No woman no write

Junio 30, 2009 at 1:20 pm | In Ver, oír y postear | 1 Comment

Ya estoy en México. Todo muy bien. MUY FELIZ. En pocas horas han sucedido muchas cositas que espero contarles en cuanto se vuelvan un poco más concretas.

El problema es que tengo muchos pendientes y como ando en casa mami -al final no me fui al Heartbrek, je- no hay internet. Como ya se acabaron los posts que había dejado programados, creo que no habrá actualizaciones en un ratito. Ren tiene razón: lo primero que voy a comprar para mi depto es el internet, porque sin él no hay calor de hogar.

Bueno, pues gracias a todos por llamar, dejar recaditos, mandar mensajes, dejar comentarios, etc. Nos vemos ya en estos días. Todavía no me como mis cheetos moraditos, :(

Güeno, pos era eso.

¿Quién necesita a Lupita D’alessio…

Junio 30, 2009 at 12:00 am | In Soundtrack | 2 Comments

… cuando se puede bailar y llorar al mismo tiempo?

(O, ¿usted qué opina Dr. Salsa?)

O mejor dicho, ¿para qué llorar, si como dice la Yeni, yo tengo un Elegguá que me respalda? Con las manos pa’ arriba el que tenga un Elegguá…

Horas

Junio 29, 2009 at 12:45 am | In Mente adentro, Ver, oír y postear | 1 Comment

Estoy en el Starbucks del aeropuerto de Narita. Ya documente mis maletas y compre mi respectivo tumbler de esta ciudad. Solo pase unas horas en Japon pero fueron maravillosas. Ya les hablare del templo y la pagoda y los jardines y la gente amable y todo lo demas. La cosa es que dentro de dos horas mi avion despegara y quince horas despues estare llegando a Mexico.

El viaje ha sido un prodigio. Llegue a Oz y llore porque extranaba mi casa, pero aprendi que nunca necesite realmente al mago, pues solo necesitaba voluntad para vencer a la bruja y volver a casa. Ahora todo vuelve a ser promesa, hay proyectos que se anuncian y besos que se prometen y abrazos largamente cocinados y amistades que empiezan y se renuevan. Cinco meses son ahora apenas horas, y yo, la que yo era, se quedo lejos: en el avion que la trajo al fin del mundo, tal vez.

(Ejem, ya son nada mas unas horas, asi que yo que ustedes iba a alistando esas chelas. Y mis cheetos moraditos, porfa. Ji.)

¡Ya estoy en Tokio!

Junio 28, 2009 at 6:04 am | In Anecdotario, Esto no pasa, Ver, oír y postear | 2 Comments

Y ya estoy haciendo mis perras payasadas. En el hotel Nikko de Narita, habitación 665 por si quieren llamar. Jejejeje.

Y voy a matar a Bill. O lo que sea.

P1090895

 Bueno, pos era eso. Ya pronto nos vemos y nos abrazamos.

Región 4

Junio 28, 2009 at 12:00 am | In Anecdotario, Esto no pasa, buscando a nemo | 1 Comment

Esto tiene mucha lógica: se ha vuelto popular referirse a algo en versión chafa como “región 4″. Pues adivinen qué: cuando compré mis DVD’s acá me di cuenta de que (tan tan taaaaaaaaaaaaaaaan) Australia es región 4.

Seguro que esa clasificación es arbitraria y poco tiene que ver con factores culturales. Sin embargo, aplica. ¿Australia? Qué primer mundo ni qué ojo de hacha: se han beneficiado económicamente de un protectorado, pero ni producen nada, ni saben nada, ni están en nada. Pruebas de ello hay miles, pero voy a soltar sólo las que me vienen a la mente por ahora.

En primer lugar: la tele. No sé si será la globalización o qué fregados, pero a uno le podrían aplicar la de La vida es sueño sin problema alguno: es decir, si drogaran a un mexicano y, al despertar, se encontrara en una casa australiana, no le bastaría prender la tele para notar la diferencia. Por el contrario: se encontraría con los mismos programas de parejas que bailan para ganarle a otras, de gorditos que quieren bajar de peso, de adultos que creen que saben más que un niño y de hombres solitarios en busca de mujer (acá no es “pesera del amor”, sino un granjero que quiere esposa). 

