que no son lo de uno, y la verdad es que yo no soy tutora, no son administrativa, no soy agente de viajes. Por ahora vuelvo a ser profesora, bloguera y “maestrante” -lo que sea que eso signifique-.

Finalmente, ya que todo lo difícil -al parecer- ha pasado, vuelvo exhausta de mi carrera matutina. Me tiro en el piso a escuchar mi respiración y sentir mi peso y mi lugar en el espacio. Me estiro. Escucho mi corazón. Me concentro en derretirme sobre el suelo, en dejar que me cargue, en soltar. Busco el dolor real y lo separo del ficticio: el tobillo sigue molestando, arde todo el tiempo como una quemadura interna. La mano izquierda manda señales en la palma y en los dedos, cuando tiene que sostener cosas, cuando hay que escribir en la computadora. La mano derecha ya no puede más: todo cansa, todo duele…  Ya ni pensar en eso: por el momento nada se puede hacer.

Lo mismo sucede con los sentimientos: hay dos fuerzas completamente opuestas tirando de mi corazón y estoy completamente exhausta. Hago ahora, yo también, lo que me da la gana. Y que se las arregle como pueda,  pues al final eso fue lo que yo hice. Si hay un punto en el que convergemos no tardaremos en llegar, si no lo hay, mala (su) suerte.

Lo realmente hermoso fue que me sucediera de nuevo el amor; mi padre siempre lo decía: cuando algo es de verdad permanece siempre. Se terminaron los pequeños y grandes eventos que roían mi tranquilidad, se resolvieron bien que mal los problemas, llegué al límite de mi capacidad con la satisfacción de haber hecho todo lo que se pudo y, al final, me di cuenta de que Australia estaba todavía delante de mí, esperando a que tuviera ojos para verla. Logré hacerlo cuando estuve descansada, cuando volví a ser yo, y la estoy disfrutando con todos mis sentidos, con mis pies que la caminan y la corren dándole un poco de mí, con su suelo que responde soportando mis pasos. He visto el mar de todos los colores y he sentido el aire fresco. El trayecto en el tren es verde y gris y azul y blanco, con rayos amarillos como agujas a través. Disfruto además a mis alumnos, con quienes puedo conversar sobre el Guitar Hero, y sobre la necesidad de crear un Güiro Hero, y, ¿por qué no? también un Contrabajo Heroico, que sería para los meros másters, y cuyo nombre comercial podría ser Tololoche Hero, y que viva la globalización.

Me siento viva, o quizá sea mejor decir sobreviviente. Me quedan tres meses. Vamos a hacerlos chillar.

Madre, ¿sólo hay una?

Marzo 27, 2009 at 12:00 am | In Mente adentro | 1 Comment

En la base de nuestro concepto del mundo está lo que aprendimos de mamá. Nuestra idea del bien es una santa madre y nuestra idea del mal, una madre desnaturalizada. El amor que buscamos es, en términos freudianos, una combinación del bienestar y la protección que encontramos alguna vez en el seno materno combinados con el deseo erótico.

Que estamos condenados a repetir a nuestra madre el resto de nuestras vidas es obvio. Los hombres se casan con el tipo de mujer que aprendieron a amar desde niños, las mujeres mantenemos el patrón de lo que nos enseñaron que era ser mujer. Muchas frases hay al respecto: una vez un vecino y su hijo fueron de visita a mi casa; durante la comida, el señor le dijo a su hijo: cuando te quieras casar con una mujer ve a casa de su mamá y fíjate cómo la tiene, porque los hábitos que ella tenga serán los que le haya enseñado. Por otra parte, una maestra me dijo que cuando me quisiera casar con un hombre me fijara cómo trataba a su mamá, porque así me trataría a mí. Esto tiene sus excepciones, pero en general es cierto, y tiene cierta lógica.

Todo esto viene a cuento porque hoy me puse a pensar que, si los hombres se casan con uno porque le recuerda a su mamá -en el sentido literal-, en vez de observar cómo la tratan, uno debería preguntarse: ¿estaría yo dispuesta a ser la mamá de este carajón el resto de mis días, lo cual va desde prepararle la comidita, darle dinero para sus chuchulucos y limpiarle los mocos y otras cosas si se enferma, con la pequeña, pequeñísima diferencia de que ya no podemos educarlo? ¿Ah, verdad? Yo creo que, de pensar así, nadie se casaría, pero esa es la triste realidad. Así que la próxima vez que alguien me proponga matrimonio me haré esa pregunta. Pero lo más seguro es que le diga que no: imagínense qué friega.

