Sitios

Julio 11, 2009 at 1:59 pm | In Mente adentro | Leave a Comment

Ayer se acabó el ciclo de los acomodos. Lo que estaba fuera de lugar ya está medianamente ubicado (lo reconozco, el desorden me molesta más de lo que estoy dispuesta a admitir, pero no me volveré esclava de la higiene ni desperate housewife ni obsesiva compulsiva, no señor). La cosa es que mis pertenencias ya no están en cajas, ya tengo fotos con mi ahijada y mis amigos ya se tomaron sus primeros alcoholes en mis territorios. Mi lavadora casi está instalada y se llama Cleopatra.

No sólo eso se acomodó: hubo que hacer clasificaciones importantes y, al parecer, ya todas son claras. Se pusieron los puntitos sobre las íes, mi mano dejó de estar tendida y recibió sinceramente otra. Mi carnal vino a mi casa y se echó sus alcoholes después de años de no convivir juntos en un acontecimiento semejante. Anoche -hoy en la mañana, mejor dicho- todo era confuso, pero hoy al despertar llegó la lucidez. Todo está bien, todo es perfecto. Tengo lo que puedo tener en este momento, y lo que tengo es justo lo que en este momento puedo querer y necesitar.  En resumen, me siento bien (soundtrack recomendado:  The Beatles, “I feel fine”).

La cosa fue que con la fiestota se cerró el ciclo de la bienvenida. Ora sí: ya llegué, y ahora lo que sigue es seguirle viviendo. Mi carnal se quedó a dormir en la casa y estuvimos conversando en la mañana. En ese momento me cayó el veinte de que hay que terminar los trámites del grado, que tengo que preparar los dos cursos que voy a dar en el Tec en agosto, que tengo que terminar de arreglar casa Nora, porque no me termina de agradar y yo definitivamente no puedo estar así. La vida se trata de eso, de llegar a una situación que no siempre nos agrada y entonces hacérnosla amable. En eso estoy.

Ayer ver gente en mi casa fue gratificante. Y las personas también son sitios -es una idea que siempre he tenido pero nunca he podido explicar-. A veces la compañía de alguien se siente  como un lugar desconocido, como un páramo, como un desierto. A veces es un refugio. A veces sientes como si nunca te hubieras ido de ahí en realidad: todo está donde lo pusiste y cuando buscas tu camita, tu sillita y tu platito, encuentras con gozo que tuviste mejor suerte que el osito del cuento.

¿Qué sitio seré yo? ¿Qué se sentirá llegar a mí? Siento curiosidad, pero algo me dice que me enteraré pronto.  

Soy muy feliz. Gracias a todos por estar. Y a los que ya no están, gracias por haber existido. Aquí seguimos, en el tractocamión de la buena vibra, el único transporte que nunca termina de llegar.

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