Pienso en toda la gente que se queja de la falta de ”cultura” en México y dice: seguro en los países de primer mundo todo es mejor y se oye a Mozart todo el día y se leen muchos libros al año. Quisiera ver a esa gente enfrentarse con la cruda realidad: una de las cosas más deprimentes para mí fue precisamente el hecho de que los australianos no tienen la costumbre de escuchar música. En nuestras casas, camiones, restaurantes y cafés no podemos vivir sin ruido de fondo, mientras que a los aussies les parece ridículo que les pregunte por qué no ponen música en el Surf Club. Chale. Además, las tiendas de discos son del tamaño de mi recámara y venden pura basura plastipop. El día que compré mis DVD’s sentí que había encontrado un tesoro (y como tesoro me lo cobraron).

Por si fuera poco, no hay realmente un artista australiano que suene, que esté en el tarareo colectivo. John, por ejemplo, es fan from hell de Bob Dylan y alguna vez me dijo que no había ningún músico como él en Australia -como Dylan, no como John, evidentemente-, porque los australianos no tenían nada que decir.

Este mismo John fue quien me dijo con una gran emoción que acababa de leer a Oscar Wilde y le parecía un descubrimiento, que estaba seguro de que Wilde hablaba como escribía. “Nadie habla como escribe”, dije yo, “pero los escritores buscan ese efecto de naturalidad, es parte del arte”. Él me miraba como te mira a veces un gato. “Es como el ballet”, le dije, “tú ves a los bailarines y sabes que no caminan así, pero en escena parece que fuera totalmente natural aunque implique mucho esfuerzo”. John seguía mirándome con expresión gatuna -que no felina-. Tuve miedo de preguntar, pero lo hice: “¿has ido al ballet?” No, dijo él, pero me imagino de qué me estás hablando. Hummm.

De inmediato, en esa conversación, John, el que sólo oye a Bob Dylan y nunca ha ido al ballet y acaba de descubrir a Wilde, me dijo, categórico, que en la actualidad NO HABÍA NADIE QUE ESCRIBIERA TAN BIEN COMO WILDE. Mta, pensé yo, pero nomás le pregunté que cómo podía estar tan seguro. Y él dijo: pues es que en la actualidad no hay escritores, puro bestseller. UY.

UYUYUYUYUYUYUYUYUYUYUYUYUYUYUYUYUYUYUYUYUYUYUYUYUYUYUYUYUYUYUYUYUYUYUYUYUY.

Uy.

Aquí sí me enchilé. Le dije que una cosa era que sólo hubiera bestsellers y otra que en su país sólo vendieran bestsellers. ¡Y si ustedes vieran lo que cuestan! ¡Es un robo! ¡Treinta dólares por un libro desechable! En fin, que se pone salsa el John y que me dice, me dice, “a ver, dime al menos tres autores vivos que valga la pena leer”, me dice. Entonces que agarro y le digo: José Saramago, Nick Hornby y Haruki Murakami (ejem, hay veces que se vale hacer ciertas cosas para ganar una discusión, je). Me dice, no los conozco, me dice, pero de todos modos no me interesa porque es muy caro comprar libros extranjeros. Le digo, sigue leyendo bestsellers then, le digo.

En realidad, la razón por la cual las librerías australianas están llenas de basura sí es así de truculenta: resulta que por una cuestión de impuestos a las editoriales les conviene más publicar sólo autores australianos, o las librerías les convene más venderlos, o no sé qué. Hay una cosa de preferencia que redunda en beneficios económicos y que tiene a los australianos donde están, culturalmente hablando. Las estadísticas no mienten: leen como locos, pero pura cochinada. Para eso mejor no thanks.

Los aussies son un pueblo sin identidad, sin valores culturales y sin interés por conocer nada más allá de su nariz. Dicen que son afortunados por hablar inglés, pues así no “tienen que” aprender otro idioma. Dicen que los canadienses no hablan inglés, hablan canadiense, y que los mexicanos no hablamos español, hablamos mexicano. Tienen en su país varias comunidades de migrantes y no saben nada, pero nada, acerca de sus respectivas culturas. Ah, y aquí uno es invisible hasta que tiene un billete en la mano (de verdad, ayer por ejemplo estuve parada diez minutos cargando mi caja de 15 kilos de libros frente al mostrador de Australia Post y la señora que estaba a veinte centímetros de mí no me dirigió la palabra nunca -aquí no existe el “permítame ahorita le atiendo”-; me volví visible hasta el momento en el que pagué, y volví a mi invisibilidad una vez que me hubieran dado el cambio-.