Breakfast at Tiffany’s: ser, estar, pertenecer

Marzo 26, 2009 at 12:00 am | In Papel que habla | 1 Comment

Anoche terminé de leer Breakfast at Tiffany’s con dos emociones encontradas -lo cual me sucede muy seguido últimamente-: por una parte quería conocer el desenlace de la historia, y me apresuraba a consumir las últimas veinte páginas, pero al mismo tiempo no quería terminar, porque me había encariñado con Holly. Ahora que conozco su historia de primerísima mano puedo olvidar a Audrey Hepburn, pues la película le hace poca justicia. La Wikipedia aún menos: aparece como una cazafortunas desordenada y promiscua. Creo que ella es mucho más.

Holly no nació siendo Holly, así que tuvo que crearse. Sabía que necesitaba mejoras y aceptó, de O.J. Berman, unas clases de francés y el refinamiento de los modales. A cambio le dejó creer que sería la actriz y él sería el agente, lo cual  nunca fue su sueño porque ella respeta su ego y para ser actriz de cine tienes que pisotearlo. Holly le hace creer a todos que necesita protección, pero en realidad eso es mentira: ella sabe lo que hace, lo que quiere y lo que no. Cuando la arrestan injustamente no se inmuta y sólo pide a su amigo escritor que no se olvide de alimentar al gato. Y es que Holly, en traje de baile o desnuda bajo la regadera, siempre será salvaje y, como ella misma recomienda, no se debe amar algo salvaje, porque mientras más lo amas más fuerte se vuelve y pronto podrá volar por sí mismo y tú terminarás mirando al cielo.

No está en ninguna parte porque no termina de sentirse en casa. Para ello necesitaría el orden imperial de Tiffany’s y los elegantes guardias que te hacen creer que nada malo puede suceder. Ese lugar no es Nueva York ni África ni Río -Buenos Aires, dice ella, se acerca- pero todos le pertenecen a la vez, porque en todos hay algo en lo que se encuentra. Sin embargo, su buzón indica siempre que ella es Holly Holightly, de viaje.

Y, a pesar de eso, está buscando un hogar. Si no desempaca la maleta es porque aún busca un destino: el lugar donde habrá de poner muebles y dará nombre al gato. Descubre tarde que el hogar es una creación propia, un acto de amor, si se quiere: es perfectamente capaz de enumerar todos los defectos de José, y dice que si pudiera elegir a cualquier hombre con sólo tronar los dedos no sería él, pero aún así lo ama tanto que, si él se lo pidiera, dejaría de fumar. “Home is where the heart is”, es el lugar común norteamericano. Holly se detiene un rato y decide quedarse, pero no sólo porque está enamorada, sino porque la muerte de su hermano le hace darse cuenta de que ya no tiene catorce años, que es hora de dejar de robar y correr. Es hora de dejar de huir de quien la amó hasta hacerla fuerte.

Sin embargo, el pasado la alcanza en mal momento y ella debe escapar otra vez. Aún así, no es ya la misma Holly: al despedirse de su gato lo sabe: era realmente suyo, aunque no tuviera nombre, aunque fueran independientes y se hubieran encontrado a la orilla del río. Era suyo, pero era tarde para saberlo, y ¿qué pasará conmigo si eso me sucede siempre -dice Holly- si sólo sé qué es mío una vez que lo he abandonado? Holly está condenada al viaje, quizá, a buscar sin llegar nunca a ningún lado, sin ser de un sitio en particular -porque no es de Tulip, Texas, ni de New York ni de Rio- pero estando siempre en todas partes y siendo de todos a la vez.

 

 

Coitus interruptus

Marzo 25, 2009 at 12:00 am | In Anecdotario, Ver, oír y postear | 1 Comment

El Rufián es alguien a quien aprendí a admirar. De principio no lo hice porque él se puso hostil y yo me puse mis moños, pero a lo largo y ancho de las mesas de distintos bares y cantinas y, sobre todo, a través de sus líneas virtuales, le tomé, literalmente, la palabra. Las palabras.

Pese a ello, las conversaciones que tenemos siempre son indirectas. Creo que sólo tres veces o cuatro hemos hablado directamente: la primera se burló de mí porque creía que The wall  “todavía significaba algo”. Estábamos en el Burbu, junto a la rockola, y yo lo vi con los ojos de furia que reservo para la gente con la que me encantaría discutir, pero a quien no quiero tanto todavía como para hacerlo (para mí hasta discutir es cosa amorosa; lo dice el bolero y lo digo yo también, que tan sólo se odia lo querido).

La segunda vez estábamos afuera del Centenario -”aquella negra noche de mi mal”-: él me había invitado al Cova pero habían cambiado la sede de último minuto. Hablamos de amistades en común y de la utilidad de los noviecitos bajo ciertas circunstancias. Fue una charla nada profunda, pero reconozco que a partir de ella empecé  a sentir que lo quería, y que entonces podríamos discutir de cosas inteligentes y tontas.

