Hoy compré, finalmente, mi ejemplar de Los detectives salvajes. Ese libro me lo recomendó con pasión el Rufián Melancólico, que ama a Fitzgerald y a Murakami, así que no sé qué tipo de respaldo de autoridad es. Por otra parte, la actitud salvaje y detectivesca se ha puesto tan de moda como cuando las niñas ochenteras jugaban a ser Sasha o Paulina, o las adolescentes noventeras eran Mónica o Rachel. Eso tampoco me da ninguna buena espina.
Lo compré porque Mandurrabia lo definió como un libro bonito. A Mandurrabia casi no le falla el sentido, excepto por la vez en que me dijo que El Perfume era divertido. No lo es. A mí me cuesta trabajo leerlo, me parece lleno de lugares comunes.
Leo la contraportada y dice lo que cualquier libro: que se trata de la gran revelación de nuestro tiempo, que redefinirá la novela, que está a la altura de los clásicos contemporáneos. Me parece haber leído también que Radiohead es el Pink Floyd de nuestra era, o que -según Santaolalla- Café Tacvba y Los Beatles son semejantes.
No hay nada, pues, que me haga pensar que ese libro será, realmente, un gran libro. A su alrededor se congrega una turba de diletantes ofreciendo libaciones. Sin embargo, lo leeré, porque podría ser que realmente fuera un gran libro, y no vale la pena perdérmelo sólo por mis prejuicios.
En fin. Ya les contaré.
(Por cierto, me costó casi 400 pesos. Chísuscraist! No cabe duda: andar a la moda es caro. Ni el Decamerón me costó tanto y eso que es en dos tomos).