Habría que redefinir nuestro concepto de primer mundo, quizá, como visitantes. O habría que dejar de hacerle falsa publicidad a ciertos países. Y es que, en realidad, nomás tienen más dinero, pero aquí y en China la gente es gente y tiene los mismos defectos y virtudes (y uno, como sea, está más acostumbrado a los de casa).

¿Vestir o autoafirmarse?

Junio 27, 2009 at 12:00 am | In Anecdotario, Esto no pasa, buscando a nemo | Leave a Comment

Creo que aquí no hablé de los lugares que visité en mis vacaciones de Pascua. En dos semanas visité siete ciudades: seis en Nueva Zelanda y la obligatoria Sydney. La magnificencia kiwi sobrepasó cualquier expectativa y le robó bastante de nuestra atención a Australia, por lo cual la famosa ciudad pasó sin pena ni gloria. Ahora pienso que sí tengo bastantes anécdotas sobre ella, pues ahí comí canguro y vi tiburones nadar sobre mí, pero si algo me llamó la atención desde el primer instante fue el dramático sentido de la moda que ostentan sus habitantes.

La frase “dress to impress” es ingenua frente a lo que yo vi en Sydney esa noche de sábado, cuando de pronto un lugar que me había parecido aburrido y sin personalidad propia se transformó en un laberinto carnavalesco: de todos los lugares salían música y luces; de los taxis, buses y trenes brotaban borbotones de mujeres que parecían recién recortadas de las portadas de Vogue. No era solamente que su ropa fuera de última, no era solamente que su maquillaje pareciera teatral, no era solamente que sus tacones fueran técnicamente un arma blanca. Había en todo el conjunto de su apariencia una improbabilidad y una ruptura de lo cotidiano que las aproximaba mucho al arte. Igual que cuando uno contempla el fenómeno creativo y no comprende cómo se lograron sus efectos, así me sucedió al ver a esas mujeres pequeñas subidas en enormes zapatos, o vestidas de lentejuelas, o peinadas con exótica precisión. ¿Cómo le hacen?, recuerdo haber pensado. Caminar Sydney ese sábado en la noche, desde The Rocks hasta el Barrio Chino, fue presenciar la razón por la cual en estos lares es común e importante el lema “shop ’til you drop”.

En ese momento me pareció simplemente una locura, una neurosis de ciudad. Aunque New York, París y Milán ostenten la fama de ciudades productoras de tendencias, Sydney está más allá de eso. Allí la moda se vive, es parte indisociable de lo cotidiano. Eso puede extenderse al resto de las ciudades australianas, al menos hasta donde yo lo he visto. El ocio ayuda: en la Sunshine Coast, por ejemplo, la única atracción es la Plaza, ¿qué va a hacer uno sino probarse ropa… y comprarla? Sin embargo, más allá de eso, para los australianos es importante lo que visten, se lo toman más en serio que cualquiera que yo haya visto. Y es que aquí vestir de una manera determinada no es cuestión de élite, sino de creatividad.

Esto lo entendí un día que Mel me contaba de su viaje a París. Como buena romántica y fanática de Chanel, es amante de esa ciudad; mientras ella me contaba de los cafés y los parques y las caminatas y la torre Eiffel, yo le dije que seguramente había disfrutado también la moda. Well, respondió ella, it was quite disappointing: you can walk in Paris and see the beautiful girls, but no one really makes a statement.

A partir de ese momento comencé a comprender cosas: antes sólo me parecía que las australianas vestían raro y que en general estaban locas. Después de eso me di cuenta de que sí están locas, pero su vestimenta tiene que ver con otra cosa: con el deseo de usar una prenda o un color o una textura de una manera única, creativa y personal. Tu vestimenta tiene que ser un statement, una afirmación, una propuesta. ¿De qué?, dirán ustedes. Pues, en principio, de quién eres y, por lo tanto, de tu estética individual.