La tercera charla fue, ahora sí, afuera del Cova, en una banquita. Dijimos que la literatura no es lo que se dice alrededor del texto cuando uno tiene treinta doctorados, sino lo que uno puede sentir y entender a través de algo que no es necesariamente el intelecto. Lo demás es accesorio, forzado, a veces excesivo. Eso dijimos, pero se acabó el cigarro y tuvimos que entrar.

Entre esas conversaciones han habido otras cosas que, quizá, no valga la pena relatar: bromas pesadas por lo certeras, llamadas de madrugada, otra plática en la Cineteca en la que el buen duende se nos escondió -y que terminó forzadamente porque yo me escondía de alguien más-. Hubo también cervezas con alcohol y sin alcohol, canciones de borrachos, karaokes que nos lleven muy lejos y a la chingada de aquí. Yo estoy de muchas maneras alrededor de él, pero casi nunca con, casi nunca junto o frente, porque el juego es que él se burle de mí y yo aparente que no me importa. Su ironía es como el correcaminos y mi torpe resistencia es un coyote que conoce pocos trucos, casi todos inútiles.

En su madrugada del domingo y mi noche del lunes nos encontramos en el messenger. Comenzamos a hablar sobre mi post de los NoMa*** Awards y coincidimos en muchas cosas -lo cual es lo de menos-; lo interesante fue que se anticipaba algo cierto:

 

 

El Rufián Melancólico dice:

 

 

hay libros buenísimos, donde está todo y bla 

 

clásicos, lugares comunes, los de educación sentimental, los que te tocan por generación 

 

los que gustes

Anticipé algo en lo que me interesaba participar. Dije “ajá” con timidez para no espantar al ave o bicho que se posaba en mi ventana. Pero entonces perdí la conexión a internet… Cuando la recuperé, el mensajero me informó que había recibido mensajes mientras estaba desconectada y lo que encontré fue esto:

El Rufián Melancólico dijo (02:13 a.m.):

sino que sales diciendo: No Mames!!!

El milagro sucedió justo entre esos dos puntos, sólo que me lo perdí. Y me dolió como la pérdida del sueño que es, según Borges, equiparable a la de un tesoro. Siento que Optus Wireless Broadband me robó algo que no se podrá recuperar y eso me pesa. En casos como este mi mamá diría: “ves que es poco el amor y lo desperdicias en celos”. Chale, Rufián, chale.

Homeless (III)

Marzo 24, 2009 at 12:00 am | In Anecdotario, Mente adentro, buscando a nemo | Leave a Comment

(Ya parece La risa en vacaciones)

Hoy domingo me dio un ataque de hot cakes en la mañana. Encontré a Cam en el messenger y le dije que fuéramos a desayunar. Pasé buena parte de la mañana con casi todos mis alumnos de Mountain Creek: comimos, vagamos por la plaza, tonteamos, fui buscar The Wizard of Oz, pero no lo tenían en ninguna librería, fuimos a la playa y conversamos. Me la pasé bien, pero no dejaba de ser raro.

Al llegar a casa me conecto y, en el messenger, me encuentro con Tato. Abre la conversación con una pregunta extraña. Le digo que a qué viene eso y me dice que acababa de regresar de festejar el cumpleaños de Profana. Cuando lo dijo sentí que hubiera preferido mil quinientas veces estar en La Coyoacana y no en la Sunshine Coast, pero después de unos minutos me di cuenta de que me engañaba a mí misma: en la fiesta de Profa me hubiera reído y hubiera conversado, quizá, pero igual allí me hubiera sentido impostora porque entre casi toda la gente me siento fuera de lugar. Por eso no quiero estar aquí pero tampoco puedo decir que estoy homesick.

Abro Breakfast at Tiffany’s y leo: “home is where you feel at home.  I’m still looking”. Holly Golightly nunca se ha sentido así, pero sabe lo que espera: “a real-life place that makes me feel like Tiffany’s, then I’d buy some furniture and give the cat a name”. No existe alguien completamente desarraigado, todos queremos “pertenecer”; el problema es que, quizá, no todos podemos. Yo no creo haber sentido que estaba en casa en ninguna parte por más de treinta minutos seguidos. Tampoco tengo idea de cómo reconoceré la sensación de haber llegado. Quizá no tengo casa y mi lugar es el camino, por eso es que siempre estoy nada más de paso.