En México la moda me pareció absurda durante años porque consistía en parecerse a los demás y, sobre todo, en poder tener algo que los demás no tienen. Por eso es importante que se vea la marca, que se sepa que yo poseo algo que una gran parte de la población no puede tener. La moda no era una cuestión de creatividad, sino de status. En Australia el status no existe, queda sólo la imaginación. Puedo decir que una de las cosas que extrañaré de esta isla será esa: ver a todo el mundo vestido para expresar algo, para crear su tendencia personal.

Junio 26, 2009 at 1:00 am | In Tripas y corazón | 2 Comments

Acá ya es 26 de junio desde hace un rato. Son mis últimos momentos en casa de Sue, al rato comeré con mis alumnos en Nando’s por última vez y después lo que sigue es el corre corre de maletas, aeropuertos, Tokio-Vancouver-México. Estoy bien contenta, je. En estas semanas resolví mi preocupación inmobiliaria, pues ya tengo dónde caer. Hoy definí mi situación laboral y eso también me da tranquilidad. Lo que resta es cerrar este ciclo australiano como se debe, es decir, entregar calificaciones, documentos, reportes, comprobantes, etc. Ah, y claro, obtener mi grado.

Tengo la primera semana en México casi llena de pachanga: Heartbreak Hotel el lunes, karaoke el martes, supongo que ir al Tec el miércoles -eso no es pachanga-, Cova el jueves, Surf el viernes, Guacarrock el sábado y votar el domingo -después de votar estaría bien un cinito, ¿cómo ves, Luisito? jeje-.

Estos días han sucedido también cosas muy curiosas. Es raro cómo uno se aferra a emociones negativas para protegerse. Cada que se me ofrece la disyuntiva yo elijo estar enojada. Juego a estar enojada. Y eso es también puro miedo: miedo de querer y que vuelva a doler en un momento dado. Hoy me di cuenta de eso y de cómo algunos de mis sueños recientes también son indicadores de que el camino no es ése. Además, más allá de mis niñerías no me gustaría que le ocurriera nada malo, y más allá de su indiferencia, aquí lo tenemos leyendo mi blog (saluditos, jijiji).

Nada, como dice la rola: no lo pienses más, vivir es la paz y todo es amor. Yo estoy llena de amor y estos cinco meses de estar rodeada de desconocidos me han hecho ver con claridad que mi mundo está poblado de personas maravillosas, creativas, nobles, brillantes… Nunca lo había notado, creo. Uno es bobo: cuando goza de la cercanía de la gente la disfruta, pero de alguna manera asume que siempre estará allí. Por eso a uno se le hace fácil dejar de ver a los amigos, separarse de la familia, cambiar de aires. Total, siempre se puede regresar, o eso cree uno. Pero cuando la ausencia es de verdad, es decir, cuando no está al arbitrio de uno sino de algo superior, entonces sí. Digo: yo podía dejar de ver a Chey meses y no me preocupaba tanto, a veces ni reparaba en ello, porque total, ahí estaba. Pero mientras estuve aquí y la ausencia era algo impuesto e incontrovertible, ahí sí, como diría G, mejor sí sácamela.

Por eso quizá tengo urgencia de verlos a todos, de abrazarlos, de reírme, de que estén cambiadísimos, de que me cuenten los detalles, de contarles yo mis aventuras y que se rían y me digan “ay Nora, ay Pasto, ay Cule, ay Nori, ay madre, ay nena, ay Nona, ay Miss, ay reina, ay Titila, ay Fonema, ay mensa, ay m’ijita, ay Anti, ay Norita, ay bruja, ay negra, ay princesa, ay prima, ay niña Nora, ay amiguita, ay Nore, ay Noris, ay Noriux, ay Noration…”

¡Ya quiero llegar! Extiendo mis brazos y siento que ya casi los alcanzo… ¡Prrrrrr! En Australia aprendí a no perder el tiempo, pero el de verdad: el de estar con la gente que uno ama. Koyote, perdón por eso, simplemente me tardé en saberlo. Les dejo la bonita rola cursi para este momento cachetón…

 

 

Comer en inglés australiano

Junio 26, 2009 at 12:00 am | In Anecdotario, Esto no pasa, buscando a nemo | 1 Comment

Hay algo que yo había pensado antes, pero que aquí en Australia confirmé: la gente que más tiene es la que menos sabe compartir. La más vil, puedo afirmar sin temor a equivocarme. Todos podemos ser lindos y amables y sonreír y quétalcomolevaquetengabuendía. Pero eso sí, no me toques el dinero, no me toques la comida.

Comer es para algunos una mera necesidad fisiológica, pero no puede evitar convertirse también en un fenómeno cultural. Piensen la cantidad de preceptos que nuestros padres nos inculcaron acerca de los alimentos: con ellos no se juega, no se deben desperdiciar, hay que agradecerlos, mientras se toman no se debe discutir, nunca se deben contar o escatimar en ellos, y un largo etcétera. Para nosotros como mexicanos hay algo muy distintivo: la comida se comparte, tengas poca o mucha. Así de simple.

Por eso quizá los primeros choques en Australia tuvieron que ver con la comida. Cuando llegué, por ejemplo, me quedé dormida (después de treinta horas de vuelo, era de esperarse). Al despertar tenía hambre y, cuando vi la alacena, no había nada que realmente se pudiera comer. En el refrigerador lo mismo. ¿Fruta? ¿Excuse me? Pues no. Resultó que no.

Luego, cuando Sue me llevó a comprar la despensa para averiguar qué comía yo, vi que sólo compraba comida de paquete, de “échele agüita y ya”. Piuk. Y luego se preguntan por qué hay tanto cáncer en Australia, con la cantidad de cancerígenos que consumen al día no es para menos.

Claro, en los restaurantes sí puedes encontrar cosas bastante sabrosas, pero poco accesibles. Lo demás es Subway, Maccas, Hungry Jacks (que es la versión australiana de Burger King)… Quizá por esa misma razón a los australianos les gusta contar la comida: cuando les sirven su ensalada o su sopita o lo que sea, de inmediato cuentan cuántos camarones o trozos de carne o papas de guarnición les sirvieron. Cuando tienen la cifra la proclaman, seguida del precio del platillo: ten prawn for 26 dollars. Y pareciera que la convenciencia o inconveniencia de la ecuación fuera un factor determinante para disfrutar o no el platillo.

Una vez, mientras comía, noté que a mis papitas les faltaba algo. Llamé al mesero: excuse me, do you have tomato sauce? Yes, respondió él, y se me quedó mirando. Por un momento pensé que me iba a preguntar: ¿y la familia? Tuve que pedirle que por favor me trajera un poco. Así lo hizo: me trajo una bolsita como las que te dan en McDonalds y añadió un dólar a mi cuenta.

Eso no es ni remotamente lo peor. Hay anécdotas de australianos escondiendo la comida, o comprando tres manzanas para toda la familia como ración semanal -creo que acá les serviría más aquéllo de la libreta, Anti-. Además, no hay respeto por la hora de la comida, da igual si se comparte con otros o no (es más, si se puede evitar comer con otros es mejor: una vez estaba yo en Nando’s y una chica entró a pedir su orden; ¿para comer aquí o para llevar?, le preguntaron; para llevar, dijo ella… y efectivamente, se la llevó a su carro, estacionado frente al restaurante, y se la comió allí, sobre el volante. Gente loca).

A los australianos les impresiona mucho que los mexicanos podamos compartir una sola manzana, y que ni siquiera haya que dividirla, sino que con las mordidas nos baste. Les impresiona que cuando compro algo que me gusta comer a mí compre suficiente para toda la familia. Les impresiona que yo coma lo que se me da sin poner peros y que dé las gracias a quien me lo brindó. Les impresiona, en fin, que los mexicanos todavía respetemos la comida.

No sé cómo titular este post

Junio 25, 2009 at 7:39 pm | In Anecdotario, Esto no pasa | 4 Comments

Pero sé que entrará en la categoría “esto no pasa”.

Recibí, como cada año, la invitación para el curso de verano de Fouetté Dance Studio. Como cambiaron su sede, envían un link con el mapa de google.

El curso es bastante bueno. Yo tomé ballet con Rada Morales en la UNAM y reconozco que es buena profesora, además para hacer barra al piso nos ponía a Patricia Kaas -en particular, el disco “Sexe forte”, mi favorito-, y eso hacía la clase mucho más llevadera. Digo, quien haya hecho barra al piso alguna vez en su vida sabrá que cualquier cosa que te distraiga del dolor se agradece.