Marzo 23, 2009 at 5:43 pm | In Uncategorized | 1 Comment

Terapia

Marzo 23, 2009 at 12:00 am | In Anecdotario, Mente adentro, buscando a nemo | Leave a Comment

Seguí la recomendación de Rafael: recostada y con la vista fija en un punto en la pared, hablé con un desconocido sobre cosas profundas que me estaban molestando y, afortunadamente, él me ayudó a encontrar algunas orientaciones.  A eso se le llama terapia, con la pequeña diferencia de que John no es psicólogo y tampoco me cobró por escucharme.

Alejandrino me explicó una vez que lo que yo buscaba no era realmente terapia, pues yo no quería volver a un estado anterior de normalidad, sino que estaba buscando explicar y entender mis acciones. Uno no va a curarse, sino a analizarse.

Anoche mientras hablaba con John fui completamente sincera: le dije cosas que no había admitido ni para mí. Me di cuenta de que a veces soy demasiado dura conmigo misma. Hablamos sobre todo y sobre nada, sobre cómo él dice que nunca ha amado a alguien y le sorprende que yo le diga que yo sí. Dice que quizá él sintió lo mismo alguna vez, sólo que yo le llamo amor y él no. Bob Dylan nunca sonó tan profundo, ni Led Zeppelin tan brillante. Durante el camino a mi casa reímos bastante con las luces del puente y cantamos “Children of the revolution”. Cuando llegué Tony y Mel me dieron la buena noticia de que se habían comprometido. Tony le compró un diamante en forma de corazón llamado “You are mine”. Los felicité. Le dije a Mel que, después de todo, el amor existe. Ella me dijo que sí, aún para an old lady. Ella no es en realidad vieja; debe de tener la edad de mi mamá, pero nunca se ha casado.  Le dije que, a principios de año, yo había dicho que sería un año de matrimonios y que, en realidad, lo ha sido: en México se acaba de casar Nancy, mi compañera de la maestría, y pronto Camilo y Liz… Esas cosas también ayudan a verlo todo distinto. Desayuné un café y un delicioso pie de cereza. La vida era perfecta otra vez, o yo la veía con ojos nuevos.

Marzo 22, 2009 at 9:38 pm | In Tripas y corazón, Ver, oír y postear | Leave a Comment

En respuesta a mi post sobre creer y no creer, Tato escribió un milagro. Y, presumida como soy, se los quise compartir.

Gracias, Tatico.

Unknown

Marzo 22, 2009 at 6:42 pm | In Anecdotario, Mente adentro, Tripas y corazón, buscando a nemo | 1 Comment

(Rufián, este es otro post de Kevin Arnold, pero el de los Rufus quedó aquí abajito, cálale)

Ayer bajé a lavar mi ropa y, cuando regresé, tenía dos llamadas perdidas en mi celular. Quise ver de quién eran, pero las dos decían “Unknown”. Yo sé que el que llamó fue Ren, porque le dije en el messenger que me sentía triste. Seguro iba a contarme un chiste de iguanitas para hacerme reír, o me diría “no tristear Norita”. Ah, extraño a Ren.

¿Por qué uno se empeña en estar con alguien que no quiere estar con uno? La abuela de Sol decía que las mujeres somos como las moscas: le damos vueltas y vueltas a la caca para irnos a parar en la más seca. Es verdad. Qué mal sabe elegir el corazón, y cómo le gusta desperdiciarse. Ayer, hablando del “Virus” -queda más bonito que Mario, ¿no?-  de verdad que me miraba y no me entendía. Es como cuando califico los trabajos de mis alumnos y dicen que “Casa tomada” es sobre la pérdida de la individualidad, entonces me pregunto en qué se basaron para decir eso. Así mismo es la historia del Virus, ¿en qué me basé para creer, en qué?

(También hablaba con Walter en un sentido woodyallenesco sobre cómo tuve un novio cubano y él me mató. There’s an old joke…)

Los Rufus Awards a lo más N*M**** de la Literatura

Marzo 22, 2009 at 6:20 pm | In Papel que habla | 3 Comments

El Rufián Melancólico y yo tuvimos algunas conversaciones acerca de los libros que pueden hacer que uno se azote contra las paredes diciendo no ma***, no ma***, no ma***. Aquí están MIS nominados, y espero generar una polémica con plantón en el Periférico y gente gritando “voto por voto y casilla por casilla”.

1. La Ilíada, Homero

2. The old man and the sea, Ernest Hemingway

3. Humillados y ofendidos, Fiodor Dostoievski

4. El reino de este mundo, Alejo Carpentier

5. Las armas secretas, Julio Cortázar

6. Ficciones, Jorge Luis Borges

7. El rojo y el negro, Stendhal

8. La filosofía del tocador, Marqués de Sade

9. La cantante calva, Eugene Ionesco

10. El proceso, Franz Kafka

Me faltaron. ¿Cuál es su lista?

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