En fin, decía yo que el curso me acomodaba por las fechas, pues este año es del 6 al 17 de julio. Cincuenta horas de ballet sin compasión, de pilates, stretch, técnica rusa y demás torturas deliciosas. Ah, extraño el ballet.

Pues ahí voy yo, de inocente, diciendo “¿por qué no?, es buen momento para recordar cada centímetro de mi cuerpo”. Entro a la página (www.fouettedance.com) y veo el mapa del estudio nuevo. No me ubico bien y veo que abajito me preguntan si lo quiero ver más grande. Tons le pico al link.

Y chale. Ojalá hubieran visto mi cara cuando abrí el mapa. Yo creía en las señales pero esto ya raya en el abuso y la crueldad psicológica.

¿No me creen? Ahí está el link: http://maps.google.com/maps?hl=es&ie=UTF8&ll=19.534635,-99.225941&spn=0.019414,0.027466&z=15&source=embed

Díganme si ven lo que yo veo o ya ando en drogas.

Total, otro año sin ballet. Ja. (O como diría Liz: no discúuuuuuuuuuuuuuuulpame, ésas son…)

Idiota

Junio 25, 2009 at 12:00 am | In Mente adentro | 2 Comments

Cuando escribía la tesis leí que para algunas culturas africanas el concepto del mal es personificado de una manera muy distinta a la concebida por la mayor parte del mundo occidental. No se trataba de un ser oscuro, ni de un espíritu dañino, ni de un monstruo horrible; era, simplemente, una persona idiota, es decir, alguien incapaz de comprender y relacionarse con el mundo exterior, cuya capacidad mental era tan inferior que lo único que podía producir era daño, aun sin proponérselo.

Esto vino a mi memoria después de escribir un post para la Fábrica de Mitos, en el que hablaba de Of mice and men, una novela de John Steinbeck. El argumento es simple pero trágico: sucede en un pueblo pobre del sur de los Estados Unidos. Lo que nos conmueve en la anécdota es que, si lo vemos fríamente, todo es destrucción y desesperanza. Y, para aumentar la desolación, esta destrucción es producida de manera no intencional: uno de los personajes centrales de la historia es un idiota.

Esta interpretación me puso a pensar en los idiotas famosos del cine y la literatura, desde el de Dostoievski hasta los recientemente célebres “Rudo” y “Cursi”. Admiramos lo contundente del error, lo catastrófico, lo irremisible, lo trágico e irónico, lo increíblemente preciso del error, y por momentos nos compadecemos del que no quiere hacer mal, pero no sabe hacer otra cosa.

Lennie, el idiota de Steinbeck, es un sujeto bastante infantil, que sólo piensa en tener algo suave para acariciar, que es incapaz de quitar la vista de algo que le parece bonito, que no recuerda los errores cometidos en el pasado ni puede construir un futuro concreto. Lennie mata todo lo que toca. Si habla se mete en problemas, pero si no habla también. La imagen de la novela es poderosa: Lennie es igual que un perro oloroso y chimuelo, que no tiene ninguna utilidad, que no es bueno ni para sí mismo. Lennie es como el perro viejo que hay que matar para que ya no sufra, porque de cualquier manera nunca podrá estar bien. No podemos evitar compadecernos al verlo vivo, pero tampoco queda inmóvil nuestro corazón con su muerte, quizá porque nos lleva a una pregunta difícil de resolver: ¿todos merecemos vivir, aunque seamos malos (como es malo un idiota)? ¿Nadie merece la muerte, aunque sea malo (como es malo un idiota)?

Y es que, en realidad, todos somos idiotas (algunos, claro está, lo son de tiempo completo). Todos en algún momento estamos tan dentro de nosotros mismos que no podemos entender el mundo, mucho menos relacionarnos con él. Entonces, como Lennie, matamos todo lo que tocamos. Y podemos llegar a ser tan malos para los demás y para nosotros mismos que el mayor acto de amor concebido por nuestros amigos sea, precisamente, el de anularnos.

(Los mexicanos somos pobres por idiotas. Fecal es presidente por idiota. Votamos por cualquiera por idiotas. Anulamos nuestro voto también por idiotas. Un día romperemos la barrera que nos impide comprender lo que sucede alrededor: entonces pensaremos en el otro y viviremos como una comunidad, en igualdad de condiciones. Mientras tanto vivamos en la suprema idiocia de estacionarnos donde no es, de evadir impuestos, de dejar para mañana, de sobornar, de usar “palancas”, de creer que nos salimos con la nuestra… Se nos está rompiendo el país y sólo nos miramos como idiotas.)

“Estoy harto de México me voy a Australia”

Junio 25, 2009 at 12:00 am | In Esto no pasa, buscando a nemo | 4 Comments

WordPress te presenta, en tus estadísticas, la lista de palabras de búsqueda a través de las cuales la gente llegó a tu blog.  Me imagino que el individuo que haya ingresado la frase que sirve como título a este post debió de haber resultado muy confundido, pues al menos los primeros tres meses de mi estancia podrían resumirse al revés: “estoy harta de Australia regrésenme a México”. Jijijijiji.

Para que el sujeto en cuestión no resulte decepcionado, haré una listita de mitos y realidades, porque el que sabe no muere como el que no saber. La verdad es que uno habla sin saber realmente lo que está diciendo.

  1. “En Australia todos son re buena onda”. Mito. Aunque te puedes encontrar gente amigable, lo más común es que los australianos sean racistas, hipócritas, egoístas y ojetes. Anécdotas hay miles.
  2. “En Australia hasta las piedras están buenas”. Mito. No todo el mundo es hermoso así como para babear, y sacando estadísticas de guapura, hay más mujeres guapas que hombres guapos. (Dato curioso: huelen feo).
  3. “En Australia no hay gente, no que aquí…” Realidad. Uno sale a la calle y no hay ni perros ni gatos ni niños ni nada. Los camiones y trenes sólo se llenan en horas pico, pero nunca como los del D.F.
  4. “En Australia ganas cuatro veces más por el mismo trabajo”. Realidad. Así, tal cual.
  5. “En Australia pagas cuatro veces más por el mismo producto”. Realidad. Fair enough, supongo.
  6. “Australia es un país de primer mundo”. ¿Realidad? Humm,  a veces no parece.
  7. “En Australia no hay contaminación”. Realidad. Todito limpiecito. Hasta da gusto, caray.
  8. “En Australia no hay corrupción ni inseguridad”. Ahm.Realidad, pero con sus matices: digamos que sí hay un poco de ambos, pero no a los niveles que manejamos en México.
  9. “Es fácil emigrar a Australia”. Mito. Los australianos tienen suficiente mano de obra, sólo te admiten como inmigrante si demuestras que estás profesionalmente calificado en las áreas que ellos requieren. Tienen una lista de profesiones de la gente a la que quieren en su país. Profesores y enfermeras son los que la tienen más fácil, pero llegando acá tienen que pasar unos cursos de capacitación que cuestan un ojo de la cara. Fácil no está, la verdad.
  10. “La educación es mejor en Australia.” Mito. No voy a decir más.

Dos niños

Junio 24, 2009 at 12:00 am | In Mente adentro, Nostalgia, Tripas y corazón | 2 Comments

Contigo me río con la risa de mis cinco años. Una vez encontré una foto de cuando era niña y vi que mis ojos brillaban distinto en ese entonces. Con ese brillo te miro hoy que no te puedo ver.

Pienso en la primera vez que pasé al pizarrón en la escuela. Me hubiera gustado que estuvieras ahí: aunque aún me pusiera nerviosa ver a mis compañeros, sé que tu sonrisa me hubiera hecho sentir bien. Creo que hubiera llorado mucho menos de los cinco a los doce años si te hubiera conocido en ese entonces.

Me ha dado por pensar eso, por preguntarme si me habrías invitado a tus cumpleaños, si me hubieras dado de tu sandwich, si hubieras compartido conmigo las zanahorias con azúcar y limón que me mandaba mi mamá en el recipiente naranja de plástico que nunca me gustó. Me gusta imaginarme que nos hubiéramos mandado papelitos en el salón, y que si la maestra nos hubiese cachado te echarías la culpa y yo te acompañaría durante el recreo si como castigo no te dejaban salir.

De vez en cuando habríamos jugado con mi Nintendo, y seguro me hubieras ganado. También me habrías ganado en el ajedrez.

Hay una edad a la que todos los niños se vuelven malos y ya no se quieren juntar con las niñas. Un día tendrías que irte a jugar cosas de niños y me dejarías a mí solita con el Señor Oso. Luego, en la tarde, cuando vieras nuestra caricatura favorita te acordarías de mí, pero hay cosas que no tienen marcha atrás. Y yo, como en esta tarde, te extrañaría antes, mucho antes de comenzar a saberte perdido.

Crónica de una venganza nerd… el soundtrack

Junio 23, 2009 at 2:06 am | In La peor de todas, Soundtrack | Leave a Comment

Sé que dices la verdad…

                                                                                  la conozco….

         te conozco

 

…y no te creo.

 

 

 

El viaje

Junio 23, 2009 at 12:00 am | In Anecdotario, Mente adentro, buscando a nemo | Leave a Comment

Me empiezo a despedir del viaje. No de Australia, sino del hecho de estar de viaje. Comienzo a hacer maletas y a tirar cosas que ya no sirven o que ya no quiero. Comienzo a regalar cosas también, y a empacar las que me regalaron.

Ha sido una gran experiencia. Un gran regalo, sin duda: mientras hay gente que quisiera tener la oportunidad de detener el mundo y pensar un poco en sí misma, pero no puede porque tiene que seguir con las urgencias de la vida cotidiana, a mí Dios me puso en una situación en la que pude hacer eso, reflexionar, hacer todo momentáneamente a un lado, reconstruirme… Fue una bendición, soy muy afortunada.

Hay muchos tipos de viajes: mis alumnos vivieron el suyo y yo el mío, aunque estuvimos en el mismo lugar y el mismo momento. Recuerdo cuando Julio se fue a Europa: pasó meses ahorrando y soñando con ello y, finalmente, se fue con su mejor amigo a mochilear. Cuando regresó, dijo que ya nadie lo entendía, sólo su amigote, que porque juntos habían visto la torre de Belem y que juntos tuvieron frío y juntos vieron las vaquitas en la campiña francesa. En realidad, él seguía siendo el mismo, nomás con anécdotas nuevas. Viajar ilustra, ser turista no.

El Muñe me dijo, en un determinado momento, que el viaje como experiencia de maduración es un lugar común en la literatura. Cuando me lo dijo pensé en tres ejemplos, dos de mis libros favoritos (La Odisea y El Principito) giran en torno al tema del viaje; el tercero era una historia que conocía pero no había leído directamente: The Wonderful Wizard of Oz. El comentario del Muñe me llevó a leerlo y llegué a una conclusión acerca de esos tres -no podría generalizar e incluir a todos los libros de viaje-; mi conclusión es que el viaje no es para conocer un lugar nuevo, o no sólo para eso: es también para entender el lugar de donde vienes. Hay cosas que sólo se ven a la distancia. De ellas estaré escribiendo en estos días.

Crónica de una venganza (nerd)

Junio 22, 2009 at 9:42 pm | In Anecdotario, La peor de todas | Leave a Comment

La ociosidad es la madre de todos los vicios, es verdad. Lo comprobé el martes, cuando estaba aburrida de empacar y de organizar y de todo lo demás, y en el chat coincidieron el angelito y el diablito que, comúnmente, uno trae sobre los hombros.

La cosa estuvo así: me enteré de algo desagradable y sospechoso. De inmediato reaccioné de manera normal, nomás para averiguar lo que estaba pasando. El problema es que al conversar con los agentes del bien y del mal mi mente comenzó a generar más y más teorías y, lo que es peor, alternativas de acción. Entre broma y broma se me ocurrió mi vengancita. Para la mala suerte del interfecto, la persona con la que yo hablaba en ese momento tiene gran poder de convocatoria. El Twitter es del diablo, me cae, y el sistema de cobro de Telmex también. Juar.

La cosa es que me reí un poco, luego me arrepentí un poco y al final nomás me fui a confesar con Ren para que me regañara. Y ya, fin del tema. 

Sé que fue una niñería, y que estuvo mal muy mal, y que todo lo demás. Pero, vamos, Dios sabe cómo quedó el marcador y mi chequera kármica me daba para pagar ese lujo. Además, creo que lo valgo.

[Pero para que veas que yo también soy bien decente, te ofrezco una disculpa. Y ya. Tan tan.]

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